«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

 Cuando Mel Brooks terminó de ver la fábula postapocalíptica Eraser head (1977) lo primero que hizo fue abrazar al autor de esa ópera prima y decirle: «I love you, madman». Fue el comienzo de una gran amistad. A menos en términos financieros. Del hecho de que le gustara Cabeza de borrador dependía que el exquisito comediante, autor de La loca historia del mundo, produjese El hombre elefante (1980).

¿Cómo definir a este madman de copete abundante en la testa? David Lynch (EE.UU., 1946) es un pintor que plasma pesadillas, sueños diurnos, ensoñaciones, en el lienzo de la pantalla. Mundos obsesivos, sórdidos, extravagantes, bizarros. Para quienes no lo conocen es un hombre formado en bellas artes, excelso dibujante y escultor, fotógrafo de sus primeros cortos; editor, compositor y sonidista de su ópera prima. Diseña muebles y paisajes sonoros (landscapes sounds), escribe letras de canciones y de cuando en vez dirige comerciales (hizo uno memorable para ADIDAS), videos musicales (hizo una versión de  Wicked game para Chris Isaak) y algunos proyectos multimedia. Es un hombre tan despistado y ensimismado que cuentan que al conocer a Isabella Rosellini le dijo: «Es usted tan hermosa que podría pasar por una hija de Ingrid Bergman».

De El hombre elefante a Duna

La historia de John Merril, el hombre del rostro deforme como el de un elefante, parecía ser una historia hecha a la medida para el joven Lynch después de hacer Cabeza de borrador. Es el comienzo de un viaje hacia el estatus de cineasta de culto por una película de estética cuasi gótica en la que el blanco y negro es un fuerte componente visual. El trayecto se desvía radicalmente con una película de encargo que le permite visitar el género de la ciencia ficción con Duna (1984). Con el tiempo se arrepentirá de haber aceptado semejante responsabilidad. Después de todo, nadie quiere el enorme reto de ser parte de una megaproducción de cuarenta millones de dólares (doscientos al cambio actual) de Dino de Laurentis ( King Kong, Hannibal, Flash Gordon). El problema consistió en la dificultad de llevar al cine una novela tan voluminosa y con un millardo de personajes como la de Frank Herbert (distinguido nombre del Olimpo de la ciencia ficción). La desmesura de Duna radica quizá en su tono operático y su ambicioso diseño de producción, escenarios gigantescos, vestuarios fastuosos. El lado oscuro del filme acaso reside en los efectos especiales: demasiado rudimentarios,  definitivamente F⁄X (effects) anti Hollywoodlandia. No obstante, el filme debe ser visto en retrospectiva como una alternativa a Star wars (1977), una respuesta a la parafernalia light de George Lucas con su ciclo épico de moda; significa, además, el comienzo de una asociación fructífera con el actor Kyle McLahlan.

 De Terciopelo azul a Mullholland

 Con Blue velvet (1986), en cambio, deja una gran impronta en la memoria de la cultura. De una manera muy personal, el director desarrolla el tema del voyerismo. «Una historia de amor», declaró alguna vez, «en la que alguien espía en el cuarto de una mujer. Es un extraño ángulo para contar el misterio de un asesinato». Los ecos de La ventana indiscreta son evidentes. Lynch es lo que Hitchcock pudo haber sido si la época y la censura le hubieran permitido insertar todo tipo de aberraciones y abyecciones que están presentes en Terciopelo azul: el sádico Frank (Dennis Hopper) inhalando droga a través de una máscarilla, Jeffrey (Kyle McLahlan) que es obligado a desnudarse cuando es interrumpido en su labor de voyerista por la maltratada Dorothy (Isabella Rosellini), Dean Stockwell como el homosexual con los labios pintados de carmín que reparte besos a sus congéneres… Imágenes turbadoras al son de la canción fetiche que da título al filme. La Rosellini sintetizó bien la historia después del estreno: «Todos dicen que es una historia enfermiza, pero para mí es un estudio sobre el bien y el mal».

Llegando casi al final del camino debemos tropezar con Wild at Heart (basada en la novela homónima de Barry Gifford) distribuida como Corazón salvaje y que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1990. Esto, que habría resultado imposible dentro de la mojigata academia de Hollywoodlandia, hizo que Lynch subiera como la espuma y sea respetado por un espectro más amplio de espectadores. Con este título debuta en un género con el que llegará a identificarse, la road movie o película de carretera (The straight story significará años más tarde su retorno a este género). La pareja romántica de esta historia son Nicolas Cage y Laura Dern en sus roles de Sailor y Lula respectivamente (homenajes certeros a Elvis Presley y Marilyn Monroe). Al recibir el premio, Lynch hizo un comentario no exento de ironía: «El festival de Cannes es, en mi opinión, el mejor del mundo. En general, siempre he pensado que los europeos aprecian mejor las abstracciones». Esta declaración es una dura crítica contra el star system hollywoodense lleno de concesiones donde las películas no se dirigen, se gerencian.

Y por último, Mullholland Drive (2001) se erige como otro de los títulos paradigmáticos de este director que arriba campante a los sesenta años. Originalmente fue un piloto televisivo rechazado por la ABC. El gran desquite, sin buscárselo, fue ganar el premio al mejor director, otra vez en el Festival de Cannes. De seguro que el aparato medidor de rating de la gran cadena televisiva norteamericana se descompuso con la noticia de este nuevo premio.

En El camino de los sueños (como fue bautizado en español este filme) aparece una vez más la obsesión por la dicotomía realidad/ ensueño y surge nuevamente el problema de las etiquetas: thriller, drama, historia romántica sáfica… El vehículo para este nuevo relato es un par de actrices sensuales y de gran talento: la australiana Naomi Watts y la ex Miss Universo, Laura Harring, personajes intercambiables sumidos en un laberinto onírico concebido como un filme policial.

La versión del DVD de Mullholand tiene los siguientes consejos para entenderla. Parece una ironía. Lynch nunca va a ser linchado semánticamente. Su arte no es para entenderlo. Existe para empaparse de él. Secarse, quizás. Pescar un resfriado o una neumonía, en el peor de los casos. Veamos a continuación cuáles son los tips mientras hacemos un comentario entre paréntesis: 1.- Poner particular cuidado al inicio de la película, por lo menos dos pistas son reveladoras antes de los créditos (¿y las otras pistas no sirven de nada?). 2.- Considerar lo que sucede durante las tomas de la lámpara roja (¿Por qué no considerar lo que tiene lugar en todas y cada una de las tomas, no sólo en esta?). 3.- Recordar el título de la película para la que Adam Kesner está audicionando actrices (¿No se supone que un espectador inteligente logra recordar detalles tan vitales como ese?). 4.- Recordar el lugar donde ocurrió el accidente automovilístico (Bueno, esa sí estuvo difícil. A tomar apuntes entonces). 5.- ¿Quién entrega una llave a quién? ¿Por qué? (En los filmes de Lynch cuídate de que te den una llave. ¿Quién sabe cuántas cajas de Pandora puedes abrir con una sola de ellas?). 6.- Prestar atención a los siguientes objetos: un cenicero, una taza de café y una alfombra (Otra vez a usar una libretita). 7.- ¿Qué sucede dentro del club llamado El Silencio? (El nombre de ese lugar parece el título de un filme de Bergman). 8.- Notar qué sucede con el hombre que está detrás de Wilkes (Ya me cansé de comentar cada instrucción del DVD). 9.- ¿Fue el talento lo único que ayudó a Camilla? (Supongo que la respuesta que se espera es algo así como: Su cuerpo también ayudó). 10.- ¿Dónde diablos está la tía Ruth? (Y vaya usted a saber dónde está la pobre).

En busca del sentido perdido

Como en casi todas sus películas, Lynch partió de una imagen.  Si en Wild at Heart la inspiración es una casa en llamas que explosiona, la imagen que le obsesionó para concebir Sueños, misterios y secretos (otro título de distribución en español) es una señal de tránsito en la carretera nocturna. Ese signo contiene el nombre de Mullholland drive iluminado por los faros de un auto. Como en la mayoría de sus filmes la lógica común y silvestre debe ser desterrada. El espectador que busca un sentido está perdido. Los filmes de este cineasta linchan el sentido. Se busca una participación activa por parte del espectador ante una estilística tan personal donde no necesariamente todo tiene una explicación. La tradición judeocristiana ha calado en Occidente de tal forma que nada debe ser dejado sin una explicación lógica. Ni el mismo Lynch sabe a ratos cómo explicar  lo que hace. Una actriz en el set de la teleserie Twin peaks (traducida como ¿Quién mató a Laura Palmer?) se siente turbada cuando en medio de una escena el director le pide que ladre. Cuando la actriz pregunta por qué, recibe como respuesta un solo hazlo. En esta anécdota está el sentido del no necesariamente presente sentido que tiene esta filmografía marcada por lo perverso. En una entrevista para el DVD de Terciopelo azul el director es contundente: «Quiero que en la sala oscura de un cine el espectador se enfrente con imágenes que nunca antes en su vida ha visto. Quiero sorprenderlo». Y remata en inglés con una frase aparentemente inocua pero de gran sutileza: I want to thrill souls. Algo así como «Quiero asustar almas». En definitiva, eso es lo que ha hecho y no ha dejado de hacer este elefante de la cinematografía. Sonrían. Nos están asustando.

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