«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Vivimos en una época en la que hay una fascinación por lo esotérico, por el mundo de lo oculto, por supuestos misterios de carácter histórico y hasta religioso. La religión es un buen negocio y desde siempre se ha alimentado la curiosidad del público en general hacia temas como el supuesto manto sagrado, el santo grial, etc. Los masones y los templarios no están desterrados de este negociado cultural.

Dan Brown ha intentado con éxito satisfacer la curiosidad de las masas y ha entregado best sellers con esta temática. El código da Vinci (2003) significó la tergiversación de todo un sistema de conocimientos de la era del renacimiento. La supuesta simbología existente dentro de un cuadro de Leonardo da Vinci tuvo de cabeza a millones de lectores en diferentes lenguas. ¿Qué María Magdalena se casó con Jesús? No era la primera ni la última vez que dicha hipótesis era una explosión exitosa en la industria cultural.

Pero el mérito de la exitosa novela El código da Vinci no pertenecía exclusivamente a Dan Brown. Surgieron acusaciones como las de Lewis Perdue quien escribió El legado da Vinci (1983), libro de ficción en el que el protagonista se embarca en la misión de resolver un misterio que está escrito en sangre en el cuerpo de un hombre muerto que deja una llave de oro.

Aparte de las imputaciones de Perdue, surgieron Michael Baigent y Richard Leigh quienes alegan que Brown les plagió la estructura o arquitectura interna de su libro de no ficción titulado Holy blood, holy grail (1982) de Random House. Durante el juicio que tuvo lugar en el 2006 y que fue ganado por Brown, el juez pasó por alto un detalle fundamental. El libro de Baigent y Leigh desarrolla la teoría de que María Magdalena y Jesús se casaron y tuvieron una hija que inauguró una descendencia que continúa hasta el siglo XXI. Una supuesta sociedad secreta (el priorato de Sión) protege a todos aquellos que descienden de este supuesto linaje sagrado. Esta idea fue desarrollada por Dan Brown en extenso en su novela El código da Vinci.

En tal caso, está comprobado históricamente por eruditos y estudiosos que el priorato de Sión jamás existió y que la supuesta descendencia de Cristo no es más que una patraña esotérica que vende mucho. Leer El cementerio de Praga (2011), novela en la que Umberto Eco se burla de todo este entramado.

El éxito de Brown de alguna manera fue anunciado por el lanzamiento de Ángeles y demonios (2000), la segunda de las novelas en las que aparece el profesor de Simbología Robert Langdon. En esa obra ya había ese ambiente esotérico marcado por la presencia de los illuminati, una secta a la altura comercial de los templarios y los masones.

La tercera novela en la que aparece Robert Langdon se titulaba originalmente La llave de Solomon. Apareció en el mercado a fines del 2009 con el título de El símbolo perdido. El gran tema de este mega best seller (vendió un millón de ejemplares el día que salió a la venta) es la masonería. Brown aprovecha el ferviente interés que a lo largo de las últimas décadas ha existido hacia esta secta de lo oculto.

Robert Langdon tiene que investigar el secuestro de su amigo masón Peter Solomon, director del Museo Smithsonian y el responsable del desarrollo de las ciencias noéticas. Ingresa al escenario un villano llamado Mal´akh quien tiene tatuado todo el cuerpo con simbología esotérica.

La prosa de Brown es un monumento a la paraliteratura: insípida, vacua, frívola, ligera, sin carisma, pero absorbente a la hora de transmitir sin adornos, sin calidad literaria una trama pirotécnica de gran alcance comercial. ¿Quién dijo que había que escribir bien para vender millones de ejemplares? Que sea J. K. Rowling, otra mediocre escritora, la encargada de responder a esta pregunta. Aunque contando las ganancias de los 400 millones de ejemplares vendidos de la saga de Harry Potter quién sabe si tenga tiempo de hacerle caso a los críticos serios.

Arruinemos la lectura a las personas que no terminaron de leer la obra o que no pueden enfrentarse a más de 600 páginas. El símbolo perdido es Dios. El mensaje new age de Brown apunta a la recuperación de la divinidad en su dimensión simbólica (symbolon). Resulta que Dios es una idea de la semiósfera que ha sido relegada, olvidada, según nos plantea el autor norteamericano. Después de tantas matanzas y persecuciones del villano (quien al final resulta ser el hijo pródigo de Peter Solomon, oh, qué original) resulta que la respuesta a todos los misterios del universo es una sola palabra, Dios.

Habrá que ver si Ron Howard también dirige la tercera investigación de Robert Langdon, tal y como lo hizo con Ángeles y demonios (2009) y El código da Vinci (2006). Tom Hanks tampoco está confirmado para reprisar su rol del profesor de simbología de Harvard. Está claro que ninguno de los dos dejarán pasar los millones de dólares de ganancia que están esperando generar para el 2013 los personajes de Dan Brown.

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