«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Archivo para mayo, 2018

25 años del clásico de Jane Campion EL PIANO PARA LA ETERNIDAD

piano

“Hay un silencio donde no ha existido sonido

Hay un silencio donde ningún sonido puede existir

en la fría tumba bajo el profundo profundo mar”

Del soneto “Silencio” de Thomas Hood (1799-1845) citado por Ada McGrath.

 

Un piano abandonado en una playa da impulso para que la directora y guionista Jane Campion genere una gramática visual lírica y capte en forma grandilocuente una belleza marina que no es de este mundo. La voz de una mujer muda copa la pantalla: “The voice you hear is not my speaking voice -but my mind’s voice. I have not spoken since I was six years old. No one knows why -not even me. My father says it is a dark talent, and the day I take it into my head to stop breathing will be my last”.

Este es el inquietante comienzo de El piano (estrenada el 19 de mayo de 1993), Oscar al mejor guion original, mejor actriz principal y secundaria. La directora se convirtió en la primera mujer en ganar la Palma de Oro del festival de Cannes en la competición oficial para largometrajes. Natural de Nueva Zelanda, con 39 años, graduada en Antropología e Historia del Arte, no era ninguna desconocida a fines del siglo pasado. Con el cortometraje Peel (1982) había ganado la Palma de Oro; su largometraje Sweetie (1989) se había alzado con el Premio de Críticos de Cine de Los Ángeles, además del Festival de Venecia con Un ángel en mi mesa (1990).

El filme de Campion pone ante nuestros ojos a una viuda escocesa, Ada McGrath (Holly Hunter), que llega con su piano y su pequeña hija Flora (Anna Paquin) para asistir a su matrimonio arreglado en la remota selva de Nueva Zelanda del siglo XIX. Su marido Alisdair Stewart (Sam Neil) es un colono ignorante que sólo entiende de plantaciones y se niega a transportar el piano, optando por abandonarlo en la playa. Esta es una noticia fatal para la mujer cuya voz en off escribe un arte poética en el aire: “The strange thing is, I don’t think myself silent. That is because of my piano. I shall miss it on my journey”.

Ada

Cuando el instrumento queda abandonado en la playa, George Baines (Harvey Keitel), otro europeo perdido en la selva de Nueva Zelanda y que tiene fuertes lazos con la tribu maorí, le propone a Stewart sus servicios a cambio del piano. El iletrado Baines esconde bajo su rudeza e ignorancia una gran sensibilidad. A diferencia de Stewart, entiende que Ada necesita del piano para sobrevivir y ahora que forma parte de sus bienes lo convierte en un dispositivo de seducción. El flamante esposo es represor, tradicional, sin un ápice de compasión por esa pequeña esposa a la que ha conseguido a través de un contrato epistolar. Para ella tocarlo es su único modo de expresión y de contacto con el mundo. Stewart acepta que su esposa sea la profesora del único europeo que es amigo del clan maorí.

Una vez que entra a la cabaña de Baines, el trato será otro. Ella podrá recuperar su piano si le permite al analfabeto que le haga ciertas “cosas” a su cuerpo mientras toca cualquier melodía. El peculiar contrato queda arreglado de manera verbal: una tecla negra por cada lección, un encuentro físico por cada día que se vean. Los cuerpos como instrumentos musicales. La piel como partitura. La sumisión como juego. La exploración de cada palmo de lo corpóreo se convierte en una reafirmación del ser. Cuando todo llega demasiado lejos, Baines retorna el piano a su dueña, pero ya es tarde. Ada regresará a buscar las manos que la hacen vibrar sin importar que haya o no una lección de por medio.

Si algo aportó Campion a la historia del cine (aparte de la portentosa paisajística) fue un puñado de curiosas y delicadas escenas de erotismo en las que el hombre pasa a ser el objeto sexual. Esto vemos en las dos escenas en las que Stewart es explorado palmo a palmo por Ada, y ella no le permite ningún tipo de participación física.

El máximo lugar común del cine erótico es destacar la desnudez del cuerpo femenino y la directora se opone radicalmente a ello. A medida que se van sucediendo las lecciones, Ada cede ante las peticiones de Baines que aparece en un desnudo frontal. Para ella las vivencias táctiles, como tocar un piano o un cuerpo masculino, son las trascendentales. Tener un esposo o una hija (esta última será lo que la delate) no significan nada.

El piano es también un filme costumbrista, en la medida en que muestra la cultura y sabiduría de los indios maorí que la etnógrafa Campion conoce tan bien. Es harto interesante cómo se nos enseña la tradicional cultura corporal del maorí, los cuales consideran al cuerpo como un templo, en contraposición con Ada y Baines que se abren ante la pasión sin contemplaciones. Ella ve en las lecciones de piano, digámoslo de la manera más cursi, la salvación de su alma y el rescate de ese matrimonio arreglado a partir del más viejo esquema patriarcal.

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Sorprendentes también resultan los tatuajes faciales (“moko”) que simbolizan el estatus de la persona que lo usa y el poder espiritual (“mana”) dentro de la sociedad tribal maorí. Los nativos no se dejan amedrentar en ningún momento por los gestos colonizadores. Protegen la burbuja que ancestralmente han tenido en plena selva. Se niegan al trueque. Critican las costumbres de los visitantes y la falta de cohesión familiar que ostentan. A este mundo ancestral pertenece Baines que se ha hecho un tatuaje a la manera de ellos en la frente. La tribu lo trata como un igual, un privilegio que jamás alcanzará Stewart. De hecho, son los miembros del clan los que ayudarán a los amantes a escapar por mar.

Entre los elementos técnicos de esta cinta es necesario resaltar la espectacularidad de la fotografía de Sman Dryburgh (uno de los pocos hombres de un equipo técnico formado mayoritariamente por mujeres), con imágenes grises, sepiadas y oscuras. Hay escenas que son verdaderas lecciones sobre cómo se debe administrar la entrada de la luz natural en los diferentes escenarios: desde los orificios de una cabaña hasta el baño cromático que recibe la vegetación de un bosque. Contemplamos, además, tonos taciturnos y sombríos; el mismo ambiente invernal otorga al filme una iluminación natural de profunda melancolía y desasosiego, con referencias constantes a la pintura de los ingleses Thomas Gainsborough y J. W. Turner.

El aspecto realmente memorable del filme es, indudablemente, la música de Michael Nyman, boya de salvación de Ada, su modo de preservar su mundo hecho de silencios. El músico inglés, que junto con Philip Glass y Ryuchi Sakamoto está a la altura de los grandes clásicos de cualquier siglo, contribuye con una partitura llena de sensibilidad que es un verdadero hito en la memoria cultural. Ya sea orquestada o simplemente ejecutada con un piano, Nyman logra complementar esos hallazgos poéticos visuales de Campion: la escultura (hecha con caracoles) de un hipocampo en plena playa, la pequeña Flora disfrazada de ángel bailando sobre la arena, el piano abandonado en la bajamar o Ada hundiéndose con su preciado instrumento en las profundidades oceánicas.

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Nyman marcó (o le marcaron) su carrera en dos partes: antes y después de “The heart asks pleasure first”, como se titula el celebérrimo tema que atraviesa todo el filme. El artista sufrió una maldición porque después de 1993 todos los encargos que le cayeron encima fueron de partituras que debían parecerse a la historia de Ada. En algunas entrevistas el compositor cuenta cómo se le acercó Campion de manera frontal, diciéndole que “no quería el tipo de mierda que escribía para Greenaway”. El músico llevaba ya tres filmes musicalizados para el realizador británico y la impronta era más que evidente: su onda minimalista afloraba en cada pentagrama. Para Campion optó por un estilo lírico, sentimental, delicado, pero al mismo tiempo enmarcado dentro de la tradición de la música escocesa. Con esta finalidad se encerró en una biblioteca especializada en música clásica y se puso a transcribir melodías folclóricas de la Escocia del siglo XIX. En retrospectiva, Nyman ve la música que escribió para El piano como una forma de expandir su repertorio. Mientras sus detractores lo consideran un vendido por ese título específico, él ve muy clara su dicotomía: su formación musical minimalista (por la que se hizo conocido con Greenaway) y el encargo de “música de salón decimonónica” (como le llama a lo que hizo para Campion). El mejor cumplido que pudo recibir el compositor fue el agradecimiento que le dedicó Holly Hunter la noche en que le fue entregado el Óscar a la mejor actuación del año. La actriz norteamericana (que tomó lecciones intensivas para su rol) confesó que sin esa música jamás habría podido crear su personaje. De hecho, la directora le enviaba las partituras recién escritas por Nyman y la intérprete las aceptaba o rechazaba de acuerdo al proceso de caracterización en el que estaba inmersa. Fueron semanas de premura para Nyman porque toda la banda sonora debía estar lista antes del primer día de rodaje. Era fundamental tener cada pieza escrita porque la música era el único lenguaje a través del cual Ada se podía comunicar.

En definitiva, El piano es una cinta sublime (indulgencias para el adjetivo hiperbólico) a la que incluso se le perdona el final feliz tan convencional en el que los dos amantes se quedan juntos. Ada pasa a formar parte de una selecta galería en la que la acompañan la ciega y sordomuda Hellen Keller de The Miracle Worker (1962) y la conserje muda de Children of a Lesser God (1986). Curiosamente Patty Duke, Marlee Matlin y Holly Hunter ganaron el premio Óscar (aunque Duke fue mejor secundaria), dejando muy clara la predilección de la Academia por este tipo de personajes.

Vuelta a ver un cuarto de siglo después (perdón por el lugar común) cualquier categoría le queda corta. Al igual que Giuseppe Tornatore que jamás superó esa otra pieza maestra de la época que es Cinema Paradiso (1988), Campion nunca repitió ese nivel. Lo intentó desesperadamente al volver al siglo XIX con la sensiblera Bright Star (2009), sobre los últimos años del enfermizo poeta John Keats y su relación timorata con su musa Fanny Brawne. Ese filme protagonizado por Ben Whishaw (el mismo de El perfume) desentona por el excesivo uso de la voz en off con fragmentos líricos realmente desmesurados. Nada que ver con los dos únicos momentos de El piano (apertura y cierre) en los que la voz de Ada lo ilumina todo.

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Un año después del estreno se dio uno de esos raros casos en la historia de las adaptaciones cuando el filme fue trasvasado a la literatura. Campion contrató a Kate Pullinger para escribir a cuatro manos un texto que ilustra muy bien cada acción que toma lugar en la pantalla. Se trata de un valedero intento de transcodificar la poesía audiovisual en la retórica novelesca. Es, al mismo tiempo, un hermoso fracaso literario que vale la pena leer porque es el instrumento perfecto para cinéfilos que ansían completar el relato audiovisual leyendo el doppelgänger literario, aunque en este caso se trata de un producto posterior.

Campion se convirtió con su piano en el mar en la adalid del cine de mujer, en una época (principio de los años noventa) en la que ella y Sally Potter (Orlando) brillaban con luz original. Antes de ambas el mundo del cine tenía como matriarcas a Lina Wertmüller o Agnès Varda. La directora neozelandesa creó una estela que fue seguida por la canadiense Mary Harron y la ítaloamericana Sofía Coppola. Además, Campion dejó su marca en jóvenes realizadoras del otro lado del hemisferio. Un cine igual de intimista –si lo comparamos al practicado por la peruana Claudia Llosa y la argentina Lucrecia Martel– no se explican sin El piano de Campion. Vale cada tecla. Cada fotograma. Cuarto de siglo después.

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