«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

El cómico Conan O’Brien le preguntó a Martin Scorsese, director de Raging bull y The departed, qué haría con los 200 millones de dólares que le dieron a James Cameron para dirigir Titanic (1997). La respuesta fue digna de aplauso: «Tomaría lo estrictamente necesario para mi película y devolvería el resto que sería muchísimo.»

Hay que reconocer el triunfo de algo que debería categorizarse como cine virtual por sus efectos especiales y la manipulación de la imagen a través de procesos computarizados. Estamos ante una historia con elementos trillados, con todos los rostros de la espectacularidad que triunfaron sobre el cine independiente, de arte, o como se quiera llamar a cualquier tipo de imágenes en movimiento que no se parezcan a Titanic. Es que si nos detenemos a reflexionar en el guión de Cameron hay que reconocer que no estamos ante nada extraordinario. De hecho este filme no recibió ninguna nominación al Óscar en el apartado de mejor historia, ni adaptada, ni original. Prueba de su futilidad.

Todos le rinden pleitesía a esta plastilina (¿plasta?) multicolor que tiene tres horas y cuarto de duración. Pastiche de lo último y de lo primero. Su técnica lo es todo. Su guión es nada. Lugares comunes para los que se presta el siguiente reparto: Leonardo di Caprio (quien luego se convertiría en una estrella de grandes magnitudes), Kate Winslet (quien luego ganaría un Óscar por El lector de Stephen Daldry en 2008), Kathy Bates, Billy Zane, Bill Paxton, David Warner…

Con Titanic  estamos ante un producto que no es arte, sino pura artesanía, un paquete muy bien manufacturado por alguien que conoce tan bien su oficio como  Cameron. ¿Qué se puede esperar del director de Terminator, Terminator 2: Judgment day, The abyss, Aliens y True lies?  Obviamente, no una obra maestra, sino un cine para las masas; estamos ante alguien que sabe contar una historia combinando sencillez —en la forma de presentar la anécdota y espectacularidad en lo que respecta a formalismos visuales— y tecnología computacional digital.

Por todos estos elementos es comprensible el encanto que el filme sigue ejerciendo sobre las masas. Es difícil para la mayoría escapar a esta gran experiencia visual y auditiva que se despliega en la pantalla. Tiene todos los elementos, ya nombrados, para ser lo que es: un blockbuster imparable, un mega-éxito de taquilla, un chocolate caliente para el alma. En esos elementos está el quid del asunto. Nos manipulan de tal manera que nos dejamos llevar por las redes de esa ilusión cinética. Cameron es un zorro viejo y un diablo. Sabe que sabe. Es por eso que logra engañar a la gente, y nos hace creer que estamos viendo cosas nuevas, cuando en realidad  todo es predecible, ya que predecimos toda la historia de rabo a cabo. Conocemos los estereotipos: chico pobre y artista que se aventuró a explorar París conoce a chica rica que está a punto de casarse con un joven apuesto y millonario que salvará la economía de su hogar.  Consumimos My heart will go on, el empalagoso tema principal de Celine Dion que recuerda al tonito de I will always love you, cortesía  de Whitney Houston en The bodyguard. Aunque más se parece a la música new age de Enja, compositora irlandesa que declinó la oferta de Cameron para escribir la partitura del filme. Su lugar fue tomado por James Horner, con quien tuvo una pésima experiencia laboral en Aliens. Sin embargo, Cameron se sintió impresionado por el posterior trabajo de Horner en Braveheart que decidió olvidar pasadas diferencias y lo contrató. La única condición que le impuso fue escribir una partitura al estilo de Enja. De hecho, gran parte de la música de Titanic se parece a Book of days de la artista del norte de Europa.

Y ahora con la versión en 3D y el centésimo aniversario del hundimiento del trasatlántico, la moda regresa en este primer semestre del 2012. Estrategia para recaudar más dinero. Forma de ponerse a tono con la celebración de las efemérides. En Inglaterra un grupo de turistas se embarcó en la réplica del trasatlántico. Usaron vestimentas de principios del siglo pasado. James Cameron estrenó un documental sobre su viaje a las profundidades marinas. Resulta histórica la escena en la que explica con una banana cómo se hundió el Titanic. La parte fácilmente por la mitad y dice que fue exactamente así como se sumergió la inmensa nave. Los buenos artesanos no son necesariamente inteligentes, como se puede ver en este caso.

El gran barco se hunde y con él gran parte de la historia del cine. Estamos ante una película que ganó once premios Óscar, algo que no pasaba desde 1957, año en que Ben Hur se llevó la misma cantidad. Lo mismo sucedió con Lord of the rings: The return of the King en el 2003 (con este filme de Peter Jackson, Cameron comparte el hecho de haber rebasado el billón de dólares en recaudaciones). Más records: fue el filme más taquillero de la historia del cine (1.8 billones de dólares) hasta que fue destronado por Avatar (2009) del mismo director (1.859 millones de dólares). Junto a All about Eve (1950) es la película más nominada (14 candidaturas). Es también la película con el más alto presupuesto en el siglo XX: 200 millones de dólares.

En Titanic no hay sorpresas. No las hubo en 1997 y no las hay en el 2012. Todo está prefijado de antemano. No se han corregido efectos especiales (ese es un derecho que se ha arrogado George Lucas con su saga de Starwars). Lo único que se ha modificado es el cielo nocturno en la secuencia del naufragio. Un astrónomo le hizo ver al director que el mapa estelar era incorrecto. En la versión en 3D aparecen las estrellas ordenadas de una manera científicamente correcta.  Además, se ha descompuesto el filme en varias capas tal y como lo pide el formato tridimensional. Procedimiento relativamente sencillo tomando en cuenta que el filme fue originalmente rodado en formato Super 35. Lo que interesa al espectador es ver cómo Cameron maneja sus cartas viejas y marcadas. En eso él y el cine como industria obtienen una gran victoria junto a las rugientes masas que están de plácemes. Pero es el verdadero cine el que pierde con esta artesanía, con este kitsch (producto de pacotilla).

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