«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

No había manera de desaprovechar la oportunidad de ver la obra de teatro La fiesta del chivo en Lima, durante los primeros días de febrero de 2008. El escenario político, al calor de las últimas funciones, estaba lleno de simbolismos a los que no se les podía dar la espalda. El Chino Alberto Fujimori estaba en prisión. Mario Vargas Llosa estaba superando paralelamente una convalecencia en una clínica limeña y luego habría de visitar al inefable Alan García en el palacio presidencial. Los otrora opositores políticos se reconciliaban. Dieciocho años atrás el panorama era distinto: el presidente García recibía al Chino en palacio después de haberlo aupado en su contienda contra Vargas Llosa. Después de todo este pandemónium político, el escritor declararía que nunca antes había perdido tanto su tiempo (refiriéndose a su candidatura para gobernar Perú). «De haber sabido que para ser presidente había que mentir, no me habría postulado», declaró a la prensa en ese entonces. La verdad es que recuperó bien el tiempo perdido y se dedicó a lo que mejor sabe: mentir con licencia, es decir, escribir.

Para finalizar el milenio Varguitas publicaría una novela sobre uno de los temas más seductores de la literatura latinoamericana. Su ex amigo Gabo ya había publicado El otoño del patriarca en los años setenta. En años anteriores Alejo Carpentier había dado a luz a El recurso del método y Augusto Roa Bastos Yo el supremo. El autor peruano no podía quedarse atrás cuando decidió apostar por la figura de Rafael Trujillo cuya dictadura (perdón por el lugar común que se viene) azotó a República Dominicana entre 1930 y 1961.

La novela, contada en primera persona, tiene como protagonista a Urania Cabral que regresa a su país para inventariar sus recuerdos y visitar a su padre que fue un estrecho colaborador del Chivo, apodado así por su satiriasis. La obra no pudo superar las grandes obras del peruano (La ciudad y los perros, Conversación en la catedral) pero fungió como testimonio de una época que necesitaba la pluma de un fabulador.

El director de la obra de teatro es Jorge Alí Triana (1942), cineasta colombiano, quizá mejor conocido por Bolívar soy yo (2002). En el año 2001 le pidió a Mario Vargas Llosa los derechos para adaptar al teatro la novela La fiesta del chivo (2000). El escritor peruano le contestó que le parecía imposible llevar a las tablas tal cantidad de personajes y de subtramas. No obstante, Alí Triana y su hija Verónica hicieron un primer borrador de 250 páginas cuya escenificación duraba cuatro horas. El recorte se hizo con premura: se podó el texto hasta llegar a las 100 carillas. En esa síntesis que hicieron padre e hija radica el gran logro. Estamos ante una adaptación que no peca de lineal sino que interpola una serie de flashbacks. De más está decir que se talaron escenas innecesarias que funcionaban bien literariamente pero mal teatralmente, a más de personajes que no aportaban en nada a la historia.

Los devaneos de Jorge Alí Triana con la literatura no son nuevos. En 1996 filmó Edipo Alcalde, según un guión de Gabriel García Márquez que intertextualizaba de manera ingeniosa la situación política de Colombia con la Tebas de Sófocles. El Edipo de Triana, se quedó, sin embargo, en el ingenio, en el efectismo y ha pasado a ser más bien una curiosidad cinematográfica por la colaboración con Gabo.

Parecía que Vargas Llosa necesitaba seguir compitiendo con su ex amigo premio Nóbel y se dijo: «Si Gabriel colaboró con Alí, yo no puedo quedarme atrás». La inclinación de Varguitas por el género teatral tampoco es desconocida. En 1981 da a conocer La señorita de Tacna. En 1986 se publica La Chunga y diez años después Ojos bonitos, cuadros feos.

La fiesta del chivo ya había sido llevada al cine en el año 2005, en una mediocre adaptación hecha por el primo del autor, Luis Llosa Urquidi, realizador de bodrios como Anaconda (1997) con Jon Voight y Jenniffer López y El especialista (1994) con  Sharon Stone y Sylvester Stallone.

La relación de Varguitas con el cine nunca constituyó un gran romance. Fue contratado para escribir un guión sobre la guerra de los Canudos en Brasil pero el filme no cuajó. El destino le regaló al escritor peruano la oportunidad de novelizar ese guión, dando como resultado la que muchos consideran su obra cumbre, La guerra del fin del mundo (1981). Ya en 1973 había dirigido él mismo una fatídica versión de Pantaleón y las visitadoras que luego habría de filmar con decoro Francisco Lombardi (con Angie Cepeda) en 1999. En 1975 el mexicano Jorge Fons adaptó sin gloria ni pena Los cachorros. En 1985 está la aceptable La ciudad y los perros, también de Lombardi. Como curiosidad está la paupérrima Tune in tomorrow (1990) de Jon Amiel, una adaptación de La tía Julia y el escribidor, con Keanu Reeves (sí, el de The matrix) como Varguitas, Peter Falk como el escribidor y Barbara Hershey como la tía. Es mejor ni reseñar el bodrio que surgió de esa «desadaptación».

Pero vamos a La fiesta del Chivo en su versión limeña. Lo primero que llama la atención de la obra de Alí Triana es la puesta en escena. Minimalista. Recursos austeros. Una mesa. Una silla. Paredes móviles que sugieren una prisión.

En segundo lugar, sobresale el reparto encabezado por Alberto Isola y Norma Martínez. Catorce actores interpretan a medio centenar de personajes.

Por último, la obra recoge la esencia de la novela de Vargas Llosa. Estamos ante una metáfora sobre el abuso del poder. El poder como un afrodisíaco que intoxica al líder y a su entorno de colaboradores. Es más que simbólico el hecho de que Alberto Isola interpreta a Trujillo y al padre de Urania. En este detalle de la doble interpretación yace una verdad que suena a sicologismo barato pero es muy real: el actor que hace del mancillador del honor de la protagonista también interpreta al padre que permitió que se haga trizas la dignidad de su heredera.

Aunque la obra puede ser tildada a ratos de tremendista (un melodrama político) contiene dos escenas muy bien logradas: la del clímax cuando se procede a la violación de Urania por parte del dictador y la anulación de la cuarta pared (concepto con el que se denomina al público espectador), muro que se rompe cuando el actor principal sube al palco y se confunde entre los asistentes para hacer una admonición.

Fue importante haber visto en Perú esta obra que se estrenó en el 2003 en Nueva York, más allá de dejar en claro una metáfora que por ser clara no es menos manida: el dictador deshonra el cuerpo del pueblo inocente, lo viola de manera sistemática en cada una de las vestales que son ofrecidas en sacrificio al macho cabrío o chivo (¿chino?).

¿Qué le pasó a Urania para que le guarde tanto rencor a su padre postrado en una silla de ruedas? Esta interrogante se mantiene en todo momento hasta que llega la escena cumbre en la que el dictador viola a Urania  mientras ésta danza literalmente dentro de unas sábanas. Como si fuera parte de un cuadro de Magritte, ella baila sola en el interior del enorme manto que contiene su cuerpo a punto de ser ultrajado.

Esta obra también se la pudo apreciar en Quito en el Teatro Sucre, en febrero del 2005. La que vimos en Lima tenía un reparto distinto de la capital ecuatoriana y la ciudad de Nueva York, y duraba un poco más de dos horas y cuarto (recuerdo que inclusive hubo un intermedio). La obra no roza la genialidad, pero llevó con una decente puesta en escena y buen ritmo una intriga que va en crescendo.

Habría sido necesaria una función especial para cuatro espectadores únicos: Alberto Fujimori y su Rasputín, Vladimiro Montesinos, acompañados de Alan García y Mario Vargas Llosa. Este último jamás imaginó que durante las últimas funciones limeñas de su Fiesta del Chivo, el Chino (fíjense como hay una sola letra de diferencia) habría de ser sentenciado por la historia.

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