«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Joel y Ethan Coen son prácticamente los inventores del cine independiente. Desde su ópera prima, Sangre fácil (1984), hasta la recientemente premiada con el Oscar al mejor filme del año 2008, estamos ante un dúo que es esencial a la hora de hablar de la historia de la cultura visual en Norteamérica.

Son contados los casos que recogen los historiadores con respecto de la asociación de dos hermanos en la manufacturación de un filme. El caso más célebre es el de los hermanos Taviani (Padrone, padrone) en Italia. Acaso el más trillado sea el de los hermanos Wachowsky, que crearon la trilogía de The matrix. También funciona comercialmente el tándem de los hermanos Farrely, autores de las burdas Loco por Mary, Tonto y retonto, Irene, yo y mi otro yo.

Los comienzos de la carrera de los hermanos Coen ha sido dictada por los parámetros de la independencia económica y artística: presupuestos mínimos, apretados cronogramas de rodaje y actores poco conocidos. Como sucede con todo cine independiente, al final se vuelve dependiente del sistema, por lo que los Coen han terminado filmando con estrellas como George Clooney (Oh brother where are thou?, Intolerable cruelty) y Tom Hanks (El cuarteto de la muerte). Fue a partir de esta última película, estrenada en el 2004, cuando recién ambos hermanos pudieron firmar como directores. Antes de ese año, había una estricta prohibición gremial que impedía que más de una persona firmara como director. La autoría grupal (en este caso, dual) era desconocida en la legislación cinematográfica norteamericana. Antes de The lady killers (como se le conoció a El quinteto de la muerte), Ethan Coen sólo aparecía como guionista y productor.

Inventario de una carera memorable

Raising Arizona (1987) significó explorar en tono de comedia los roles familiares. Nicolas Cage interpreta a un ex presidiario que, al juntarse con una policía (Holly Hunter), deciden raptar a un bebé para poder llenar el nido de pareja.

The Hudscucker Proxy (1994) es una comedia sobre el mundo industrial. Con ciertos tintes chaplinescos de Tiempos modernos, los hermanos Coen hacen una crítica al sistema mecánico de producción en serie. El rol del tonto útil lo interpreta Tim Robbins que tiene que enfrentarse contra el líder industrial, interpretado por el fallecido Paul Newman.

En The Big Lebowski (1994), los hermanos Coen realizan una disparatada comedia protagonizada por Jeff Bridges. Él interpreta el rol de The Dude que es un vago que vive en los Angeles y que un día es confundido por un par de matones con el millonario Jeff Lebowski. Tras propinarle una paliza y orinarle en la alfombra, The Dude iniciará la búsqueda del Gran Lebowski para que le compre una alfombra nueva. Se trata de uno de los filmes más logrados de la larga carrera de estos hermanos.

En el año 2000 realizan otra obra maestra, O brother where are thou? (Oh, hermano, ¿dónde estás?), que se basa libremente en La Odisea de Homero. Los directores declararon de manera relajada que jamás leyeron el libro original. Detrás de esta broma hay una verdad: toda gran adaptación siempre debe derribar el texto original. El rol principal estuvo en manos de George Clooney que logró una de las mejores perfomances de su carrera interpretando a Ulysses McGrath.

En el año 2001 este par de hermanos logra uno de los puntos más altos de sus carreras. Estrenan The man who wasn´t there (El hombre que no estuvo allí). Esta película está en blanco y negro, iluminada al estilo de los años cuarenta, y está protagonizada por Billy Bob Thornton. Éste interpreta a un peluquero que se ve envuelto en un hecho de sangre (típico del cine de los Coen) y su repetorio de gestos (entre la apatía y el desdén) es un homenaje al mejor Humphrey Bogart.

En el 2003 Intolerable cruelty significó retomar a George Clooney como actor principal. Se trata de una comedia sentimental de enredos en la que un abogado experto en divorcios termina casándose con una manipuladora muy bien encarnada por Catherine Zeta Jones.

En el 2006 los hermanos Coen realizan el corto titulado Tullerías para un gran filme llamado Yo te amo París. Ellos forman parte de un equipo de dieciocho directores que realizan minúsculas historias de mayúscula calidad que son un homenaje a la ciudad luz. Steve Buscemi es en esta pequeña historia un turista que se encuentra en una estación de metro de París. Mientras espera el medio de transporte revisa postales y libros comprados en el Louvre, además de una guía de la populosa ciudad. Frente a él, del otro lado de la estación observa a una pareja de jóvenes tener una pelea sentimental. Sin proponérselo, el turista terminará formando parte de un triángulo tan absurdo como violento. Se trata de una ácida crítica a las metrópolis y a las percepciones equivocadas de los países ajenos al de uno.

Quizá los mejores títulos de esta fulgurante carrera sean tres: Fargo (1996), Miller´s crossing (1990) y Barton Fink (1991). La primera, que lleva la falsa pero irónica advertencia de estar ante una historia real, le dio al Oscar a Frances McDormand (esposa de Joel) como la detective embarazada que resuelve un hecho de sangre; la segunda, incursiona en el género de los filmes de mafia con muchos tintes líricos; la tercera, con John Turturro (actor fetiche de los Coen), disecciona irónicamente el mundo de los guionistas de Hollywoodlandia de los años cincuenta. Barton Fink ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y terminó consagrando en Europa al gran dúo de artistas.

No country for old men

Vamos ahora a comentar la reciente cinta de estos hermanos Caradura que ganó cuatro premios Oscar (mejor filme, mejor director, mejor actor secundario y mejor guión adaptado). Basada en la novela del ganador del Premio Pulitzer, Cormac McCarthy, No country for old men es un análisis de una sociedad norteamericana cada vez más sumida en una franca decadencia y obsesionada por la competencia económica y la ansiedad por el estatus. Las brechas generacionales se hacen cada vez más grandes, parece decirnos el sheriff Ed Tom Bell, personaje de Tommy Lee Jones, al principio y al final de la historia. Mientras se aprecian paisajes desolados de Texas, se escucha la voz en off de Jones que encarna al sheriff del condado muy respetuoso de los valores tradicionales. Esa voz se muestra nostálgica por un pasado en el que no se necesitaban armas de fuego para hacer cumplir la ley, en contraste con un presente en el que el narcotráfico es una bomba de tiempo en las fronteras.

La droga conlleva una ambición desmedida por el dinero fácil. Esto llega a convertirse en la premisa dramática del filme. Josh Brolin interpreta a Lewellyn Moss, un ex combatiente de Vietnam que se encuentra por casualidad dos millones de dólares. Aquí entra en escena el personaje más fascinante del filme, Anton Cigurh, interpretado por el ganador del Oscar al mejor actor secundario, Javier Bardem. El actor español encarna a uno de los personajes mejor elaborados que ha dado el cine norteamericano en los últimos años. Se trata de un sicario despiadado que representa el lado opuesto del sheriff, carece de valores, es un perfecto sicópata que mata sin piedad a toda persona que se le cruza en el camino. Aquí también entra una modernización de las técnicas de matanza: Cigurh mata con una pistola de aire conectada a un tanque de oxígeno. Sin embargo, su sicopatía no le impide tener ciertos valores, como por ejemplo, un alto sentido del profesionalismo. Misión que se le encarga, es misión cumplida, aunque esta vez él también quiere quedarse con el dinero, al igual que el personaje de Josh Brolin. Hay también un respeto hacia el azar o buena fortuna en la escena en la que decide si debe matar o no a alguien echando una moneda al aire. Esta pincelada de humor negro hace de éste un personaje más rico.

El sentido de la historia es evidente: se nos presenta como una crítica a una sociedad cada vez más arribista. El pisotear al otro no es más que un deporte nacional y global. La carrera por el dinero hace que todos antagonicen entre sí. Es una nación que ha enseñado a sus ciudadanos que la acumulación del capital es la razón de existir. De allí que en esta crítica al american way of life salga indemne únicamente el personaje del sheriff que tiene una conversación vital en la última escena. Es una charla entre viejos que habla de la nostalgia de los que se fueron. Es una constatación de que Norteamérica no es un país para ellos. El título en español, No hay lugar para los débiles, resulta acertado en la medida que estamos ante personajes aguerridos, ambiciosos, que se embarcan en una empresa que debe ser concluida. Norteamérica exige que sus ciudadanos sean osados y que no escatimen esfuerzos pisoteando la cabeza de alguien para llegar a la cima. Vale el Oscar.

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