«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

El artista (2011) de Michel Hazanavicius no es la primera película muda en pleno periodo sonoro. Silent Movie de Mel Brooks (1976) es una ofrenda votiva, a todo color, a la etapa silente de la historia del cine. Lo único que se escucha en ese filme de Mel Brooks es la palabra No en la boca del mimo francés Marcel MarceauThe call of  Cthullu (2005) de Andrew Leman es un mediometraje de 47 minutos. Se trata de un homenaje al mundo de H. P. Lovecraft con todos los recursos del cine no hablado: 16 cuadros por segundo, fotografía sepia, actores con rostros del color de la harina, intertítulos interpolados, etc. Estos son tan sólo dos ejemplos contemporáneos de narrativa cinematográfica silente.

La única película no parlante que anteriormente había ganado el Óscar al mejor filme del año fue Alas (1927) de William A. Wellman. Era la primera ceremonia de los premios de la Academia y el mundo de las imágenes móviles (motion pictures, movies) se debatía entre el agonizante silente y el naciente sonoro.

Un poco de marco histórico para entender la importancia de El artista. Es el tercer título bicolor, en medio siglo, en ganar la categoría de mejor filme del año. Los otros dos filmes en blanco y negro fueron La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg y El apartamento (1962) de Billy Wilder (director alemán cuya carrera empezó en el cine mudo y continuó en Hollywood). Este último director fue mentado en tres agradecimientos la noche en que El artista se llevó cinco premios en las principales categorías (mejor filme, mejor director, mejor actor principal, mejor música y mejor vestuario). Es también uno de los diez filmes en blanco y negro en ser nominado al Óscar a la mejor cinematografía, desde que la categoría de mejor fotografía en blanco y negro fue descontinuada en 1967. Los otros nueve filmes son: A sangre fría, The last picture show, Lenny, Toro Salvaje, Zelig, The man who wasn´t there, Good night and good luck, La cinta blanca La lista de Schindler.

La trama de El artista se desarrolla en la época de transición del cine silente al parlante. A la manera de Nace una estrella vemos a George Valentin (¿Douglas Fairbanks o Rodolfo Valentino?), actor famoso que ayuda a Peppy Miller, una principiante, a convertirse en el gran nombre que habrá de adornar una marquesina. En la transición al cine sonoro la artista novata (Berenice Bejo, esposa del director) termina convirtiéndose en una celebridad y el galán acaba en la miseria pues sigue empecinado en hacer un tipo de cine que ya nadie quiere ver. La suerte que corre la película dirigida por George Valentin es la misma que le ha tocado a The artist: poca afluencia de público con un ligero repunte después de ganar las cinco estatillas. Según las cifras disponibles en sitios especializados, la cinta de Hazanavicius  y The hurt locker de Katherine Bigelow, son ya las menos taquilleras de todas las que han ganado el premio al mejor filme del año.

El argumento de Hugo (2011) de Martin Scorsese no es muy distante de El artista históricamente hablando. Se trata de un homenaje a George Méliès, pionero del cine de ciencia ficción con cortos como Viaje a la luna (1902). Es también el inventor del storyboard y del trucaje o sobreimpresión, técnica que revolucionaría el lenguaje cinematográfico. El nombre en el título alude a un niño huérfano que vive en la estación de Montparnasse, lugar donde Méliès tenía una tienda de juguetes, ya retirado en los años treinta, de su carrera de cineasta.

Hugo, al igual que The artist, recibió también cinco premios de la Academia. Las categorías premiadas fueron eminentemente técnicas: mejor fotografía, mejor edición de sonido, mejor diseño de sonido, mejores efectos especiales y mejor dirección de arte. Esta última categoría (aparte de la de F/X) parecía dedicada a Méliès, sobre todo porque fue el precursor del diseño de producción al crear sus propias escenografías y fondos pintados removibles para sus filmes; además, fue al primero a quien se le ocurrió construir un estudio para sus rodajes.

Dos grandes peculiaridades saltan a la mirada apenas ingresamos a la sala para admirar tanto Hugo como El artista. La primera es ver que el filme mudo ofrece una pantalla cuadrada con el denominado radio académico (1:33:1), tal y como era en la primera etapa del cine silente, y el uso constante del iris, esa circunferencia negruzca que se abre y se cierra para abrir o concluir una escena. En Hugo deslumbran los efectos especiales y el vistoso 3D, más aún cuando algunas escenas se prestan para ello. Ver, por ejemplo, las que tienen lugar dentro y fuera del reloj gigante de la estación de Montparnasse, pero sobre todo la de apertura del filme que tomó un año digitalizar. Recordemos el comienzo de la historia de Scorsese (basada en una novela de Brian Selznick): la cámara hace un viaje aéreo sobre París descendiendo hasta la estación y realizando un paneo de los famosos comensales que frecuentaban bares y cafeterías: James Joyce, Salvador Dalí y Django Reinhardt. Lo mejor de esta escena de apertura es la digitalización de París como si fuera un enorme mecanismo de relojería. Incluso se puede apreciar, gracias a los efectos, cómo el Arco del Triunfo es la rueda de escape de ese gran reloj que es París.

El filme de Hazanavicius reproduce las técnicas narrativas de principios del siglo XX sin ir más allá. El de Scorsese tampoco aporta nada nuevo a las técnicas narrativas del siglo XXI (el motion capture y el 3D están en un raudal de filmes recientes). Se trata de un par de relatos metatextuales, en ambos casos estamos ante cine que reflexiona sobre el cine. Esto se evidencia más que nada en El artista cuando el personaje principal despierta de una pesadilla para entrar en otra: los objetos a su alrededor empiezan a sonar de manera estruendosa. George Valentine está a punto de enloquecer. Los sonidos asaltan la atmósfera silente subvirtiendo el orden establecido. En Hugo asistimos a una apología de la máquina. Con respecto a este particular, el niño cuyo nombre da origen al filme afirma algo que constituye el arte poética del filme: «I’d imagine the whole world was one big machine. Machines never come with any extra parts, you know. They always come with the exact amount they need. So I figured, if the entire world was one big machine, I couldn’t be an extra part. I had to be here for some reason». El robot (autómata, se le dice en el filme) tan buscado por Hugo Cabret guarda en realidad un secreto: una viñeta con el cohete que llega a la luna (tomada del filme de Méliès). Sin la máquina no es posible hacer cine, parece decirnos Scorsese, sin la tecnología no hay historia. Hugo es, en realidad, un homenaje sonoro, a todo color y con miles de efectos especiales, al inventor de los efectos especiales.

En estas paradojas (artista silente que lucha contra lo sonoro/ Méliès y su retrato sonoro lleno de F/X) reside el por qué Hugo ha seducido a las audiencias mayoritarias y  The artist a los votantes de la Academia. Estamos ante dos hitos. Nunca antes una película  muda había reflexionado sobre la naturaleza del sonido y su antípoda, el silencio. Nunca antes Méliès había merecido un homenaje de semejante espectacularidad. En esta última palabra no hay trampa. El director francés filmó espectáculos narrativos y si estuviera vivo de seguro que habría usado las mismas técnicas computarizadas de James Cameron, Robert Zemeckis o Steven Spielberg. Esta vez el show es de Scorsese y el repertorio posmoderno de clichés digitales.

Hazanavicius no se queda atrás con otro tipo de artificios: la historia que nos cuenta la hemos visto una y mil veces. Es una sumatoria de lugares comunes, estereotipos, citas literales y encubiertas de filmes ya vistos, sin contar con el meloso perro prestado de Chaplin. Su valor agregado es la reflexión sobre la dicotomía sonido-silencio. De hecho, en la última escena, cuando George Valentine y Peppy Miller han decidido convertirse en una pareja de artistas a lo Fred Astaire y Ginger Rogers, escuchamos los jadeos de ambos completamente extenuados. Apoteósico final de un filme mudo que se ha transmutado en sonoro.

Tanto Hugo como The Artist son dos máquinas de citas intertextuales. Son verdaderos tests de cultura cinematográfica para un cinéfilo enciclopédico. Unos cuantos ejemplos. En el principio de Hugo, una cantante en la estación de Montparnasse canta Frou, frou, canción del filme La gran ilusión de Jean Renoir. Otros filmes citados en forma de clips: La llegada del tren de los hermanos Lumiere, El beso de Edison, El gran robo del tren, Intolerancia, El gabinete del doctor Caligari, El chico, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, El maquinista de la general, La caja de Pandora, El ladrón de Bagdad… En The artist no sólo está la obvia referencia a Nace una estrella (que ya nombramos anteriormente), sino que el director además se da el lujo de tomar un fragmento de la partitura de Vertigo de Alfred Hitchcock para el momento climático.

Concluimos recomendando ambos filmes por sus aspectos didácticos, pues bien podrían servir como material de apoyo para enseñar Historia del Cine. Tanto Hugo como El artista hacen alusión directa o indirecta a un sinnúmero de películas que constituyen una lista que todo aficionado debería conocer. Los niños de Scorsese asisten clandestinamente a una sala de cine en cuyas afueras se pueden apreciar carteles de artistas silentes como Max Linder o Charlie Chaplin. Además, el filme que lsabelle y Hugo van a ver es Robin Hood (1922) con Douglas Fairbanks, actor que también es citado en El Artista con el filme La Marca del Zorro. En otra escena acuden a la biblioteca para escrutar un libro de la historia del cine y se interpolan clips de Lumière y compañía. Las nuevas generaciones ignoran la Historia con mayúsculas en todos los aspectos y es importante instruirlas sobre los inicios del séptimo arte. Sin Méliès no existirían George Lucas y tantos otros magos de los efectos especiales. Es fundamental que los cinéfilos del nuevo siglo conozcan la estética primitiva de lo silente admirando El artista. El mismo Scorsese lidera The film foundation (filmmakers for film preservation) que restaura filmes antiguos con miras al reestreno. Los críticos debemos cumplir la misma misión de Rene Tabard, el personaje del historiador de cine en Hugo (al que los niños encuentran en la biblioteca): preservar el pasado para transmitirlo generosamente a los neófitos.

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