«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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Lo primero que perturba al ver la segunda entrega de The Avengers es constatar cómo el cine norteamericano ha saturado la imagen hasta vaciarla de contenido. Es la primacía de los efectos especiales, el CGI, la rotoscopía, los fondos mate y el mocap. La acción física está por encima de lo conceptual. Es el espectador que este tipo de narración audiovisual ha configurado: pasivo, sin capacidad de reacción, casi un zombi. A este voyeur se le crea el desafío de seguir una trama intrincada, laberíntica a ratos, de dos horas y veinte minutos en la que la consigna es muy clara: el que pestañea pierde, el distraído no entenderá la compleja red de relaciones entre los personajes. Lo importante es prepararse mentalmente para larguísimas secuencias de acción y no perderse ninguno de los tantos detalles que abundan no sólo en el centro de la pantalla sino también en otros puntos de la acción: en las zonas laterales y detrás. Es una apología a la saturación de la imagen. No asombra este auge tecnológico en el cine de acción. El cine norteamericano se encuentra en un estadio muy avanzado técnicamente (que parece tener su punto de inflexión en Transformers de Michael Bay). Esto significa que antes no se podía contar una historia de Marvels con la solvencia visual que se lo está haciendo ahora. Pero la franquicia (lo constatamos al ver The Avengers en la madrugada del jueves 30 de abril) corre el riesgo de sumirse en la superficialidad. No es lo mismo darle un superhéroe a Cristopher Nolan que a otro cineasta con menos formación intelectual.

El segundo problema de este filme se da en la subtramas que enfrenta a binomios de personajes. La romántica entre Bruce Banner y Natasha Romanov resulta inverosímil por más que se la haya hecho paulatina (el beso estuvo de más). La rivalidad que se desarrolla entre Capitán América y Tony Stark (en la primera se requirió que Iron Man y Thor se enfrenten) no llega a los golpes pero intenta ser ingeniosa en el esgrima verbal (resulta poco gracioso abusar del chiste de las malas palabras entre ambos caracteres). Como el personaje de Hawkeye queda sin interacción negativa con otro personaje se procede a forzar la historia presentando su hogar, su esposa y sus hijos en el lugar “secreto” donde todos los vengadores van a refugiarse (léase “esconderse de Ultron mientras preparan un plan de contra ataque”). Otro personaje que también queda suelto sin tener una contraparte es Thor (que ya agotó su mala relación con Stark en la primera entrega). El hijo de Odín se ausenta de la casa de campo de Hawkeye para encontrarse con el Dr. Erik Selvig de forzosa aparición dentro de la historia.

Para seguir con la idea de lo “forzado” es imposible no citar la secuencia de la fiesta que los vengadores arman para celebrar una victoria al principio del filme. Es la oportunidad para ver a Thor en ropa de civil que parece de los años setenta y a la Viuda Negra como un estereotipo femenino del cine de espías clásico. Los personajes se reúnen a contar una especie de ronda de chistes en una competencia de “qué superhéroe tiene mejor sentido del humor”, con el valor agregado de “quién puede levantar el martillo de Thor”. Este último objeto nos lleva a uno de los pocos elementos creativos del guión que es la presencia de The Vision (voz de Paul Bettany), el único que podrá levantar el preciado objeto del hijo de Odín. Se trata de una especie de contraprograma creado por Stark para combatir a Ultron quien (no lo olvidemos) es una mutación negativa de Jarvis, el lugarteniente del billonario Tony.

El tercer problema que presenta esta segunda entrega de The Avengers en el guión está en su deseo fallido de deslumbrar aunque la taquilla refutará esta afirmación.  El personaje de Ultron (un cruce de inteligencia artificial con creación mística) intenta ser original pero no es sino una cyber versión de Frankenstein. La creación se rebela contra su creador. El hijo contra el padre. Demasiado explicativo y autojustificativo resulta este personaje rimbombante que cataliza la destrucción (oh, no, qué originales) del universo entero.

El cuarto problema, quizá el más grave, y que no es posible tratar aquí de manera extensa es la destrucción del canon de Marvels que ya molesta por su inverosimilitud en las escenas de flirteo entre Banner y Romanov. Como podemos ver, la franquicia cinematográfica se ha dedicado a la aniquilación de la esencia original de los personajes. Esto significa que Los Vengadores que los fanáticos han leído en las tiras cómicas no son lo mismo en la pantalla gigante. Por dar tan sólo el ejemplo más grave: originalmente Ultron fue creado por Hank Pym (Ant Man), completamente ausente en esta secuela. Esto ya se vio en muchos casos en las películas anteriores de la franquicia (Captain America, Thor y Iron Man). Por dar sólo el ejemplo más risible: el Mandarín interpretado por Ben Kingsley no es el omnipotente villano del cómic, es un actor cockney de bajo nivel que es contratado dentro de la historia para interpretar al Mandarín. En tal caso, serán los expertos lectores de los cómics los que sabrán juzgar mejor las enormes diferencias entre el mundo de las viñetas coloreadas y las películas que seguirán haciendo millonarias recaudaciones.

Estamos en la época de la muerte del guión. Lo que importa es la escoptofilia: la dilatación de la pupila, engordar la vista con la imagen que ya no dice más que mil palabras sino que ha anulado a todas las palabras posibles. Lo que interesa es la acción y los efectos de computadora y romper marcas históricas de taquilla. Esto explica cómo películas importantes como la norteamericana Third Person con Liam Neeson y la ecuatoriana El grill de César tengan poquísimos espectadores en las salas mientras muchedumbres hacen fila india para ver la pirotecnia visual de Los Vengadores.

No debe creerse que The Avengers: The Age of Ultron es una película malograda. Pese a que pulveriza el canon de Marvels (y de algunas leyes de la dramaturgia) tiene los siguientes puntos fuertes. La música, por partida doble, ya que incluye a Danny Elfman y Brian Tyler, dos enormes compositores que logran darle a la película la magia que no siempre tiene la historia. El personaje ya nombrado, The Vision, es otro punto rescatable, interpretado por Paul Bettany quien ya le dio la voz anteriormente a Jarvis. Más que los solventes protagónicos destacan los secundarios. Elizabeth Olsen (la Bruja Escarlata) debe ser la única de las hermanitas Olsen que sabe actuar. El personaje de Quicksilver (que muere al final) bien pudo haber sido mucho más intrigante de lo que se mostró en esta historia. La voz de James Spader que le da vida a Ultron dotándole de un estilo casi de villano shakespereano. Julie Delpy, actriz francesa de muchos quilates, que intepreta a la mentora de Viuda Negra. Samuel L. Jackson (Nick Fury) que sabe cómo robarse el show como dice el lugar común con apenas dos o tres célebres parlamentos. Andy Serkis (el inolvidable Gollum) quien interpreta a Ulysses Klaw, un pirata biotecnológico. El obligado (por contrato) cameo de Stan Lee (en plena fiesta celebratoria de Los Avengers). Como consejo prudente para los cinéfilos: no se queden a ver todos los créditos finales. Apenas verán por unos segundos al villano Thanos. No hay escena escondida (los gringos le llaman end- credits-teaser) como en la entrega anterior. Nos vemos en la siguiente entrega de la franquicia de The Avengers que promete algunos títulos como Civil War, Ragnarok e Infinity.

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