«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Archivo para agosto, 2018

BORG VERSUS MCENROE: EL IMPASIBLE Y LA FURIA

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Y luego también, de nuevo, aún, ¿cuáles son esos límites, si no son más que líneas de base [de la cancha] que contienen y dirigen su expansión infinita hacia adentro, y que hacen que el tenis sea ajedrez en fuga, hermoso e infinitamente denso? El verdadero oponente, el límite envolvente, es el jugador mismo.

David Foster Wallace, La broma infinita

Borg versus McEnroe (2017) del danés Janus Metz debe ser uno de los títulos de mejor planteamiento dramático en la historia del tenis cinematográfico. Dediquémosle un párrafo a los antecedentes históricos para poner todo en contexto. Empecemos con dos ilustres ejemplos de la era amateur del tenis en la que no había contratos personales, rankings y las participaciones en tal o cual torneo no eran obligatorias. En Dial M for Murder (1954) de Alfred Hitchcock, el asesino es un jugador de tenis que se retira porque su esposa se queja de sus constantes viajes. Ella aprovecha una de sus ausencias para cometer la infidelidad que da paso a que su esposo proceda a la detallista planificación del asesinato de su amante. En otro filme de Hitchcock, Strangers on a train (1951), basado en la novela de Patricia Highsmith, el deporte no es decorativo porque uno de los dos protagonistas es tenista y un partido importante se convierte en dispositivo de suspense. Nombremos ahora tres títulos más que pertenecen a la era abierta, como se le conoce a la época en que se profesionalizó el tenis, y que empezó en 1968. Paul Bettany y Kristen Dunst interpretan a dos tenistas en la comedia romántica Wimbledon (2004). Matchpoint (2005), atípico título de suspense de Woody Allen que usa como premisa el triángulo amatorio hitchcockiano. Battle of the sexes (2017) sobre el publicitado duelo de Billie Jean King y Boby Riggs. Hay algunos títulos más en la filmografía tenística, pero el puñado que se ha procedido a citar es suficiente para darnos una idea de la importancia de este deporte en el mundo del celuloide.

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La rivalidad entre Bjorn Borg (Estocolmo, 1956) y John McEnroe (Wiesbaden, 1959) es tan legendaria como la de Rafael Nadal y Roger Federer, o la de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi en el fútbol. Este filme recrea de una manera estéticamente atractiva la competencia enconada que tuvieron a fines de los setenta, del siglo pasado, los tenistas que le dan título al filme. Janus Metz hizo ya en 1996 un documental sobre el dúo que formó parte de una serie titulada Clash of titans. Su experiencia nos remite al género testimonial con Armadillo (2010) sobre la incursión de soldados daneses en Afganistán. Su reputación, cimentada en la no ficción, llega a HBO que le encarga la dirección del primer capítulo de la segunda temporada de True detective (2015).

Su primer largometraje de ficción recrea la final del torneo de Wimbledon del 5 de julio de 1980. El sueco Bjorn Borg (número uno del mundo) apuntaba, con 24 años, a su quinto título consecutivo sobre la cancha de césped londinense. John McEnroe (número dos en el ranking), con apenas 21 años, despegaba en su ascendente carrera. Los historiadores de la raqueta hablan mucho del tie break del cuarto set que terminó 18-16, y consideran los cinco sets de cinco horas y pico como uno de los mejores partidos de tenis que se han dado en una cancha de césped, y el primer gran duelo de titanes de la era abierta. Fue a partir de este match que la historia del deporte blanco empieza a incluir en sus anales confrontaciones como Lendl-McEnroe, Sampras-Agassi, Nadal-Federer o Martina Navratilova-Chris Evert.

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Lo sobresaliente del filme son las actuaciones de Sverrir Gudnason como Borg y Shia LaBeouf como McEnroe. En el primer caso el parecido físico es pavoroso (uno parece estar viendo al mismísimo sueco), y en el segundo, la locura infantil que proyecta el norteamericano le hace honor a la leyenda de enfant terrible. Ambos actores tuvieron un entrenamiento previo, que duró entre ocho y diez meses, para darle más verosimilitud a la recreación de las principales jugadas del larguísimo match. Gudnason emite ese aura de frialdad e imperturbabilidad que llevó a la prensa a bautizarlo como Ice-Borg. LaBeouf, fiel a su comportamiento errático y escandaloso fuera de cámaras, puede no parecerse físicamente a McEnroe pero en la pantalla es McEnroe, el mocoso malcriado que montaba escandalosos reclamos ante los árbitros (en declaraciones recientes el extenista se queja inútilmente de la imagen de “jerk” que el filme ofrece de él). En estos elementos descansa la fuerza de la narración: las actuaciones y el pulcro reenactment de las principales jugadas. Los actores no se limitan a mimetizar gestos, inflexiones de voz y tics, sino que también realizan la proeza de imitar el comportamiento deportivo, el despliegue físico y el estilo de juego de los deportistas originales: la concentración, la frialdad, el revés de dos manos, la técnica del lifting y la resistencia física del sueco; la anticipación, la llegada a la red, el poderoso revés, la fuerza en el saque y la fogosidad inusitada de Big Mac, como le apodaban. “Canción de hielo y fuego”, podría ser el subtítulo de este filme, o el Impasible y la Furia.

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En un papel secundario, pero de vital importancia, está el actor sueco Stellar Skarsgard que interpreta al entrenador que toma bajo su tutela a un Borg quinceañero. Es el hombre que ve en el chico la estirpe de campeón y quien lo insta a no mostrar ninguna emoción en la cancha, lo que se convertirá en la marca registrada del jugador. Él le inocula a su pupilo la manía de usar siempre raquetas de madera cuyas redes intrincadas afina antes de cada partido. Al año de acogerlo bajo su ala, Borg se convierte en campeón mundial de la Copa Davis con tan sólo dieciséis años. De esta forma empieza su carrera profesional ganando absolutamente todo torneo de grand slam existente en el deporte blanco.

El planteamiento visual destaca por esa cámara de documental que lo registra todo como si fuera un reportaje deportivo. Las técnicas del cine en directo, que Janus Metz domina tan bien, se evidencian en la forma en que la cámara sigue a la pelota. Ese afán de realismo puede detectarse también en el idioma sueco que domina toda la trama de Borg. Son especialmente llamativas las tomas cenitales del partido en movimiento o el momento supremo en el que la cámara sigue únicamente a las sombras de los deportistas. En lo fotográfico, se admira los colores fríos que rodean al sueco y los cálidos que se aprecian en las atmósferas que presentan al norteamericano. La tesitura cromática se asemeja a ratos a la de una polaroid que desea evocar la estética setentera, al igual que una meticulosa dirección de arte que recrea cada objeto y vestimenta de la época. La envolvente música incidental de Niels Thastum es otro plus pues ritma con corrección cada secuencia.

Lo único que se le puede reprochar al filme, por su mismísimo origen sueco, es la excesiva presencia de Borg a lo largo de la narración (ver los créditos al final en los que se agradece a un sinfín de nombres suecos, en contraposición con los agradecimientos a la familia de McEnroe que son inexistentes). Los flashbacks (los del escandinavo superan a los del americano) nos remiten a la vida de los personajes cuando eran niños, con hechos que se consideran fundamentales para la formación de cada deportista. La imposición del padre, en el caso de McEnroe, y la presión del entrenador, en lo referente a Borg, son los hechos primordiales en el background clínico de cada tenista. El guion se inclina a no favorecer al finalista norteamericano, dando a entender que en un juego de Wimbledon contra Peter Fleming este último perdió porque McEnroe le escondió la tobillera (de paso, el personaje de Fleming lanza la peor observación contra su gran amigo: “Pasarás a la historia por ser una mala persona, y no un buen tenista”). A veces los retrocesos temporales se extienden más en el sueco. Se pone, además, demasiado énfasis en la diferencia de temperamentos, subrayando el lado sicopático del Superbrat (súper malcriado) como se le apodaba al norteamericano. Todo en beneficio del mítico estado de nirvana del sueco, soslayando una supuesta adicción a la cocaína que la segunda esposa del tenista vociferó durante el proceso de divorcio. Lo único positivo para el insolente McEnroe (y que está apenas sugerido al final) es la noticia de que Borg se retiró del tenis poco después de que perdió su sexta final de Wimbledon, con el mismo contendiente, en 1981. Lo que se lee entre líneas es de qué manera el talento emergente logró desplazar al sueco provocándose el necesario relevo. Borg llevaba ya dos décadas dominando tanto el césped como la arcilla y a los veintiséis años de edad optó sabiamente por retirarse y crear una empresa, con su nombre como marca, dedicada a comercializar ropa deportiva. Otra noticia, que se lee segundos antes de la disolvencia de clausura, es cómo la enemistad sobre la cancha se convierte en una amistad tan fuerte fuera de ella que McEnroe es nombrado padrino de boda de Borg. Esto justifica la licencia que la ficción cinematográfica incluye como anticlímax: ambos tenistas coincidentemente se encuentran en el aeropuerto de Londres antes de tomar sus respectivos vuelos a casa. En esa fugaz reunión se prefigura una cercanía que luego se cimentará fuera de las canchas.

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Borg McEnroe es la prueba de que el cine de ficción no termina de encontrar la manera de plasmar esa belleza kinética que David Foster Wallace encontraba en el tenis (acaso la literatura sí ha podido describir esa preciosidad como sucede en la novela La broma infinita). El escritor norteamericano planteaba que “las raíces infinitas de la belleza tenística” están en la competencia que el jugador tiene consigo mismo, como se plantea en el epígrafe de este artículo. Para Wallace se trata del deporte más abstracto y formal y que, por ende, posee mayor belleza metafísica porque es el único que permite el duelo mano a mano en la red (se parece al boxeo con la gran diferencia de que no hay daño físico directo).

Para el autor de esta reseña se trata de un deporte que tiene una plasticidad inalterable en vivo y en directo, pero encuentra sus bemoles al ser materializado por la ficción cinematográfica. El gran acierto en este filme es la riqueza documental que se le imprime al material narrativo. Se leen los hechos históricos como si estuvieran sucediendo ante nosotros en tiempo presente. Sabemos de antemano el resultado del match pero lo vivimos como si lo ignoráramos. Los flashbacks y los relatos aledaños a la final de Wimbledon los tomamos como complementos históricos. El epígrafe del filme, con una cita de André Agassi, no puede ser más explícito a la hora de equiparar vida con tenis: “El tenis usa el lenguaje de la vida: advantage, service, fault, break, love, los básicos elementos del tenis son usados en el día a día de la existencia, porque cada match es una vida en miniatura”. Hay que ver Borg versus McEnroe como tenis vital en miniatura, con sonido y con furia.

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