«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Del caleño Andrés Caicedo (1951-1977) se ha escrito demasiado. Que su vida acaso rebasó su obra. Que se suicidó a los 25 años porque no tenía más que decir literariamente («vivir más de 24 es una insensatez»). Que deseaba ser recordado joven después de dos intentos fallidos de suicidio. Que todo lo que un escritor debe leer a esa edad él ya lo había consumido con un riguroso plan de lecturas. Que en diez años logró una de las obras más singulares de la literatura del posboom. Que fue el precursor de la literatura urbana en Colombia. En este artículo vamos a reseñar su obsesión por el cine. Si era un gran escritor o no, es un tema que no se lo va a tocar. Hay preguntas sueltas que no vamos a responder: ¿No era el típico escritor joven que muere y es ascendido a la categoría de mito? ¿Es su estilo informal, oral y poco trabajado algo que realmente merece la pena? ¿Aparte del cuento Los dientes de Caperucita y Que viva la música hay algo más que merece ser tomado en serio en la producción de Caicedo? ¿No estaba recién empezando a gestar una obra que quizá podía alzar vuelo en el futuro? En fin…

Al séptimo arte Caicedo llego por la vía de la Tv y las salas comerciales de su ciudad natal. También se dedico al teatro con un grupo de universitarios poniendo en escena obras de Andrés Caicedo, por supuesto, a más de Edward Albee, Eugene Ionesco y Harold Pinter. Escribió criticas de cine para los periódicos El País, Occidente y El pueblo y para las revistas Hablemos de cine, Gaceta y Ojo al cine. Esta última fue un folleto que luego se convertiría en una de las publicaciones especializadas más importantes de su género en Colombia. Además, fue uno de los pioneros del cineclubismo en Colombia con funciones semanales en las que los espectadores tenían que someterse a su gusto y a un texto escrito por él que se repartía a la entrada.

Que viva la música, la única novela que publicó en vida, tiene sus raíces no solo en la música como ya lo plantea su titulo tomado de una canción de Ray Barreto, también tiene su asidero en las diversas formas del guión cinematográfico. El tratamiento del dialogo chispeante, condensado, preciso, breve… Y, obviamente, la pléyade de referencias a películas por doquier como sucede en cuentos como Los destinitos fatales (guiño de ojo al título de distribución en español de un filme de Roger Corman), El espectador (sobre un solitario cinéfilo que ansia comunicarse con otro cinéfilo y al ser confundido con un homosexual recibe una soberana paliza), En las garras del crimen (donde se ve la influencia del cine noir) y Calibanismo, incluidos en Calicalabozo, compilación que apareció con el sello de Norma en el 2008.

Su pasión por el cine lo llevó a Caicedo a dirigir con Carlos Mayolo un largometraje titulado Angelita y Miguel Ángel (1972) que nunca fue concluido. El Grupo Editorial Norma nos trae tres relatos donde vuelven a aparecer los personajes del título fílmico: Angelitos empantanados (o historias para jovencitos).

En 1974 Caicedo emprende un viaje a Estados Unidos que marcaría a fuego su breve existencia. Con cuatro guiones de largometrajes escritos por él mismo, va en búsqueda de Roger Corman, el director maldito de célebres películas clase B. No logra contactarlo. Los guiones, traducidos por su hermana, se quedaron en el papel y nunca llegaron a las manos de Corman, uno de los adaptadores más importantes de Edgar Allan Poe, admirado escritor de Caicedo (siempre andaba con el mamotreto de los cuentos completos del autor de Berenice traducidos por Cortázar).

El viaje no fue en balde. Tanto en Los Ángeles como en Nueva York Caicedo tuvo la chance de ver cuanto cine pudo. Fue entonces cuando inició la redacción de un diario al que tituló Pronto: Memorias de una Cinesifilis que pretendió convertir en novela. Durante su estadía en Norteamérica intentó entrevistar por todos los medios al mítico Alfred Hitchcock pero tuvo que conformarse con el premio consuelo de entrevistar a Sergio Leone, el gestor de los western spaghetti.

En El cuento de mi vida (memorias inéditas), también rescatado por Norma, confiesa lo siguiente: «Antes de acostarme, ya empiyamado y todo, vi pedazos de Lolita de Kubrick, muy buena película. Así es como voy a ser yo cuando esté viejo, como el pobre James Mason en el film, un escritor que gusta de leer a Poe, que gusta de Ulalume y deseando el sexo de las niñas, porque yo me sentiré de la misma edad de ellas, y trataré de acercármeles cariñoso, pero total las aterrorizaré siempre. Y sentiré, como él, el más profundo desprecio por las mujeres de mi misma edad».

Nunca llegó a esa edad, como todos sabemos.

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