«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

 

 

Ver A hard day´s night (1964) de Richard Lester es toda una experiencia posmoderna, si es que acaso esta última palabra tiene todavía vigencia. Ellos inventaron el álbum como un todo armónico con piezas musicales ordenadas bajo un hilo común (Sargent Pepper´s lonely hearts band club). Utilizaron en sus canciones referencias a la música clásica, hindú, española, etc. Fueron los precursores del heavy metal con la canción Helter Skelter y de la contracultura hippy entre mística y alucinógena. Ostentaron, además, un gran reinado massmediático en los años sesenta y de una buena parte de los setenta. «Somos más famosos que Jesucristo», dijo John Lennon y diez años después fue crucificado por obra y gracia de John Hinckley, asiduo lector del libro de culto de los nihilistas norteamericanos, Catcher in the Rye de J. D. Salinger. Cada cierto tiempo la disquera Apple saca una nueva compilación de éxitos que no cesa de venderse a millares surgir.

La primera pregunta que asalta a la mente del cinéfilo informado es por qué razón A hard day´s night consta en muchas listas especializadas como una de las mejores películas del siglo pasado. La respuesta hay que buscarla en el primer párrafo de este artículo: la imagen de ellos como grupo mesiánico urgía un filme que los promocionara, que los mercadeara y que inclusive fuera un vehículo de relaciones públicas. Luego de ellos, se ha visto algunas cintas que siguen esa pauta mercadotécnica. Después de los Beatles se ha visto algunos grupos que los imitan con descaro (Oasis) y con no tanto descaro (Travis), sin contar con los covers (Fiona Apple).

Por lo tanto, hay que ver A hard day´s night con ojos de beatlemaníaco, con toda la indulgencia del caso, y más que nada contextualizarla en su época (1964), en su marco político (la guerra fría, la prohibición de los ensayos atómicos) y social (el racismo cada vez más creciente). Es una comedia ligera, modesta, espontánea, tan sencilla en lo que pretende contarnos: cuatro celebridades a las puertas de un concierto televisado.

Este filme, como es obvio, no tiene problemas con su banda sonora (qué delicia escuchar el «sonido digital restaurado», según la publicidad, temas como «I love her» o «Can´t buy me love»). Los problemas que sí se evidencian son las actuaciones débiles de George Harrison, Paul McCartney y Ringo Starr. John Lennon, en cambio, muestra sin mucho esfuerzo sus dotes de cómico (años después filmaría bajo la dirección de Lester el filme antibélico How I won the war) y Wilfrid Brambell, en el rol del abuelo de Paul, logra hacernos reír en más de dos ocasiones (ver, sobre todo, su impertinente irrupción en el escenario, en pleno concierto de los Beatles, por medio de un elevador).

Vale traer a colación dos secuencias plenamente logradas: aquella en la que George es «tomado a cargo» por un grupo de publicistas que lo confunden con un conejillo de indias que dará ideas con respecto a si la última moda funciona o no, y aquella en la que los cuatro de Liverpool (siempre quise utilizar esa metonimia) contestan iconoclastamente a las interrogantes de la prensa. Ambas secuencias constituyen una burla inteligente a los mass media.

No importa que a los Beatles les haya cogido la noche del nuevo milenio. No han envejecido nada. Las nuevas generaciones harán a un lado el humor seco británico o perdonarán los «jueguitos de niñas» en el césped de los cuatro melenudos. Pasarán por alto el blanco y negro de las imágenes y cantarán A hard day´s night como si estuvieran en una liturgia. No importa que no les guste el filme, igual no escaparán al encanto de la música. De seguro se quedarán con la última imagen: el helicóptero que se lleva a los músicos mientras caen decenas de fotos del grupo como si fueran restos, vestigios que estas nuevas generaciones se encargarán de recoger.

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