«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Sin salir de la puerta

se conoce el mundo.

Sin mirar por la ventana

se ve el camino del cielo.

Cuanto más lejos se va,

menos se aprende.

 

Con este epígrafe del Tao Te King de Lao Tsé empieza el filme cubano El viajero inmóvil (2008), homenaje a una de las figuras más importantes de la cultura universal, un escritor cuya novela Paradiso figura entre las cinco más influyentes de la literatura según la revista TIME. Se trata de José Lezama Lima, uno de los máximos símbolos de la cubanidad. Su novela Paradiso, publicada en 1966, está escrita con un poderoso aliento poético y a la manera de una novela de formación tiene como personaje al joven José Cemí. Ese apellido es, obviamente, un juego a lo Flaubert que dijo Madame Bovary ce moi (Madame Bovary soy yo). Ce moi suena como a Cemí.

Lo que interesa de Lezama es su cosmopolitismo ejercido prácticamente sin moverse de La Habana. Sus poemas, ensayos y sus dos novelas parecen ser una ilustración de una frase de Tolstoi: “Si quieres ser universal pinta tu aldea”. En una entrevista con Tomás Eloy Martínez, el peregrino inmóvil -como se lo apodaba a Lezama- afirmó lo siguiente:

Es que hay viajes más esplendidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías (…) Casi nunca he salido de mi ciudad (…) Yo no viajo. Por eso, resucito.

Y es la verdad. Salvo tres breves viajes (uno a Kingston, Jamaica; México y Estados Unidos) Lezama nunca salió de su terruño. Parece que seguía a cabalidad un pensamiento de Pascal del siglo XVII:

(…) toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación.

En el siglo XVIII otro escritor francés practica también a la perfección el pensamiento pascaliano y escribe un libro en el que decide contar las peripecias de un recorrido dentro de su cuarto. Viaje alrededor de mi cuarto se titula el libro de Xavier de Maistre en el que escribe lo siguiente:

El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna (…) Dignaos acompañarme en mi viaje, caminaremos poquito a poco, riéndonos, a lo largo del camino, de los viajeros que han visto Roma y Paris; ningún obstáculo podrá detenernos, y, entregándonos alegremente a nuestra imaginación, la seguiremos por todas partes a donde le plazca conducirnos.

Dejemos de lado por un momento las citas cultistas y consignemos una anécdota que puede darnos luz sobre la dicotomía localismo versus globalización. Un periodista pesado y superficial me llamó para decirme que había buscado en Internet información sobre Tomás Piard y que estaba preocupado porque El viajero inmóvil no estaba incluido en ningún circuito internacional y menos aún estaba incluido en los grandes festivales de cine del mundo. La verdad es que Lezama tampoco necesitó salir de su entorno. Al igual que Lao Tsé, Piard sabe que sin salir de la puerta se conoce el mundo. Esto me lleva a recordar una anécdota. Cuando le preguntaron al poeta francés Henri Michaux por qué no estaba satisfecho con los tirajes de miles de ejemplares de sus poemarios, él respondía: “Lo que yo quiero es volver a las ediciones de cien plaquetas”. Me gustaría dar otro ejemplo. En la película Los hombres blancos no saben saltar sobre basquetbolistas callejeros, el personaje de Wesley Snipes dice: “Soy tan gran jugador que jamás firmaría un contrato con la NBA. Una vez Michael Jordan vino a verme jugar y me dijo: Deberías venir a mi equipo. Yo le respondí: Jamás ensuciaré mi juego rebajándome a jugar en las grandes ligas”. Aunque no he hablado con Tomás al respecto sospecho que lo que menos le interesa a él es la internacionalización, esa palabreja que tanto atormenta a los artistas que viven empeñados en forjar una carrera pictórica, musical o literaria, según la parafernalia del mercado y la globalización.

Dejemos de lado las diatribas anti cosmopolitas. Hablemos de religión. Si son creyentes, sabrán que en el santoral de hoy se recuerda a San José. El santo del silencio, como algunos le dicen. Y así como era padre putativo de Jesús, el otro José, José Lezama Lima es el padre putativo del estreno de El viajero inmóvil en Ecuador. Mientras en Guayaquil se celebra esta premiere, en La Habana, en la calle Trocadero número 162, en la Casa-Museo Lezama se realiza simultáneamente un homenaje al más grande escritor de Cuba.

El filme de Tomás Piard que se estrena esta noche en Ecuador es muy cinta muy compleja, es barroco Caribe, laberinto sin entrada ni salida. No es de fácil recepción. Es un homenaje de 85 minutos a la novela Paradiso de Lezama y al igual que esa obra literaria la película resulta de una gran densidad y hermetismo. Que nadie espere entendimiento total. La poesía –más aún cuando es visual- no es para aprehenderla de primeras a buenas. Lo mejor del filme es la manera en que Piard adapta con un lenguaje visual personalísimo una novela que es un monumento a lo barroco. Piard no traduce los simbolismos lezamianos, los interpreta, y jamás repite en imágenes lo que el escritor ya dijo en buena literatura.

“Sólo lo difícil es estimulante”, dijo alguna vez Lezama y el espectar este filme cumple a cabalidad con ese precepto. Hay que aceptar el desafío de ver este filme como un ensayo literario por la cantidad y calidad conceptual. Hay personajes que reflexionan desde la filosofía o las ciencias del lenguaje. Aparecen entrevistas a intelectuales cubanos que hablan de la vida y la obra lezamiana. Esto la hace un documental. La historia a ratos es inmóvil puesto que se encierra en una estética teatral y usa recursos propios del teatro de Brecht. La narración es a ratos inmóvil, repito, pero añado: móvil en su exploración multigenérica.

Un par de escenas tienen un sentido operático, más aun por ciertos movimientos corporales de los personajes que la acercan a la danza. La lirica está también presente con sus imágenes sugestivas, oníricas, sus figuras literarias tan visuales, sus simbolismos enigmáticos. Hay sueños diurnos que son de gran vuelo poético. Hay también cabida para las pesadillas que tienen mucho de la Comedia de Dante. La fotografía es también fundamental en este filme que usa varios tipos de iluminación y cromática. Azulada. Amarillenta. Rojiza. En este aspecto lo visual no tiene nada de inmóvil. Siempre va de una coloración a otra, tan heterogénea que parece que un director distinto filmó cada secuencia.

Hemos dicho ensayo filosófico y literario. Teatro. Danza. Opera. Poesía. Fotografía. También tenemos que decir cine aunque sea filmado en vídeo digital. Cine a la manera de Godard que gustaba de mezclar la ficción con el documental como en las escenas en las que aparecen escritores cubanos reflexionando sobre la importancia de Paradiso en la cultura contemporánea. Si alguien espera ver posiciones oficialistas o reflexiones sobre la revolución cubana esta es la película menos indicada. Uno de sus valores radica en la posibilidad de hablar de Lezama desde su cubanía pero de una manera cosmopolita, sobre todo cuando se tocan los mitos griegos. En este sentido es de especial valor estético la escena en la que aparecen Proserpina y Orfeo.

Una pista sobre el personaje principal. Carece de nombre. Es un joven estudiante de Filología que realiza una investigación sobre Lezama. Nunca oiremos una palabra de boca de este personaje. Todo está visto desde su óptica particular. Es el joven curioso que tiene la capacidad de entrar y salir de escenas familiares de la familia Lezama; es el muchacho apolíneo que toma parte de escenas arrancadas de la novela Paradiso. Como aquella en la que participa en las manifestaciones estudiantiles reprimidas con brutalidad el 30 de septiembre de 1930. Se trata de una secuencia más o menos larga de las protestas juveniles que se efectuaron contra la tiranía de Gerardo Machado. Incluso veremos un personaje ensangrentado que a la manera de un san Sebastián lidera la revuelta estudiantil. El lenguaje casi homérico de Lezama para describir este episodio político es tratado por Piard como si Eisenstein estuviera operando la cámara.

Lo erótico resulta otro de los aspectos más importantes del filme. Las escenas sexuales están coreografiadas con una exquisitez operática. Me atrevo a decir que nunca antes se había tocado en Cuba el tema sexual de manera tan abierta, no solo por la genitalidad expuesta, sino también por actos de homo y heterosexualidad que se ven en la pantalla. Los miembros masculinos semiflácidos no son gratuitos en este filme. A ese entrañable maricón que fue Lezama le gustaba describirlos con un gusto muy helénico. Piard realiza escenas de una delicadeza impensables en un Fassbinder. Los onanistas tendrán algunas imágenes para la soledad con hermosos cuerpos femeninos que aparecen en el interior de la Catedral de La Habana. Estas escenas deben escribirse con x, x de buen gusto. Cual historiador del arte Tomás ha logrado que los cuerpos desnudos estén conectados con la estatuaria griega. Como si entráramos a la sala grecolatina de un museo, admiramos con curiosidad esos cuerpos que parecen estatuas móviles que se regodean en lo orgiástico.

Para concluir encendamos una vela por san José. Por san José Lezama Lima, el santo de la palabra desbordante, el peregrino de la calle Trocadero. Si Tomás Piard logró captar o no la esencia de Paradiso llevará a algunos a la trillada e inútil pregunta sobre que es mejor: ¿El huevo o la gallina? ¿La obra cinematográfica o su original literario? Trillada porque estamos ante dos lenguajes diferentes: el cinemático y el literario. El viajero inmóvil es una fiesta de la cubanía, un homenaje plurigenérico al habanero cosmopolita, una invitación para que las nuevas generaciones descubran ese macrocosmos que es Paradiso. No interesa el viaje. Lo que importa es el sinnúmero de mundos a los que se puede viajar desde la inmovilidad. No importa el viajero, lo que interesa es el trayecto. Bien lo dijo Lezama: “Lo importante es el flechazo, no el blanco”.

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