«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

«Música cubana para principiantes», así debió ser subtitulada esta obra catedrática (el adjetivo «maestra» está muy trillado) de Wim Wenders. El son, la música más popular y antigua de Cuba, casi siempre confundida con la salsa nacida en los años 60 en Nueva York, y que vivió su máximo esplendor hace medio siglo en Cuba, encuentra en el talento visual del director alemán la medida justa entre poesía y documento.

El reflejo de los músicos en la madera lustrosa de un piano, la sincronización de sonido en concierto con sonido de estudio, los chevrolets viejos y derruidos de la época de Batista, los «camellos» (transporte popular de la isla), el viejo ferrocarril, una fábrica de laúdes cubanos, el atemporal malecón habanero donde las olas se amotinan… Imágenes captadas por la sutileza de la cámara de Jorg Widmer, y por un steadycam casero que merodea por algunos pasajes del filme.
La historia de este documental es más o menos como sigue. Ry Cooder, ese genio de la guitarra que ha trabajado por veinte años en las bandas sonoras de Wenders, decidió grabar un disco de Buena Vista Social Club, nombre con el que se le conoce a un viejo y derruido edificio habanero en el que se reunían hace medio siglo figuras como Compay Segundo, Eliades Ochoa, Cachao, Pío Leyva, Ibrahim Ferreira y tantos otros. Cooder aparece recorriendo las calles de la capital cubana junto a su hijo, en una de esas motocicletas que tienen incorporado un asiento lateral. Parece una escena sacada de Tan lejos, tan cerca (In weiter ferne, so nah) donde Bruno Ganz y Otto Sander aparecen en una moto por las calles de Berlín. Más que una coincidencia intertextual, se trata de un pretexto para recorrer con ojos curiosos una ciudad sobre la que ha corrido mucha tinta de cursilería y politiquería, elementos de los cuales el director huye.

Pese a la autoreferencialidad de Wenders, este Buena Vista donde no hay ángeles sino abuelos del son,  tiene un antecedente vital en Cachao, título de un documental de Andy García, actor cubano-americano que intentó sin éxito incursionar en el mundo del cine (hasta ahora seguimos esperando el filme que planeó hacer con Cabrera Infante sobre La Habana de Batista). Tenía que llegar un cineasta europeo y un músico del prestigio de Cooder para que la algazara fuera mundial. Además, había la coyuntura de la grabación de un disco que Cooder siempre tuvo la idea de hacer en la Ciudad de las Columnas como Carpentier le llamaba a La Habana. Francisco Repilado, alias Compay Segundo, en la Revista Tierra No. 1, opina que Cooder «captó el Buena Vista con mucha inteligencia, descubrió distintas músicas cubanas, música que yo tocaba en los años 20, con aires americanos. Entonces las influencias venían del charleston, algunos cubanos se inspiraron tanto en él, por eso gustó mucho».

Lo mejor de este documental, aparte de la poesía que emana de lugares derruidos o desgastados, es la intimidad que logra la cámara casera de vídeo al acercarnos a los rostros, manos e instrumentos de cada artista. El habano en la mano de Compay Segundo parece uno más de sus dedos, los instrumentos de más de un músico se asemejan a extremidades adicionales, los dedos de Rubén González bailan literalmente en el piano con una grácil velocidad. Este detalle de intimidad logrado por la steadycam, en momentos claves como los de los conciertos en vivo, resulta eficaz puesto que nos permite estar allí, en el escenario, junto a ellos.

Nominado al Oscar al mejor documental (no llegó a ganarlo, tampoco lo necesitó), este filme de Wenders es una rareza más en la filmografía de uno de los pocos auteurs que quedan en los que en el mundo han sido. El director de París-Texas siempre ha hecho mucho de todo, y no de todo un poco. Es multigenérico a muerte, aunque sea mejor describirlo como un ecléctico estudioso de la incidencia de los mass media en nuestras vidas. Recordemos el documental sobre moda (Notebook on clothes and cities) que hizo hace unos años o su incursión en el cine policiaco con Hammet (con Frederick Forrest en el rol del escritor de novelas policiales). Este poeta del movimiento (así lo han calificado algunos críticos) logra con esta vista cinematográfica de la música cubana un hito más para su imagoteca.


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