Mientras en EE.UU. el cine se dedica a reinterpretar series de televisión y explota al máximo los efectos especiales, y la violencia, el cine de nuestro continente quiere llegar hasta las raíces de la historia, busca responder a la pregunta “quienes somos“.
Según Gabriel García Márquez el cine latinoamericano está viviendo un boom que ya experimentó la literatura de los años sesenta. Precisamente el cine de este hemisferio se está nutriendo de obras literarias aunque no necesariamente del boom literario sesentista.
Recordemos recientes adaptaciones cinematográficas de Como agua para chocolate (basada en una novela de Laura Esquivel), De amor y de sombra (de una novela de Isabel Allende), Fresa y Chocolate (de un cuento de Senel Paz), etc.
Por lo tanto, que el cine ecuatoriano se acoja a libros tan representativos de nuestra literatura como Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum, La Tigra de José de la Cuadra y Mientras llega el día de Juan Valdano es un hecho estético plausible, acorde a una tendencia continental, que nos permite de paso reevaluar la obra literaria.
Como nota aclaratoria se debe señalar que en este trabajo sólo se toman en cuenta textos fílmicos, soslayando de manera determinante la producción audiovisual (telefilmes, teleseries, cortometrajes en vídeo) que bien pudieran ser tema de un ensayo mucho más extenso. Esto no se trata de una discriminación, sino que tiene que ver con una metodología de trabajo que apunta más bien a delimitar con seriedad un corpus de análisis. Las diferencias estéticas y técnicas entre cine y vídeo requieren otro tipo de discusión.
La tigra no era tan fiera
El problema con La tigra (1989), del cineasta lojano radicado en Quito, era más que nada un guión que no captaba el espíritu rural de la obra de José de la Cuadra y era ingrato en la recreación de los personajes originales. Éstos, a diferencia del relato literario, lucían en pantalla falsos, postizos, carentes de autenticidad. Lisette Cabrera, por ejemplo, en el rol protagónico no lograba transmitir el aura de erotismo desenfrenado y salvaje que captamos en la heroína (¿antiheroína?) de la obra original. Además, la cámara era casi estática, carente de libertad e iniciativa, como si estuviera clavada con una estaca en el suelo montubio, sin duda el elemento más auténtico del filme por rodarse en los escenarios que planteaba de la Cuadra. El problema actoral, más que nada la sobreactuación, también quedaba en evidencia.
Sin embargo, La Tigra dejó un terreno hecho, un sendero a seguir. Pese a su torpeza en el entramado de las secuencias (lo cual no se repetiría en …Marx y una mujer…), la falta de iniciativa en el manejo de la cámara y de los espacios, fue la prueba de una voluntad de contar, de hacer un cine basado en obras de escritores nacionales.
Quizá el problema de Luzuriaga con La Tigra era su desconocimiento de la geografía costeña, de su idiosincrasia rural, de la manera de hablar y de pensar del montubio. Esta ignorancia se palpa en los diálogos tan esquemáticos, recitados, faltos de convicción, en los actores no costeños que constaban en el reparto y cuyos parlamentos no logran captar localismos y coloquialismos que eran tan importantes, no sólo en el relato de José de la Cuadra, sino de toda la generación de los escritores del decenio de los treinta. El guión de esta película pulverizó el histórico proyecto de nuestros escritores de antaño de recrear la forma de hablar de la geografía rural costeña.
Entre Marx desnudo y una mujer
En su segunda película, Entre Marx y una mujer desnuda (1995) Luzuriaga se muestra más seguro en la recreación de una realidad que parece conocer mejor: una ciudad (Quito), el decenio de los sesenta con su crisis ideológica de valores e ideales, un grupo de miembros de un partido de izquierda en pos de una utopía.
El resultado está a la vista. Se trata de una película más auténtica y sobre todo apegada al espíritu de la obra original. Es lo único que hay que exigirle a una película basada en una obra literaria, que capte su esencia. El hecho de que sea diferente al libro, que el filme sea otro texto, eso nos interesa. Cine y literatura son dos lenguajes diferentes y siempre crearán productos disímiles.
El guión de Arístides Vargas sorteó con astucia algunos obstáculos que planteaba el texto experimental de Jorge Enrique Adoum de fuertes ecos cortazarianos (Rayuela, Libro de Manuel).
El primer problema que planteaba la obra era su estructural antilineal, calidoscópica. Las soluciones más fáciles pudieron haber sido: o bien una historia lineal en el sentido tradicional, o una historia antilineal, en la aceptación más vanguardista del término. No se cae en ninguno de los dos extremos. Se logra un relato aparentemente convencional, en el que se insertan imágenes oníricas, aparentemente irracionales -como se las quiera llamar- que rompen con la lógica espacio-temporal. Y esto es lo que a la larga la película toma del libro: la estructura experimentalista en la forma de contarnos una historia. El entramado de las secuencias se hace rompiendo la lógica usual. Recuérdese la escena del almuerzo dominical en un perímetro de tierra rodeado de agua, la escena amatoria en un desierto, o cuando el personaje llamado El Autor abre la puerta de su apartamento y sale hacia una recámara con piscina. Esta ruptura de tiempo y espacio está al servicio del que creemos es el verdadero tema de la película: la relación entre la creación artística y la realidad que se quiere recrear a través del arte, los límites entre lo real y lo ficticio (la tan lograda escena final en la que Marx y El Autor conversan resulta altamente ilustradora de este aspecto).
El segundo problema de la obra de Adoum era el atiborramiento de elementos cultistas y juegos gráficos, tales como inserción de anuncios clasificados o recortes de periódico, por dar tan sólo dos ejemplos. Además estaban las constantes referencias intertextuales de escritores, teóricos de la literatura, sociólogos, etc. las cuales difícilmente iban a ser insertadas en la película (lo de los grafismos lúdicos era obviamente imposible). Éstas habrían dificultado la recepción de parte del espectador. El guionista del filme ha entendido bien que este tipo de recursos calzan mejor en el reino de la literatura, por eso los ha omitido con acierto.
Descabezando el filme
En lo que respecta a las imperfecciones técnicas más notorias, como el sonido, son producto de las limitaciones del medio. Hay momentos en que no se puede escuchar muy bien los parlamentos de los actores; en otros pasajes el plano sonoro de la música es alto con relación al del diálogo.
El guión de Arístides Vargas -como ya lo planteamos- capta la esencia del relato de Adoum, aunque a ratos se empantane y no pueda caminar como el personaje hemipléjico que interpreta. A ratos la historia se vuelve demasiado densa con un exceso de discurso izquierdista e intelectualoide. Claro está que ese discurso se maneja en los mismos excesos en la novela de Adoum, pero se pudo haber aligerado ese aspecto para hacer una cinta más digerible que amplíe su campo de recepción en lo que a público se refiere.
Como un aporte especial del guión hay que mencionar dos elementos: la inclusión de los niños como alter egos o proyecciones de los personajes, y la inserción de “El viejo que se parece a Marx” según rezan los créditos. El viejo de barba leonina está presente para enfatizar el contexto ideológico de la historia, y los niños actúan como cuestionadores de las actitudes adultas.
La música incidental de Diego Luzuriaga -sin ser inolvidable- cumple con su propósito de transmitir los diversos grados de emotividad de determinadas escenas, por ejemplo, el drama, el romance, etc.
Las canciones de Hugo Idrovo, Jaime Guevara y Ataulfo Tobar son funcionales en la ambientación de la época, aunque el rock que se creó originalmente para la cinta caiga en el cliché, sobre todo en el ámbito de las letras. Pero ¿no es todo el cancionero de esa época un cliché?
El vestuario es un elemento al que se le ha puesto mucho cuidado ya sea en la moda de los sesenta, los trajes de época que utilizan Rosana y su esposo, o los trajes típicos de los danzantes.
A la escenografía también se le ha puesto énfasis, aunque a veces la construcción de los espacios sea grandilocuente y exagerada (las escenas del almuerzo dominical, y de la piscina). Pero ¿las atmósferas o escenarios hiperbólicos no cumplen su función no cumplen bien su función de estar al servicio de ilustrar la contraposición ficción/ realidad que plantea el filme?
La fotografía de Olivier Auverlau es, indudablemente, lo más destacado de la película sobre todo cuando logra captar imágenes de Quito sin caer en lo postal, o en la imaginería turística. Los hallazgos visuales de la nocturnidad de la capital del Ecuador resultan antológicos.
En lo que respecta a lo actoral, se puede decir que no hay en este filme actuación que desentone. Todos los actores parecerían brillar con la misma intensidad. Este es otro de los logros del guión: diseñar los personajes de tal forma que ninguno “se roba la película”. Existe, sin duda, en lo actoral, un acoplamiento colectivo y una eficacia individual que no existía en La tigra.
Mientras llega el día
Si analizamos la última película de Luzuriaga, 1809-1810: Mientras llega el día (2004), basada en la novela homónima de Juan Valdano, estamos ante un retroceso. Más adelante explicaremos por qué. Mientras tanto, podemos reseñar la historia del filme que tiene lugar en Quito en 1809. El ejército real llega desde Lima para detener a los insurrectos que derrocaron sin armas al gobernante español. El bibliotecario de la ciudad (Arístides Vargas) huye, pero es apresado pese a la protección de su amante Judit (Marilú Vargas), quien debe sortear el asedio amoroso de Arredondo, jefe del ejército, para tratar de salvarlo de la matanza de 1810, cuando fueron sacrificados casi 300 quiteños.
La historia cae en lo sentimental, lo lírico, lo telenovelesco. El romance entre Judit y Pedro el bibliotecario, ex discípulo de Eugenio Espejo, resulta inverosímil en cada uno de sus tramos. Hay una puesta en escena que roza lo espectacular y lo grandilocuente. Las vestimentas a ratos lucen demasiado nuevas. Basta tan solo ver algunos uniformes militares que parecen recién salidos de una sastrería. El fallo más patético es el del cuadro que está pintando el padre de Judit. Se supone que él está retratando al temible Arredondo cuya mera presencia acartonada no causa ningún resquemor. El resultado pictórico parece el de un cuadro vanguardista de la primera mitad del siglo XX (perteneciente a la tendencia del expresionismo abstracto, si queremos ser más precisos). La sensación que deja este filme es que se ha puesto énfasis en los espacios, en el diseño de la producción, pero no hay historia. En este sentido, la novela de Valdano resulta mal adaptada. El escritor captó con ojo de meticuloso historiador los enfrentamientos ideológicos decimonónicos, pero Luzuriaga prefirió irse por lo romanticón, lo trillado, trivializando la adaptación.
Entre Luis A. Martínez y Sebastián Cordero
Muchos se preguntarán cuál es la presencia de Ratas, ratones, rateros (1999) de Sebastián Cordero en un texto sobre cine y literatura. La atrevida hipótesis de este parágrafo es la de señalar que se trata de una adaptación inconsciente de A la costa (1904) de Luis A. Martínez (1869-1909). Esto no será nada nuevo en Cordero que de una forma u otra hará de Crónicas (2004) una caja de resonancias de El secreto de Javier Vásconez.
En la novela de Martínez los protagonistas se llaman Luciano y Salvador (amigos), en la película se llaman Ángel y Salvador (primos). Al igual que el Ángel de Cordero, el Luciano de Martínez es un sensualista, un costeño extrovertido y arrojado; Salvador, en cambio, es el estereotipo del serrano reprimido e introvertido, que al igual que su homónimo sufre de una grave enfermedad. En el caso del Salvador literario es la polineuritis malaria, en el caso del personaje cinematográfico es la epilepsia. El tema del viaje también está presente en ambos textos. El filme parece a ratos una road movie ya que los personajes van de la Costa a la Sierra y viceversa. El viaje narrado por Martínez es solamente de una vía como bien lo dice el título de la novela. Otro punto en común entre ambas obras es la quimera de oro que constituye el viaje al extranjero. Mientras Luciano planifica un viaje a Europa, el Ángel de Cordero deposita en EE.UU. (la Yoni, le dice él) todas sus esperanzas.
En tal caso, ambos textos son la constatación de una nación dividida en dos, bipolarizada. Esta coincidencia entre ambas obras, da cuenta del fracaso del proyecto de nación, proyecto que empezó precisamente en la época en la que Martínez concibió su novela (fines del siglo XIX en plena revolución alfarista) y que encuentra su punto de mayor ebullición en el año en que se estrena Ratas. 1999 es el año de la dolarización, proyecto que forza al país a entrar a la globalización. De allí que la quimera de EE.UU. en el caso de Ángel, y de la Europa a la que ansía llegar Luciano, sean indicios de ese necesario proceso migratorio de entre siglos. La revolución liberal es el contexto de Martínez y el neoliberalismo en el caso del filme de Cordero. Los dos proyectos, más económicos que políticos, desembocarán en un desencanto que es elemento subyacente en ambos textos.
Conclusiones
Ecuador es un país que está recién aprovechando sus obras literarias. Si su cinematografía está en proceso de crecimiento, es saludable que pose su mirada en textos paradigmáticos como los de Adoum o Valdano. Lo interesante es que se adaptan textos que tienen que ver con la identidad y la historia.
Es equitativa la forma en que el cine está diseccionando los problemas de una nación tan bipolarizada como la nuestra. Ratas… al estilo de A la costa lo ha hecho de manera correcta. No hay que olvidar también que la ópera prima de Cordero fue la que nos insertó en el mapa cinematográfico de la globalización. Nunca antes un filme había ganado tantos premios internacionales: mejor edición en el Festival de La Habana, mención de honor en el Festival de Bogotá, mejor actor en el Festival de Huelva (Carlos Valencia).
La tigra fue también notable por haberse constituido en una apuesta etnográfica que exploró el estereotipo de la mujer devoradora de hombres a través de la actriz Lisette Cabrera. Es, sin duda, el título que abrió muchos caminos en nuestro país, sobre todo por ser la primera película a color, y en formato de 35 mm., que recrea una obra literaria de un autor nacional.
1809-1810: Mientras llega el día pese a no tener un epos definido intenta bucear en el siglo crucial del nacimiento de una nación.
La mejor exponente de este espejo bifronte llamado cine/ literatura sigue siendo Entre Marx y una mujer desnuda, donde hay una sinergia entre los aspectos técnicos, la puesta en escena y una eficacia visible en la narración audiovisual.