«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Enfermedad gravemente dócil que consiste en dejarse subyugar por imágenes proyectadas a través de esa caverna de Platón que es el arte número siete. La fiebre acapara los sentidos y lo único que absorbe la retina son imágenes de películas. El cinéfilo acepta su padecimiento. La exhibe. No se inhibe. Presume de ella. A diferencia de cualquier otro adicto sabe que su mal tiene una sola cura: más y más películas. Síndrome de abstinencia: el parpadeo interminable de una mirada que solo ansía más y más cine de arte y ensayo, más títulos nominados al Oscar o al Razzie. ¿Quién ha dicho que la cinefilia tiene buen gusto? Hay que consumir de todo: slasher movies, popcorn movies, teenage movies… Toda la bazofia posible. ¿Cómo saber qué es un buen filme si no te has atiborrado de lo mejor de lo peor? Qué delicia poder degustar de historias estúpidas y superficiales que le hagan el equilibrio a títulos de Bergman, Fellini o Antonioni. El remedio resulta mejor que la dolencia. Espectar y espectar que el mundo se va a acabar. ¿Grupos de terapia? A diferencia de los alcohólicos anónimos, los cinéfilos no se paran en plena sala y dicen:” Mi nombre es Marcelo Báez Meza y soy un cinéfilo. Nadie va a responder: “Hola, Marcelo”. Es otra la contestación. “Hijueputa, ya siéntate”, te espetan los cinéfilos anónimos que acuden a esos templos que son las salas de cine. Más anónimos que nunca en esa penumbra hecha de soledades que vale $ 4,25 de viernes a domingo y $ 3,00 el resto de días. La gente que asiste a los cines son los verdaderos grupos de apoyo donde todos se dan una mano ignorándose. Uno no llama en la mitad de la noche al coach emocional y le dice: “Estoy a punto de recaer. Voy a ver una película de Adam Sandler”.  Uno llama a los amigos y les dice: “Vamos a ver una de Sandler, así que traigan los nachos y las cervezas”. Ese es el mejor grupo de apoyo que puede tener un cinéfilo nada anónimo como yo. Nadie va a un laboratorio a hacerse un examen para medir el nivel de intoxicación en la sangre. Ningún laboratorio te dice: “Usted ve demasiados dibujos animados. Su sangre está verde de tanto Shrek y hay restos de Bolt, Madagascar y Walle. De hecho, hay que estar verdaderamente enfermo de cinefilia para saber que Walle significa «waste allocation load lifter earth class». Hay que ser un doliente terminal de cinemanía para contestar los pop quiz del sitio web de Cinemark. No es que no haya plata para las entradas. Nunca está de más ganarse unos tiquetes por contestar esas fruslerías que sólo saben los que han visto un filme una y otra vez. El cinéfilo que se sabe realmente en estado de virulencia se diferencia de cualquiera porque no lee las películas, sino que las relee a millares surgir, las mira una y otra vez, hasta saberse los diálogos más importantes. Estar verdaderamente enfermo del séptimo arte (septicemanía, le decimos los de la secta) es creerse igual en físico a Jim Carrey y ver su última película (Yes, man) la nada despreciable cantidad de dieciocho veces. Y no estamos hablando de verla en una copia ilegal en vídeo (la videofilia puede ser un tema para otra confesión). No. Un padeciente de verdad asiste a Cinemark o Supercines por lo mínimo tres veces a la semana. Por no decir cuatro. Parte de la enfermedad es también cierta inclinación espontánea y natural hacia la mentira. Creamos grandes mitos alrededor de nuestra infección audiovisual. Por lo tanto, que nadie crea descubrir el agua seca si pesca alguna mentira en este pequeño himno a la cinemanía. Amén.

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