«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

La joven del arete de perla (2003) del director inglés Peter Webber (el mismo de Hannibal rising), basada en la novela homónima de Tracy Chevalier, es una de las películas que mejor demuestra las relaciones entre cine y pintura.

Es un lugar común afirmar que ciertos directores de fotografía conciben un plano, una toma o una escena como verdaderos lienzos rectangulares. Otra idea que ronda en algunos historiadores del arte es el señalar que las panorámicas venecianas, conocidas como vedutti, son el antecedente más importante del cine.

No es un lugar común aferrarse a la etimología del vocablo cinematografía que significa escritura hecha de luz. Si el cine no es más que administrar la cantidad de luz que pasa por el diafragma de una cámara, entonces el filme de Webber al igual que tantos otros logra recrear atmósferas que son propias del lenguaje pictórico, paisajes que parecen verdaderas obras de arte. Esto lo percibimos en las escenas que simulan perfectamente cuadros del holandés Johannes Vermeer (1632-1675) que es el protagonista del filme. Personajes haciendo sus oficios domésticos son captados en su momento más barroco. Juegos de luz y sombra. Fuente luminosa amarillenta que pertenece a candelabros (luz artificial) o chorros de luz que provienen de ventanales (luz natural). El filme se regodea también en tomas exteriores. Recuérdese el momento en el que Griet (Scarlett Johansson) y el carnicero pasean por los afueras de Delft, lugar natal de Johannes Vermeer (Colin Firth). Se aprecia un riachuelo y una arboleda. El espectador culto no dudaría en detener la imagen con su control remoto y apreciar la imagen como si fuera el lienzo de un paisaje. En otra escena el personaje de Griet, la mucama que da origen al retrato de la joven con arete de perla, aparece tal cual la protagonista de Joven con jarra de agua.

Es fundamental el aporte del arte barroco al cine. Tanto así que desde mediados del siglo pasado se habla en la industria cinematográfica de la llamada Rembrandt Lightning (Iluminación Rembrandt). Definida comúnmente como la mixtura de luz y sombra, resulta en la práctica algo más que eso. La técnica del chiaroscuro inventada por Leonardo Da Vinci y perfeccionada por Rembrandt es sumergir objetos y personajes en una penumbra que es más espiritual que tangible, más filosófica que práctica.

La iluminación en los lienzos de Johannes Vermeer tiene otra interpretación de lo barroco. Hay una inclinación más pronunciada hacia la luminosidad pero siempre en un grado tenue.

Lo más importante de esta historia es la forma despiadada con la que se retrata al pintor holandés. Vermeer aparece como un desalmado al que sólo le importa terminar su comisión para Pieter van Ruijven y nada más. En este sentido es reveladora una frase que la suegra del pintor le dice a la joven del arete de perla: «Eres una mosca en su telaraña. Todos lo somos».

Para la ejecución de su encargo cuenta con la mucama que funge de modelo. Al final queda claro que sólo quería aprovecharse de ella en el sentido artístico. Ella da todas las pautas para ser explotada. Apenas llega a la casa del pintor deja claramente evidenciada su inteligencia. Le pregunta a su ama si debe limpiar las  ventanas del estudio de Vermeer. El razonamiento es implacable. Si se las limpia «puede variar la luz». Es entonces cuando el artista decide tomarla como su ayudante. Le enseña a mezclar colores. Le pide que subrepticiamente compre los minerales para formar su privilegiada paleta. Al final, ella obtiene un castigo y una recompensa. Es expulsada del hogar en el que trabaja y recibe al final un regalo inesperado.

Es importante la forma de contemplar el arte que tiene el ser humano en el siglo XVII. En ausencia de la fotografía que aún no se inventa el único medio para captar la humanidad de alguien es la pintura. Se retrata a alguien para poseerlo, para captarlo en un momento del tiempo. De eso se trata el barroco: captura a un ser humano en un instante preciso. Esa intención fotográfica está latente en el retrato que da origen al filme.

La joven con el arete de perla es un retrato en el que destacan varios elementos. Su posición delata algo de asombro. Es como si hubiera girado la cabeza inmediatamente después de haber sido llamada. El pintor ha captado justo ese momento en que se vira y un rayo de luz cae sobre la perla. El turbante que es un símbolo de lo exótico, de las fronteras abiertas tan anheladas por los europeos del siglo XVII. Las joyas, símbolos de estatus, son dispositivos importantes en la cultura cortesana de la época. Es por esta razón que estamos ante un evidente pero no por ello menos esclarecedor símil: las mujeres son tan bellas como las joyas que han escogido como adornos. La sensualidad también es un rasgo predominante. Aparte de la boca entreabierta está el pequeño escote que se forma al quedar algo descubierto el cuello. Un escándalo para la época. Es por esta última razón que la esposa de Vermeer estalla en celos al ver el lienzo gritando: «Es obsceno».

La película de Webber se inscribe dentro del sinnúmero de títulos que se han filmado sobre pintores. Su mejor propuesta no está únicamente en lo visual sino que se extiende a las atmósferas sonoras. Si los cuadros de Vermeer se caracterizan por captar la silenciosa vida doméstica o silentes personajes en espacios cerrados, este filme logra recuperar todo eso.

Otro elemento está en la misma historia. La identidad de las modelos de Vermeer no está bien documentada. Quién fue la joven que da origen al cuadro. No se sabe. Algunos historiadores del arte aseguran que se trata de un estudio idealizado de la mujer. El gran acierto del guión (también de la novela de Tracy Chevalier) es ese personaje consistente que lleva el nombre de Griet, la hija de un comerciante de tejas y azulejos que entra a trabajar como sirvienta a la casona de los Vermeer.

Antes de concluir, es importante señalar que Johannes Vermeer es un autor puesto en la órbita de la historia recientemente. Pintó apenas una treintena de cuadros en vida. Murió a los cuarenta y tres años dejando deudas y un nombre que se fue difuminando. Combinó su oficio de pintor con el de marchante para poder mantener a la decena de hijos que tuvo con Catherine Bolnes. A diferencia de Rembrandt, Vermeer nunca salió de su pequeña ciudad, y fue prácticamente un desconocido hasta que a fines del siglo XIX fue redescubierto por un crítico francés. En la segunda década del siglo XX Marcel Proust lo convierte en un referente en À la recherche du temps perdu debido a los elogios que su alter ego Swann le obsequia. Tiene que llegar 1995 (trescientos años después de la muerte de Vermeer) para que el artista tenga su primera muestra retrospectiva (fue simultánea: tuvo lugar en Washington y en La Haya).

En nuestros días se lo considera a Johannes Vermeer como un protofeminista por el respeto y devoción con que pintó personajes femeninos.

Este fervor por el sexo opuesto queda claro en La joven del arete de perla que también es un homenaje al silencio y a la historia del barroco holandés. Una película no para verla, sino para contemplarla.

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