«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Otoño de 1959. Un profesor de Literatura ha llegado a Welton, un colegio privado masculino situado en las montañas de Vermont, EE.UU., para revolucionar los métodos de enseñanza. Su nombre es John Keating, antiguo alumno de la escuela, y lo primero que hace en su primera clase es enseñarle a sus alumnos que la poesía no puede ser medida. Mientras el profesor de latín les hace repetir a sus alumnos de manera mecánica, Keating llega la primera clase para sacarlos del aula y hacerles pasear por el colegio. Se detienen ante la vitrina donde descansan los trofeos deportivos que ha ganado la institución y les inocula el virus de la poesía a través de unos cuartetos de Robert Herrick más el significado del adagio “carpe diem” (seize the day o aprovecha la flor del día).  Esta frase en latín implanta en los jóvenes el derecho a ser diferentes, al individualismo y a la necesidad de aprehender el hoy y la fugacidad del presente.

They’re not that different from you, are they? Same haircuts. Full of hormones, just like you. Invincible, just like you feel. The world is their oyster. They believe they’re destined for great things, just like many of you, their eyes are full of hope, just like you. Did they wait until it was too late to make from their lives even one iota of what they were capable? Because, you see gentlemen, these boys are now fertilizing daffodils. But if you listen real close, you can hear them whisper their legacy to you. Go on, lean in. Listen, you hear it? – – Carpe – – hear it? – – Carpe, carpe diem, seize the day boys, make your lives extraordinary.

Estas últimas palabras de la cita  (subrayadas en negrilla) son importantes para entender la inspiración que despierta el maestro en sus pupilos: “Hagan de sus vidas algo extraordinario”. Y eso es lo que algunos de ellos intentan hacer.

Los extravagantes métodos de enseñanza del nuevo catedrático dan lugar a un puñado de secuencias realmente regocijantes, apoyadas en el talento multifacético de Robin Williams, uno de los pocos actores que podía hacer comedia, drama, Shakespeare, en fin, lo que le viniera en gana, con una facilidad asombrosa. Recordar la escena en la que imita a Marlon Brando haciendo de Julio César o aquella en la que ayuda a un tímido Ethan Hawke a superar su miedo escénico.

La influencia del profesor llega a ser tan profunda en la vida de sus alumnos que éstos reviven una sociedad secreta (la sociedad de poetas muertos), fundada por Keating en su época de estudiante. Las reuniones de esta secta creativa tenían lugar en una cueva más allá del arroyo y entre los árboles. Cada encuentro nocturno en esta caverna tiene un carácter tribal. Leen poemas propios y ajenos. Lo hacen con la luz de las antorchas como lo hacían los hombres prehistóricos. La caverna no es sólo el símbolo platónico del origen del hombre, es también la matriz materna que acoge a los que buscan refugio para protegerse de la sociedad moderna e industrial que soslaya el instinto libre y creativo. A diferencia de los antiguos cazadores que dejaban grabadas imágenes de bisontes en las paredes de piedra, ellos dejan en el aire poemas de Byron, Frost, Shakespeare, Thoreau y Whitman. Este último nombre es fundamental en el filme ya que Keating tiene un retrato del viejo Walt encima de la pizarra y en todo momento lo pone como el modelo que todos los aprendices deben seguir. El objetivo de estos aquelarres poéticos tiene un carácter iniciático, casi esotérico: vivir la poesía en sus más amplios sentidos.

El profesor liberal con ideas frescas y nuevas no ha podido con ese monstruo que es una institución académica represiva y retrógrada. Sin embargo, ha calado hondo en el interior de sus alumnos, y les ha replanteado su forma de leer el entorno.

El siguiente parlamento de Robin Williams es un arte poética de la vida:

We don’t read and write poetry because it’s cute. We read and write poetry because we are members of the human race. And the human race is filled with passion. And medicine, law, business, engineering, these are noble pursuits and necessary to sustain life. But poetry, beauty, romance, love, these are what we stay alive for. To quote from Whitman, “O me! O life!… of the questions of these recurring; of the endless trains of the faithless… of cities filled with the foolish; what good amid these, O me, O life?” Answer. That you are here – that life exists, and identity; that the powerful play goes on and you may contribute a verse. That the powerful play *goes on* and you may contribute a verse. What will your verse be?

¿Cuál es el verso con el que cada personaje hará de su vida algo diferente? ¿Cuál es la contribución de los estudiantes a esa poderosa obra de teatro que es la vida? Ninguno de los jóvenes logrará triunfar. El único que lo escucha en serio es Neil (Robert Sean Leonard) que es el alumno que revive la sociedad secreta. De hecho, consigue la misma antología de poesía que servía para los rituales cavernícolas y es el que convence a todos de participar en las reuniones clandestinas. Además, gracias a las enseñanzas de Keating toma fuerzas para participar en una audición y obtener el papel principal en una obra de teatro de Shakespeare. Neil vive bajo el régimen opresor de su padre que no hace más que trazarle un camino. De manera tiránica le impide que tome materias extracurriculares (periodismo y teatro, por ejemplo, están vedadas para el inquieto artista). El momento cumbre del filme es la presentación de Sueño de una noche de verano en la que el rol de Puck, el más importante de la obra, está a cargo de Neil. Éste ha mentido doblemente para poder estar en el escenario haciendo algo extraordinario en la vida. Primero, ha falsificado la carta en la que el padre de familia autoriza al alumno a ser parte del club teatral; segundo, ha ido donde John Keating a pedirle consejo sobre cómo resolver sus diferencias con el padre. El profesor le ha dicho que tiene que expresarle abiertamente a su progenitor todo lo que siente y dejar la actitud sumisa de aceptar cada imposición sin decir palabra alguna. Neil miente cuando le dice a su maestro un día después que se ha sincerado con su papá y que a regañadientes le ha dado el permiso para actuar en la obra. Con lo que no cuenta el líder de la sociedad de poetas muertos es que su padre asiste a la representación teatral desencadenando el trágico final.

Según el director australiano Peter Weir, Keating es ese tipo de humanista que pertenece a todas las épocas y a ninguna, que cree que el ser humano tiene que pensar por sí mismo y encontrar las más diversas formas para expresar su manera de ser. Es un personaje romanticoide, luchador de causas perdidas de antemano, pero que sabe que en derrotas como la suya (al final es expulsado de la institución) existe siempre un hálito de victoria, como se muestra en la conmovedora escena final en la que los alumnos se despiden de él parándose sobre los pupitres. Es la forma que ellos tienen de manifestarle a su exprofesor que la máxima lección ha sido asimilada: hay que ver la vida desde una posición distinta, que no sea la que usa el común denominador de los seres humanos, hay que verlo todo como si se estuviera desde un atalaya, vigilándolo todo. “Oh Captain, my Captain”, dicen los chicos, a manera de despedida, citando al poeta Walt Whitman al que tanto ama Keating.

Es fácil piropear este filme con todos los lugares comunes del comentario cinematográfico: espléndida, emotiva, prueba del ya probado talento de Weir (Gallipoli, The Mosquito Coast, The Truman Show), la poética fotografía de John Seale, la sugerente música de Maurice Jarre, el hábil e inteligente guión de Tom Schulman.

Lo cierto es que pese a su indudable valor, Sociedad de poetas muertos no es una obra maestra. Parecería que a veces falla en su ritmo, a ratos se abusa de la presencia de Keating en algunas secuencias, alguno que otro aspecto ingenuo o fallido (como alguna de las reuniones en la caverna), pero nadie puede negar su enorme capacidad de conmover, deleitar e instarnos a amar más la vida, la poesía y la amistad. Quizá lo planteado en la anterior línea sea un lugar común, pero a veces necesitamos de clichés para tratar de explicar hasta qué punto una película logró enraizarse tanto en nuestras vidas. La respuesta está en Robin Williams. Él es la sociedad del poeta eterno en cada una de las escenas en las que aparece. Más de un cuarto de siglo después tiene el poder de seguir emocionándonos.

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