«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

The fault, dear Brutus, is not in our stars, but in ourselves..
(El destino, querido Brutus, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos)
William Shakespeare, Julius Ceasar

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Bajo la misma estrella (2014) es heredera de Love Story (1970) de Arthur Hiller, filme que supuso la consagración de una fórmula: una pareja debe afrontar la muerte del otro por una enfermedad mortal. La novelita de John Green, popular exponente de la paraliteratura, con un toque de libro de autoayuda, lleva esta ecuación a una vía de doble sentido, pues tanto él como ella tienen el mal de la muerte inminente. Ambos tienen menos edad que Alice McGraw y Ryan O`Neal en Love Story. Hazel Grace Lancaster tiene 17 años y un cáncer de tiroides que ha llegado a afectar sus pulmones (siempre anda con un tanque de oxígeno a cuestas); Augustus Waters tiene también 17 y un osteosarcoma que lo ha dejado sin una pierna (debe usar un reemplazo ortopédico). Desde el momento en que ambos jóvenes se conocen en un grupo de ayuda, la atracción instantánea se hace evidente. La chica queda rendida ante el encanto de este Paul Newman jovencísimo (el actor de Divergente y Carrie, Ansel Elgort). Acepta su invitación a ver una película en su casa. Conoce a su mejor amigo, Isaac, quien tiene cáncer ocular y le serán extirpados sus ojos a la mitad del filme (en el libro está tuerto y está punto de perder su segundo ojo).

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Hazel Grace (como muchos lectores con Harry Potter o Crespúsculo) está embelesada con un libro titulado Un dolor imperial de Peter van Houten que trata sobre el cáncer en una joven de similares características. No duda en darle a su nuevo mejor amigo la novela para que comparta su mismo mundo de referencias. El gran sueño de la joven moribunda es que el escritor, residente en Holanda, le responda la típica pregunta de un lector adolescente: ¿Qué pasa con el personaje principal después de concluida la última página? En el que puede ser el último viaje en vida, Hazel Grace va a Amsterdam en compañía de su madre y obviamente con Augustus. Conocen al escritor quien resulta ser un cliché ambulante: alcohólico, procaz, huraño, ermitaño con un solo elemento de humanidad: su secretaria. Después de ser agredidos verbalmente por el escritor salen disparados con la asistente a la casa de Anna Frank. La estructura vertical de la casa de varios pisos es un desafío para la protagonista quien tiene que llevar personalmente su tanque de oxígeno. Un pequeño toque de suspenso no está de más: Hazel Grace se va quedando sin aire a medida que va ascendiendo a la casa-museo. La metáfora es evidente: tanto la joven norteamericana como Anna Frank están hermanadas en la muerte. Para los que lean la novela de John Green se empaparán de una voz narrativa femenina confesional que en todo momento es la guía de ese campo de concentración que es el cáncer terminal.

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La constantes referencias a Love Story (el eslogan publicitario dice “A sick love story) son importantes porque el punto medio del filme le da una vuelta de tuerca a toda la trama (también hay ecos de Un pequeño romance (1979) en lo que tiene que ver con el motivo del viaje). Después de que el espectador tiene la certeza durante cuarenta y cinco minutos que es ella quien va a morir (como sucedió con Ali McGraw en el filme de 1970), resulta que el osteosarcoma se toma el resto del cuerpo del protagonista masculino. Aquí empieza el melodrama juvenil. Augustus le confiesa a Hazel Grace en Amsterdam que tiene poco tiempo de vida. En la misma ciudad de van Gogh le ha declarado su amor:

I am in love with you. And I know that love is just a shout into the void, and that oblivion is inevitable, and that we’re all doomed. And that one day all our labor will be returned to dust. And I know that the sun will swallow the only earth we will ever have. And I am in love with you.

Parte del atractivo comercial del filme reside en este tipo de parlamentos edulcorados. Para muestra otro botón. Aquí va el “discurso prefuneral” en honor a Augustus Waters pronunciado enfrente del futuro occiso que exige tener una elegía en vivo y en directo (“I would like to attend to my own funeral”):

Hello. My name is Hazel Grace Lancaster. And Augustus Waters was the star-crossed love of my life. Ours is an epic love story and I probably won’t be able to get more than a sentence out without disappearing into a puddle of tears. Like all real love stories, ours will die with us, as it should. You know, I’d kind of hoped that he’d be the one eulogizing me, because there is really no one else… Yeah, no, um… I’m not gonna talk about our love story, ‘cause I can’t. So instead I’m gonna talk about math. I’m not a mathematician, but I do know this: There are infinite numbers between zero and one. There’s point one, point one two, point one one two, and an infinite collection of others. Of course, there is a bigger set of infinite numbers between zero and two or between zero and a million. Some infinities are simply bigger than other infinities. A writer that we used to like taught us that. You know, I want more numbers than I’m likely to get, and God, do I want more days for Augustus Waters than what he got. But Gus, my love, I can not tell you how thankful I am, for our little infinity. You gave me a forever, within the numbered days. And for that I am… I am eternally grateful. I love you so much.

Otro atractivo evidente del filme es la presencia de Shailene Woodley (la hija rebelde de George Clooney en Los descendientes y la heroína de Divergente). Se trata de uno de los talentos más prometedores de la nueva generación de actores. A menudo comparada con Jenniffer Lawrence, tiene el aplomo y el histrionismo para los roles dramáticos. Destaca también la aparición secundaria de Willem Dafoe en la piel del escritor alcohólico Peter van Houten. Difícilmente otro actor habría logrado hacer un rol tan desagradable, por más que intenta congraciarse con Hazel Grace en el funeral real de Augustus.

Pese a que a ratos trata superficialmente el tema del cáncer, se entiende por qué tanto la novela como su adaptación cinematográfica han logrado calar tanto en el público juvenil adepto a las tablets y al Facebook. Desafortunadamente las correctas actuaciones, la dirección de arte (la casa de Anna Frank fue recreada cuarto por cuarto), los parlamentos poéticos, el título shakespereano y el uso de palabras como hamartía, hacen de este filme un cáncer que será extirpado por la historia del cine en el futuro. Ya hay antecedentes difíciles de soslayar (Bobby Deerfield y Dying young son otros títulos más memorables). Así que no hay que dejarse engañar por la frase funeraria de Hazel Grace: “algunos infinitos son simplemente más grandes que otros infinitos”. Este filme es de una modesta finitud.

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