«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2003), de Kim Ki Duk, es cine lírico. La afirmación suena a lugar común, pero después de que el director y escritor italiano Pier Paolo Pasolini hiciera la diferencia entre cine de prosa y cine de poesía, podemos estar tranquilos. Ya muchos artistas han captado el paso de las estaciones: Antonio Vivaldi, en la música; Giuseppe Arcimboldo, en la pintura… Planos largos, sostenidos. Una narración ritmada con sosiego, con pausas tan naturales. Paisajes líricos. Música mágica y melancólica. Es un cuento que induce a un sueño diurno, a una ensoñación. El contacto del hombre con la naturaleza como sucede en La aldea de los molinos de viento, el último cortometraje de Sueños de Akira Kurosawa. El tiempo como gran escultor. Símbolos budistas que de seguro se le escapan a cualquier cinéfilo occidental.

 Un lago es el lienzo, en el que Kim Ki Duk, ex estudiante de Bellas Artes en París, pintará un mundo alrededor de dos personajes: un monje sexagenario y su pequeño saltamontes que aún no ha cumplido los diez años de edad. En el centro del lago (el director de fotografía le ha sacado provecho a este parque nacional de Corea del Sur) hay un pequeñísimo monasterio flotante. Los árboles y los animales fungen también como protagonistas (ver los momentos en los que el niño protagonista ata de manera maliciosa piedrecillas al cuerpo de ranas o serpientes, o el gato cuya cola es usada para pintar caligrafía sutra). La estructura dramática (cinco episodios) viene dada por cada una de las fases climatológicas, tal y como sucede en Las cuatro estaciones (1981), escrita y dirigida por Alan Alda.

En el relato de la primavera, el viejo monje enseña al niño a ser civilizado con los animales (el maestro aprovecha que el infante está dormido y le ata piedras a su cuerpo para impedir que se mueva cuando esté despierto). En verano (la parte más larga del filme) el aprendiz tiene ya diecisiete años y el pequeño oasis se ve invadido por la llegada de una peregrina acompañada de su perturbada hija. La joven rivaliza con el maestro pues guía al alumno, pero lo hace hacia otros senderos, en este caso lo inicia en la vida sensual (los cuerpos desnudos sobre las piedras son una postal que ningún espectador puede desdeñar). Es entonces cuando el maestro le hace una advertencia: «La lujuria despierta el deseo de poseer y este último termina en asesinato». La profecía, como veremos, será certera ya que el sexo abrirá la puerta de instintos más siniestros.

En otoño, tras una larga ausencia del monasterio, el monje regresa convertido en un  fugitivo (ha cometido un homicidio, se ha entregado a la vida disoluta). En invierno, las puertas del monasterio vuelven a abrirse, convertidas en un estanque de hielo. El monje, que era un niño al principio del filme, ya está en edad adulta (el mismo director asume el papel) y regresa al monasterio para prepararse en su viaje intrínseco hacia la siguiente estación.

La historia concluye como en el eterno retorno de Nietzsche, en la misma primavera con la que empezó la historia. Las puertas del monasterio se abren solas una vez más y acogen a los espectadores que disfrutarán de este cuento zen en el que no abundan los diálogos y lo contemplativo es esencial.

Las cintas del surcoreano Kim Ki Duk suelen ser consideradas como autobiografías con cámara subjetiva, pero es mejor discrepar con tal aseveración. Son más bien parábolas budistas en las que el yo del director aparece transfigurado en los paisajes. El hecho de que el mismo cineasta se incluya en el reparto, como el discípulo adulto, nos dice mucho de la intención budista. Este personaje representa a los artistas que buscan redimirse, asumiéndose no como individualidades (los dos personajes carecen de nombre), sino como partes de un gran todo (es inevitable pensar en el Siddartha de Herman Hesse). Ese todo (el panteísmo no precisará aquí de una nota a pie de página) es el mundo concentrado simbólicamente en el lago. Según el budismo zen, la redención es potestad del practicante y se la puede obtener en vida, no como sucede con el cristianismo que le exige al creyente morir para alcanzarla. Es por esto que el personaje del forajido que se convierte es fundamental para entender el filme. La salvación (perdón por la palabra tan católica) la logra ocupando el lugar del maestro, dando a entender que la situación es ancestral: siempre habrá un guía en el centro del lago (¿el centro del mundo?) esperando por un discípulo. Siempre. Y el tiempo, tomado de la mano de las estaciones, será quien pula esos encuentros o desencuentros.

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