«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Aunque el ser humano es incapaz de hablar de sí mismo con toda sinceridad, es más difícil evadir la verdad cuando se finge ser otra persona. A menudo revela más cosas de él mismo de una forma directa. No hay nada que descubra más al creador que su propio trabajo.

Akira Kurosawa

 

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Mi mejor enemigo, Pietro Speggio, amaba a Kurosawa. Decía que antes de él Japón era solo un país exótico del cual se conocían solamente las geishas, los bonsais y los suicidas pilotos kamikaze. Mi enemigo íntimo aseveraba que todo el cine de acción de Hollywoodlandia (género western incluido) le debía mucho a este descendiente de una familia de samuráis. Recuérdese el calco descarado que significó The magnificent seven (1960) de Los siete samuráis (1954). Aunque Akira debió haber protegido su cine de los gringos, su reacción fue inesperada: se abrió hacia ellos. Inclusive fue contratado para hacer un filme sobre Pearl Harbor. El pun­to de vista japonés sería contado por Kurosawa, la perspectiva norteamericana estaría a manos de un cineasta de gran prestigio. Le hicieron creer que el director de occidente iba a ser David Lean. Como el contratado fue otro, renunció sin dubitar. Desde entonces se dijo a sí mismo que no volvería a confiar en los norteamericanos. Su pacto fue roto en los años ochenta cuando dejó que dos de sus más grandes fanáticos, George Lucas y Francis Ford Coppola, financiaran Kagemusha y Akira Kurosawa’s dreams.

Su romance con Occidente (léase Hollywoodlandia) tuvo tres grandes momentos: su colaboración con los dos directores ya mencionados, la venta de argumentos al cine de Hollywoodlandia y los dos premios Óscar. Hablemos desordenadamente de estas tres instancias, o sea, sin respetar el orden cronológico.

No sólo vendió los derechos para el remake de su filme sobre samuráis en los años cincuenta, también escribió el argumento de  dos filmes Last Man Standing (1996) de Walter  Hill, protagonizada por Bruce Willis y Runaway train (1986) que llegaría a ser dirigido por Andrei Konchalovsky.

Last Man Standing es el primer y único western de gángsters de la historia del cine. A nadie (sólo a Kurosawa) se le ocurrió el cambiar a los vaqueros por mafiosos. Las calles asfaltadas son reemplazadas por escenarios rurales polvorientos. Los caballos son sustituidos por carros Ford de los años treinta. Bruce Willis es el antihéroe que queda atrapado en la mitad de una guerra entre la mafia irlandesa y la italiana. Los duelos típicos de cowboys cobran otra dimensión cuando vemos cómo se enfrentan pistoleros de la primera mitad del siglo XX en un pueblo fantasma.

En Runaway Train, Jon Voight interpreta a Manny, símbolo —en forma de escoria— de la humanidad entera. «Lo que no mata, fortifica», decía el delincuente que secuestra un tren para escapar de la vida e ir hacia la muerte. «Eres un animal», le decía el personaje del carcelero que se pasa toda la película persiguiéndolo. «Algo peor», le replica Manny, «soy un ser humano». Aquí se halla el meollo temático de la filmografía de Kurosawa, siempre obsesionado con la dicotomía animalidad y humanidad, instinto y racionalidad.

Esto nos lleva al personaje protagonista de Dersu Uzala (Óscar al mejor filme extranjero de 1980), donde un hombre ignorante e instintivo de las estepas logra guiar a los miembros de una expedición topográfica en Siberia. Fue su primer filme rodado fue­ra de Japón y en el que su equipo era en su mayoría de origen ruso. Dersu Uzala (así se llama el personaje que da título a la película) postula que lo instintivo triunfa sobre el racionalismo del supuesto hombre civilizado.

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Este tipo de personajes se repite en casi toda su filmografía: los ancestrales guerreros de un filme que ya hemos mencionado, Los siete samuráis (1954), todos y cada uno de los involucrados en un asesinato y una violación en Rashômon (1950), en el que cuatro versiones de los hechos bosquejan una verdad que termina siendo algo inaprensible como el agua. Este último filme significó su in­ternacionalización ya que ganó el León de Oro del festival de Venecia, uno de los más importantes que existen y que en ese entonces estaba en su apogeo. Los miembros del jurado reaccionaron con desagrado ante la prensa japonesa que aseguraba que era un premio al exotismo oriental. Tremendo insulto para un filme profundo que tenía toda una serie de planteamientos filosóficos sobre lo que es la esencia y la apariencia, la verdad y la ficción. Gran ofensa para un filme que crearía escuela y que lograría influir en muchos filmes posteriores. Tanto así que se habla del efecto Rashomon para hablar de la polifonía (muchas voces contando una historia)  o de los múltiples puntos de vista sobre un mismo hecho.

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Cada vez que un director crea un calidoscopio narrativo con varias versiones sobre un mismo hecho, está aludiendo a Rashômon. El premio veneciano no solo cimentó su relación con el actor Toshiro Mifune, que gracias a su ductilidad y docilidad lograría convertirse en el alter ego del director en algunas de sus películas, sino que también lo hizo acreedor de un estatus para conseguir el financiamiento de sus siguientes filmaciones. Ese estatus se vería refrendado con el apodo de teno que en japonés significa emperador. Su huracanado temperamento y sus ansias de controlarlo todo llevaron a la prensa a bautizarlo de esa manera durante el rodaje de Los siete samuráis.

Sus tres obras de madurez surgen en los años ochenta: Ran, Kagemusha y Dreams. Ese monumento épico titulado Ran (1985) es una adaptación de King Lear que le llevó cinco años de pre­paración. Su formación pictórica (era un consumado acuarelista) le permitió al teno realizar durante un lustro un storyboard de todas y cada una de las escenas de una historia en la que prescindió de los diálogos originales de William Shakespeare.

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Cinco años antes, en 1980, concibe una película que, por su tema del doble, bien pudo haberla escrito Jorge Luis Borges: Kagemusha, la sombra del guerrero cuyas escenas de batalla fueron hábilmente citadas en Bram Stoker’s Dracula (1992) de Francis Ford Coppola, que era uno de los productores. El director de El Padrino (1972), junto a Martin Scorsese y Steven Spielberg, forma parte del club de devotos del director japonés. Ellos deben estar pasándola muy mal en este día aciago en el que el hombre que an­siaba ser pintor ha fallecido. Estos tres cineastas fueron los que se encargaron de introducir a Kurosawa en Occidente, sobre todo en Hollywoodlandia. Spielberg fue uno de los fuertes financistas de Akira Kurosawa’s dreams, una de sus últimas películas. Es estrenada en 1990, el mismo año en el que recibe un Óscar honorario por su carrera. Recibió la estatuilla de manos de Lucas y Spielberg. Su discurso consistió en un breve agradecimiento en japonés donde hizo ostentación de su humildad.

 

De los nueve sueños que conforman este filme se destacan dos. Uno en el que Martin Scorsese interpreta a Vincent van Gogh. Es un cortometraje de once minutos en el que un aficionado al arte está en una pinacoteca admirando los cuadros del pintor holandés. De repente, en un recurso prestado del cine fantástico, el hombre ingresa a uno de los lienzos y recorre la magia de paisajes y colores. Acto seguido, el visitante se encuentra con el mismo van Gogh que no vacila en decirle: «Me pierdo en la belleza del paisaje y como si se tratara de un sueño el paisaje se pinta solo».

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Los devotos de Kurosawa nos perdimos en la belleza de sus películas y las vimos como si las hubiésemos soñado. El otro cortometraje destacado de este filme es La aldea de los molinos de viento, en el que se nos muestra una región de la naturaleza en un estado de gran pureza, intacta ante los adelantos de la tecnología y la contaminación ambiental. El personaje principal de esta historia dice: «Me gusta vivir como se vivía antes. La gente ha olvidado que es parte de la naturaleza». En el fondo Kurosawa parece susurrarnos: «Me gusta narrar como se narraba antes, como si estuviera contando fábulas, cuentos de hadas». Que no descanses en paz, Akira, seguiremos soñando tus películas cada vez que las veas.

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