«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Archivo para abril, 2015

ROBIN WILLIAMS O LA SOCIEDAD DEL POETA ETERNO

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Otoño de 1959. Un profesor de Literatura ha llegado a Welton, un colegio privado masculino situado en las montañas de Vermont, EE.UU., para revolucionar los métodos de enseñanza. Su nombre es John Keating, antiguo alumno de la escuela, y lo primero que hace en su primera clase es enseñarle a sus alumnos que la poesía no puede ser medida. Mientras el profesor de latín les hace repetir a sus alumnos de manera mecánica, Keating llega la primera clase para sacarlos del aula y hacerles pasear por el colegio. Se detienen ante la vitrina donde descansan los trofeos deportivos que ha ganado la institución y les inocula el virus de la poesía a través de unos cuartetos de Robert Herrick más el significado del adagio “carpe diem” (seize the day o aprovecha la flor del día).  Esta frase en latín implanta en los jóvenes el derecho a ser diferentes, al individualismo y a la necesidad de aprehender el hoy y la fugacidad del presente.

They’re not that different from you, are they? Same haircuts. Full of hormones, just like you. Invincible, just like you feel. The world is their oyster. They believe they’re destined for great things, just like many of you, their eyes are full of hope, just like you. Did they wait until it was too late to make from their lives even one iota of what they were capable? Because, you see gentlemen, these boys are now fertilizing daffodils. But if you listen real close, you can hear them whisper their legacy to you. Go on, lean in. Listen, you hear it? – – Carpe – – hear it? – – Carpe, carpe diem, seize the day boys, make your lives extraordinary.

Estas últimas palabras de la cita  (subrayadas en negrilla) son importantes para entender la inspiración que despierta el maestro en sus pupilos: “Hagan de sus vidas algo extraordinario”. Y eso es lo que algunos de ellos intentan hacer.

Los extravagantes métodos de enseñanza del nuevo catedrático dan lugar a un puñado de secuencias realmente regocijantes, apoyadas en el talento multifacético de Robin Williams, uno de los pocos actores que podía hacer comedia, drama, Shakespeare, en fin, lo que le viniera en gana, con una facilidad asombrosa. Recordar la escena en la que imita a Marlon Brando haciendo de Julio César o aquella en la que ayuda a un tímido Ethan Hawke a superar su miedo escénico.

La influencia del profesor llega a ser tan profunda en la vida de sus alumnos que éstos reviven una sociedad secreta (la sociedad de poetas muertos), fundada por Keating en su época de estudiante. Las reuniones de esta secta creativa tenían lugar en una cueva más allá del arroyo y entre los árboles. Cada encuentro nocturno en esta caverna tiene un carácter tribal. Leen poemas propios y ajenos. Lo hacen con la luz de las antorchas como lo hacían los hombres prehistóricos. La caverna no es sólo el símbolo platónico del origen del hombre, es también la matriz materna que acoge a los que buscan refugio para protegerse de la sociedad moderna e industrial que soslaya el instinto libre y creativo. A diferencia de los antiguos cazadores que dejaban grabadas imágenes de bisontes en las paredes de piedra, ellos dejan en el aire poemas de Byron, Frost, Shakespeare, Thoreau y Whitman. Este último nombre es fundamental en el filme ya que Keating tiene un retrato del viejo Walt encima de la pizarra y en todo momento lo pone como el modelo que todos los aprendices deben seguir. El objetivo de estos aquelarres poéticos tiene un carácter iniciático, casi esotérico: vivir la poesía en sus más amplios sentidos.

El profesor liberal con ideas frescas y nuevas no ha podido con ese monstruo que es una institución académica represiva y retrógrada. Sin embargo, ha calado hondo en el interior de sus alumnos, y les ha replanteado su forma de leer el entorno.

El siguiente parlamento de Robin Williams es un arte poética de la vida:

We don’t read and write poetry because it’s cute. We read and write poetry because we are members of the human race. And the human race is filled with passion. And medicine, law, business, engineering, these are noble pursuits and necessary to sustain life. But poetry, beauty, romance, love, these are what we stay alive for. To quote from Whitman, “O me! O life!… of the questions of these recurring; of the endless trains of the faithless… of cities filled with the foolish; what good amid these, O me, O life?” Answer. That you are here – that life exists, and identity; that the powerful play goes on and you may contribute a verse. That the powerful play *goes on* and you may contribute a verse. What will your verse be?

¿Cuál es el verso con el que cada personaje hará de su vida algo diferente? ¿Cuál es la contribución de los estudiantes a esa poderosa obra de teatro que es la vida? Ninguno de los jóvenes logrará triunfar. El único que lo escucha en serio es Neil (Robert Sean Leonard) que es el alumno que revive la sociedad secreta. De hecho, consigue la misma antología de poesía que servía para los rituales cavernícolas y es el que convence a todos de participar en las reuniones clandestinas. Además, gracias a las enseñanzas de Keating toma fuerzas para participar en una audición y obtener el papel principal en una obra de teatro de Shakespeare. Neil vive bajo el régimen opresor de su padre que no hace más que trazarle un camino. De manera tiránica le impide que tome materias extracurriculares (periodismo y teatro, por ejemplo, están vedadas para el inquieto artista). El momento cumbre del filme es la presentación de Sueño de una noche de verano en la que el rol de Puck, el más importante de la obra, está a cargo de Neil. Éste ha mentido doblemente para poder estar en el escenario haciendo algo extraordinario en la vida. Primero, ha falsificado la carta en la que el padre de familia autoriza al alumno a ser parte del club teatral; segundo, ha ido donde John Keating a pedirle consejo sobre cómo resolver sus diferencias con el padre. El profesor le ha dicho que tiene que expresarle abiertamente a su progenitor todo lo que siente y dejar la actitud sumisa de aceptar cada imposición sin decir palabra alguna. Neil miente cuando le dice a su maestro un día después que se ha sincerado con su papá y que a regañadientes le ha dado el permiso para actuar en la obra. Con lo que no cuenta el líder de la sociedad de poetas muertos es que su padre asiste a la representación teatral desencadenando el trágico final.

Según el director australiano Peter Weir, Keating es ese tipo de humanista que pertenece a todas las épocas y a ninguna, que cree que el ser humano tiene que pensar por sí mismo y encontrar las más diversas formas para expresar su manera de ser. Es un personaje romanticoide, luchador de causas perdidas de antemano, pero que sabe que en derrotas como la suya (al final es expulsado de la institución) existe siempre un hálito de victoria, como se muestra en la conmovedora escena final en la que los alumnos se despiden de él parándose sobre los pupitres. Es la forma que ellos tienen de manifestarle a su exprofesor que la máxima lección ha sido asimilada: hay que ver la vida desde una posición distinta, que no sea la que usa el común denominador de los seres humanos, hay que verlo todo como si se estuviera desde un atalaya, vigilándolo todo. “Oh Captain, my Captain”, dicen los chicos, a manera de despedida, citando al poeta Walt Whitman al que tanto ama Keating.

Es fácil piropear este filme con todos los lugares comunes del comentario cinematográfico: espléndida, emotiva, prueba del ya probado talento de Weir (Gallipoli, The Mosquito Coast, The Truman Show), la poética fotografía de John Seale, la sugerente música de Maurice Jarre, el hábil e inteligente guión de Tom Schulman.

Lo cierto es que pese a su indudable valor, Sociedad de poetas muertos no es una obra maestra. Parecería que a veces falla en su ritmo, a ratos se abusa de la presencia de Keating en algunas secuencias, alguno que otro aspecto ingenuo o fallido (como alguna de las reuniones en la caverna), pero nadie puede negar su enorme capacidad de conmover, deleitar e instarnos a amar más la vida, la poesía y la amistad. Quizá lo planteado en la anterior línea sea un lugar común, pero a veces necesitamos de clichés para tratar de explicar hasta qué punto una película logró enraizarse tanto en nuestras vidas. La respuesta está en Robin Williams. Él es la sociedad del poeta eterno en cada una de las escenas en las que aparece. Más de un cuarto de siglo después tiene el poder de seguir emocionándonos.

Los 20 años de Pulp Fiction

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Tiene cara de venado y su hablar es tan caótico como el mundo de sus películas. Escucharlo es como oír a sus personajes: atropella las palabras, divaga, se enreda en el ovillo de su propio lenguaje. Además, su discurso está siempre acompañado de gesticulaciones intensas y lunáticas. Se llama Quentin Tarantino, ex dependiente de un club de video, autor del argumento de Asesinos por naturaleza  dirigida por Oliver Stone.

Nació en Knoxville-Texas. Tiene 33 años y la primera palabra con que se puede describir su cine es violencia. A este joven formado en la escuela de directores del Instituto Sundance, de Robert Redford, le interesan los personajes marginales, los malandrines de poca monta, malhablados (la palabra fuck se escucha 272 veces), los largos y a veces poco coherentes diálogos, el discurso disparatado, una violencia descarnada que frisa lo perverso. A Tarantino tampoco le interesan los convencionalismos del cine actual. Por eso es enemigo de la linealidad, del orden secuencial, de la trama sencilla y tradicional. Gusta de entrelazar historias y confundir aparentemente los hechos.

La primera obra de este joven cineasta es Perros de reservorio (1991), la historia de un grupo de maleantes encorbatados que fracasan en el robo a una joyería y son eliminados uno por uno. Cada elegante pillo de leva y corbata negras es contratado con un seudónimo cromático: Mr. Blue, Mr. Pink, Mr. White, Mr. Orange… colores con los que Tarantino pretende pintar el margen putrefacto de una sociedad decadente.

La gran metáfora de esta ópera prima de Tarantino es aparentemente burda y radica en los perros. Hay escenas en que los maleantes ladran, aúllan o hacen referencia a ciertas actitudes caninas como la lealtad o la violencia. Pueden ser brutales como los Perros de paja (1971) de Sam Peckinpah, irracionalmente homicidas como los protagonistas de La jauría humana (1965), o “mueren como perros” como sucede con uno de los ladrones del frustrado atraco bancario en Tarde de perros (1975) de Lumet.

La segunda obra de Tarantino se fue gestando desde 1986. Tenía apenas 23 años y trabajaba rentando videos. Escribió un guión con la idea de hacer un cortometraje. Ese texto, sin embargo, se transformó hasta convertirse en tres historias inspiradas en la publicación Black Mask (la popular revista de crímenes), donde escribieron míticos maestros de la novela negra como Raymond Chandler y Dashiell Hammet. Junto a su amigo Roger Avary escribió la tríada de historias, y lo que inicialmente era un proyecto de tres cortos se convirtió en una amalgama de lo que aparece en Tiempos violentos (Pulp fiction, 1994) que fue estrenada en España y Latinoamérica en 1995 y en Estados Unidos en noviembre de 1994.

El filme expone y yuxtapone tres narraciones en las que se presenta a Vincent y Jules (John Travolta y Samuel Jackson), un par de asesinos profesionales algo torpes; a Butch (Bruce Willis), un boxeador tramposo que huye después de ganar una pelea que debía perder; a Marsellus Wallace (Ving Rhames), el jefe de un grupo de mafiosos que contrata a los dos sicarios; su esposa Mia (Uma Thurman), una junkie; y una pareja de jóvenes delincuentes (Amanda Plummer y Tim Roth) que filosofan sobre una decisión crucial para ellos: quieren darle un giro a sus carreras delincuenciales, y para ello van a empezar a robar restaurantes en vez de licorerías.

Como se puede apreciar por esta galería de personajes y la trama en sí, Tarantino es un hijo de la novela negra. “Me gusta la idea de jugar con las reglas que se aplican en la literatura y después usarlas en el cine, porque creo que la traslación puede ser sumamente cinemática”. A la manera de novelistas norteamericanos como Larry McMurty (La fuerza del cariño) o J.D. Salinger (El cazador oculto, Tarantino incluye personajes que aparecen y reaparecen en una historia u otra.

Pulp fiction le permite jugar con ellos y moverlos a su antojo. El personaje principal de una narración puede ser uno secundario en la siguiente. Tarantino -que sólo después de hacer este filme se hizo millonario- explica que “ésta fue la oportunidad de realizar tres filmes por el precio de uno”.

Uno de los rasgos más característicos de la corta pero feliz filmografía tarantiniana es la intertextualidad. Quentin es una especie de máquinas de citas cinematográficas. “Los artistas no hacemos homenajes, robamos. Y yo suelo tomar de las películas algunas escenas que me gustan para reelaborarlas”.

Igual que Shakespeare (que según Cabrera Infante haría cine si estuviese vivo), Tarantino toma argumentos harto manoseados y los transforma con su toque personalísimo. El cineasta español Pedro Almodóvar cuenta asombrado: “Quentin me dijo que había visto todo tipo de cine. Que no sólo se había dedicado al bueno, sino que también había visto las peores películas que había podido encontrar, especialmente de acción. Yo no le creí, pero empezó a relatarme algunas historias crudas y repugnantes que había visto, y cómo las citaba casi textualmente en sus películas”.

Ante un cine tan inusual y anticonvencional como el de Tarantino, era obvio encontrar cierta resistencia de parte de algunos sectores. El conservadorismo fue el enemigo más fuerte y el que impidió que se premie con más de un Oscar a Pulp fiction. ¿Cómo se iba a otorgar una estatuilla dorada, en la categoría de mejor película, a un producto antihollywood construido sobre los cimientos de la vanguardia, el arte pop y la cultura de los mass media? ¿Cómo apadrinar un filme violento, en el que el espectador se da cuenta que la vida no es una caja de chocolates? La verdad es que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas no gusta de poner bajo su amparo a cintas que son como una caja de Pandora, donde todos los males de la sociedad están resumidos con crueldad, humorismo e ironía.  Se creía erróneamente, que al premiar a El silencio de los inocentes y Los Imperdonables, esta institución estaba empezando a liberarse de las cadenas conservadoras, pero más pudo la magia meliflua de Forrest Gump que los sangrientos vericuetos narrativos de Tiempos violentos.

Si bien es cierto que la Academia le dio la espalda a Tarantino en 1995, no sucedió así con los organizadores del Festival de Cannes de 1994. Pulp fiction ganó la Palma de Oro en un evento donde compiten películas de todo el mundo. Entre decenas de títulos competidores ganó esta cinta que testimonia un tipo de cine más del lado de la literatura que de cualquier otro arte. A Tarantino realmente ni le va ni le viene el reconocimiento. Como dijo al recibir la Palma de Oro: Me asombra esto porque yo no hago filmes para que la gente se ponga de acuerdo”.

Que con los siguientes filmes que hizo, Tarantino no lograra superarse, es costal de otra harina. La manía de repetirse hizo que la crítica especializada dejara de tomarlo en serio. Kill Bill (volúmenes 1 y 2), Bastardos sin gloria, Jackie Brown y Django unchained son pastiches con momentos memorables que jamás rozarán la excelencia de Pulp Fiction. Cada vez más interesado en intertextualizar géneros menores (las artes marciales) y mayores (el western), Tarantino se ha convertido en una curiosidad de circo a la que todos quieren ver para constatar qué nuevo truco o gracia está realizando. Comentar cada nueva película que hace es asistir a un funeral en el que se llora a Pulp Fiction, estrenada en Latinoamérica en 1995. Las comparaciones nunca serán ociosas. ¿20 años son nada? En este caso las dos décadas transcurridas testimonian que aquel cineasta que alardeaba de originalidad y valentía, terminó dejándose absorber por el sistema.

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