«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Kate Beckinsale at the Comic-Con 2011.

Kate Beckinsale at the Comic-Con 2011. (Photo credit: Wikipedia)

Al director norteamericano, nacido en Israel, Rod Lurie (1962), siempre le ha interesado analizar el poder. En Deterrance (1999), Kevin Pollack interpreta al presidente de los Estados Unidos envuelto en una situación extrema: debe enfrentar una crisis militar mientras una tormenta de nieve le impide salir de Colorado.  The contender (2000) indaga en las vicisitudes por las que tiene que pasar una candidata a vicepresidente (Joan Allen) cuando se revelan “pecados sexuales de juventud”. La última fortaleza (2001) enfrenta a un general confinado en una cárcel de máxima seguridad (Robert Redford) con el carcelero (James Gandolfini). Resurrecting the champ (2007) tiene como figura principal a un reportero (Josh Hartnett) que descubre que un mendigo (Samuel Jackson ) es una vieja gloria del bloxeo.

Nothing but truth (2008) no es su mejor película (ese halago se lo lleva The contender) pero es pertinente para ilustrar las relaciones entre la prensa y el poder. La fábula es muy sencilla: un texto periodístico es una bomba que al explotar arruina la vida de las personas. En este caso, queda devastada la de la periodista y la de la agente la CIA cuya identidad es denunciada.

La redactora política del Capitol Sun-Times, Rachel Armstrong (Kate Beckinsale), no se quiebra pese a su larga estadía en prisión. Se niega a revelar su fuente. Ha publicado una columna de opinión aseverando que el presidente de los Estados Unidos ignoró los hallazgos de una operación encubierta al ordenar un ataque aéreo sobre Venezuela. La columnista menciona a Erika Van Doren (Vera Farmiga) como la agente de la CIA encargada de la operación. Van Doren tiene a su hija en la misma escuela de la periodista. Es notable la escena que tiene lugar en una actividad escolar al aire libre. La periodista se acerca a la agente de manera amigable, como toda madre de familia que quiere hacer buenas migas con los demás, y luego suelta su bomba. Le da el nombre del periódico para el cual trabaja y le pide que confirme la operación encubierta en Venezuela. ¿Con qué derecho la periodista irrumpe en la vida de otra persona de esa manera tan violenta? No es necesario una agresión física. Basta una sola pregunta como la enunciada por la reportera política.

Apenas se publica el texto, el gobierno forza a Rachel para que revele su fuente. La mujer es encarcelada por negarse. Mientras va deshojando los meses en el calendario la mujer endurece su posición.

La segunda mitad del filme se concentra en la dura vida de la protagonista tras las rejas. Mientras su abogado Albert Burnsida (Alan Alda) invoca la Primera Enmienda el caso empieza un largo camino hacia la Suprema Corte.

Rachel logra el apoyo de su editora Bonnie (Angela Bassett), el abogado del periódico (Noah Wyle) y su esposo Ray (David Schwimmer), y desafía al fiscal Patton Dubois (Matt Dillon) que no cesa de perseguirla y presionarla. El soporte que obtiene es simbólico porque el poder al que se enfrenta la protagonista es apabullante. A la larga, la relación con el esposo terminará echándose a perder. Él no aguantará que su mujer esté en prisión tantos meses y termina siéndole infiel. El núcleo familiar se ha destruido. Su pequeña hija va cada vez menos a visitarla.

Una breve subtrama tiene como protagonista a Erica Van Doren, la agente de la CIA que es puesta bajo el escrutinio de los medios de comunicación. Los reporteros de televisión la acechan. Va a la escuela a recoger a su hija y recibe el rechazo generalizado. Sus superiores en Langley incluso llegan a sospechar de ella. La acusan sin tapujos de haber sido ella la que acudió a la periodista Armstrong. La subtrama termina cuando Erica es asesinada a sangre fría por uno de sus compañeros de la CÍA.

Quien se lleva las palmas en esta cinta es Matt Dillon. Un soberbio villano. Hace y deshace a Rachel, apegado siempre a las leyes que él tuerce a conveniencia.

Kate Beckinsale no es una gran actriz, pero resulta ponderable su valentía de mostrarse sin maquillaje, lejos del icono de sex symbol que representa (el año 2009 fue nombrada sexiest woman alive por la revista Squire). Hay escenas en las que se permite llorar y una en la que es agredida por compañeras de prisión.

El suspenso se maneja en todo el filme con una pregunta muy sencilla: ¿Quién es la fuente de la reportera política? ¿Quién resulta ser la persona por la cual Rachel se deja confinar en prisión? ¿Qué importancia tiene la fuente en la vida de la periodista como para acogerse a un silencio tan tortuoso? ¿Vale la pena sacrificarse por la verdad y nada más que la verdad, como dice el título?

A la final nos damos cuenta que la verdad es una construcción social. Un relato que la prensa arma y desarma. El coautor de ese relato es el poder político que se aprovecha de la situación.

Lo mejor del filme es la escena del tercer acto en la que se revela de manera extraordinaria quién fue la fuente.  La persona menos pensada carga con el rótulo de fuente. Resulta insólito pero de una impecable construcción dramática. Cada espectador podrá responder desde su punto de vista las preguntas del párrafo anterior. Quizá la mayoría responda que valió la pena proteger una fuente tan inocente que ni siquiera sabe cuál es su función dentro del gran relato de poder y contrapoder.   Nosotros no revelaremos tampoco quién fue.  No vaya a ser que nos encarcelen por tamaña infidencia.

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