«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

A FEW GOOD ACTORS

a few good men

23 años después hay que seguir admirando los giros faciales perversos y engañosos de un reptilesco Jack Nicholson en el drama judicial A few good men (1992) de Rob Reiner (1947). El actor, con un Parkinson no confirmado, ejerce su influencia a lo largo de los 138 minutos que dura el largometraje. Con apenas dos escenas logra darle a la trama un espesor dramático que no existiría sin él. Nicholson no se roba la la película aunque a ratos parecería significar lo contrario. Curioso efecto dramático: aunque está ausente casi todo el tiempo (realmente sólo se lo ve al inicio y al final) parece cubrir la producción entera, dándole un peso, una densidad y un sentido que jamás se habría logrado sin su presencia.

El drama escrito originalmente por Aaron Sorkin para las tablas nos presenta al coronel Nathan T. Jessep  (Nicholson) del Cuerpo de Marina de los Estados Unidos, como un rudo e intolerante veterano de Vietnam, condecorado oficial de carrera moldeado por décadas de política de Guerra Fría. Por casualidad o por conveniencia para su trayectoria militar es asignado al último rincón de la Tierra, donde la Guerra Fría continúa como si no hubiera pasado el tiempo. Jessel es el comandante de los marines apoyado en la Base Naval norteamericana de la costa sudoccidental de Cuba en la Bahía de Guantánamo, en una pequeña propiedad árida que protege uno de los mejores ancladeros del Atlántico Occidental. Para los entendidos en historia es el máximo legado de la guerra norteamericano-española. Es allí donde Cuba y Estados Unidos, separados por alambradas y puestos de mando, coexisten luego de la invasión de la Bahía de Cochinos, la gran crisis de los misiles y un embargo que pese a ser levantado en el 2014 no implica que la prisión de Guantánamo haya sido cerrada.

Pero regresemos a la trama. En el curso de lo que parece ser un confuso accidente: un marine del rango más inferior ha muerto, al parecer envenenado por una pieza de tela introducida en su garganta antes de que le taparan la boca con cinta adhesiva. Se le atribuye el asesinato a dos compañeros sin rango de oficiales a los cuales se les juzga por haber ejecutado un “código rojo”. Este código se le aplica sin piedad a miembros del pelotón que no cumplen con valores militares tan preciados como el honor, la disciplina y la valentía.

El caso se le asigna a un joven y brillante abogado naval, el teniente J. G. Daniel Kaffee (Tom Cruise), conocido en el medio por haber negociado una veintena de casos para no ser llevados al estrado. La acompaña la teniente comandante Joanne Galloway (Demi Moore) que actúa en todo momento como la conciencia de Kaffee, y eventualmente lo persuade de que hay una gran posibilidad de que los dos acusados hubieran actuado, en realidad, según órdenes “de arriba”. Completa el equipo legal el teniente Sam Weinberg (Kevin Pollak) que sirve no sólo como una especie de mediador entre Galloway y Kaffee, sino que es un experto en preparar testigos y localizarlos.

Cuestión de honor, título de distribución comercial en América Latina, no tiene todas las sorpresas de Testigo de cargo de Agatha Christie, tampoco indaga en la psiquis de hombres que tienen que decidir sobre el futuro de un acusado como sucede con 12 angry men, tampoco es Nacido para matar de Kubrick. Recuerda, más bien, a El motín del Caine con  Humphrey Bogart y José Ferrer, aunque es mucho más problemática e intrincada en el plano argumental, no por las interrogantes que plantea, sino por la manera informal en que finalmente trata a sus acusados, completamente perdidos y confundidos, dejados al abandono como si fueran títeres del poder militar.

Cruise, Moore y Pollak están perfectos en sus roles poco ostentosos. No sucede lo mismo con los otros personajes que parecen haber sido creados nada más que para mantener el avance correcto de la trama. Sin embargo, se trata de actores que luego se convirtieron en referenciales: Kevin Bacon como el abogado contrincante de Cruise, Keifer Sutherland como lugarteniente de Nicholson y Cuba Gooding Jr como uno de los testigos de cargo.

La escena climática y que ya ha pasado a los anales de los dramas jurídicos es la recta final del interrogatorio al que Kaffee somete a Jessep obligándolo a revelar que él fue quien ordenó el “código rojo”.

Judge Randolph: *Consider yourself in Contempt!* 

Kaffee: *Colonel Jessep, did you order the Code Red?* 

Judge Randolph: You *don’t* have to answer that question! 

Col. Jessep: I’ll answer the question! 

[to Kaffee]

Col. Jessep: You want answers? 

Kaffee: I think I’m entitled to. 

Col. Jessep: *You want answers?* 

Kaffee: *I want the truth!* 

Col. Jessep: *You can’t handle the truth!* 

[pauses]

Col. Jessep: Son, we live in a world that has walls, and those walls have to be guarded by men with guns. Who’s gonna do it? You? You, Lt. Weinburg? I have a greater responsibility than you could possibly fathom. You weep for Santiago, and you curse the Marines. You have that luxury. You have the luxury of not knowing what I know. That Santiago’s death, while tragic, probably saved lives. And my existence, while grotesque and incomprehensible to you, saves lives. You don’t want the truth because deep down in places you don’t talk about at parties, you want me on that wall, you need me on that wall. We use words like honor, code, loyalty. We use these words as the backbone of a life spent defending something. You use them as a punchline. I have neither the time nor the inclination to explain myself to a man who rises and sleeps under the blanket of the very freedom that I provide, and then questions the manner in which I provide it. I would rather you just said thank you, and went on your way, Otherwise, I suggest you pick up a weapon, and stand a post. Either way, I don’t give a damn what you think you are entitled to. 

Kaffee: Did you order the Code Red? 

Col. Jessep: I did the job I… 

Kaffee: *Did you order the Code Red?* 

Col. Jessep: *You’re Goddamn right I did!*

Nicholson está en su más olímpica categoría actoral. Es todo un espectáculo ver a Jessep, no tanto por las habilidades vocales y gestuales del intérprete, sino por la explicación de por qué la base de Guantánamo, cualquiera que sea su valor militar, sigue existiendo. Además de los gestos de desprecio hacia el abogado interrogador y su mirada (ya lo dijimos) de reptil. Jessep representa al poder más represor de todos: “Ustedes me necesitan en esa pared” o “No tengo ni el tiempo ni las ganas de explicarle a un hombre que se despierta y se duerme en la cobija de la libertad que yo le doy”.

Sólo dos películas memorables hizo Rob Reiner en toda su carrera: Misery (1990) basada en una novela de Stephen King y ésta que la escribió el dramaturgo Aaron Sorkin (oscar por el guión de La Red Social de David Fincher). El filme no sólo ha pasado a la historia por la interpretación de Nicholson, sin también por ser la pionera de una técnica de filmación llamada “walk and talk”. Este estilo de presentar a los personajes ha sido popularizado a partir de este filme que nos muestra continuamente a personajes que caminan y conversan avanzando hacia la cámara. Técnica corriente en nuestros días pero que por primera vez se vio en el filme de Rob Reiner.

El parlamento “You can´t handle the truth” (No puedes manejar la verdad) de Nicholson está en en el Top 100 de las mejores líneas de la historia del cine, según un ranking que la revista Premiere publicó en el año 2007.

Veintidós años después ver A few good men en un canal de televisión pagada resulta un placer cinéfilo de primera, un espectáculo comercial inusualmente satisfactorio.

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