«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Archivo para septiembre, 2018

C. S LEWIS Y LAS SOMBRAS DEL DOLOR

“There is no lonelier man in death, except the suicide, than that man who has lived many years with a good wife and then outlived her.  If two people love each other there can be no happy end to it.” – Ernest Hemingway, Death In The Afternoon (1935)

Shadows

La vida privada de los artistas siempre se ha caracterizado por los tonos extremos: la satanización o la glorificación, siempre en aras de la aceptación masiva del producto cinematográfico. Pocas excepciones justifican la alteración del rigor histórico a favor del rigor cinematográfico, tal y como sucede en La vida privada de Enrique VIII de Alexander Korda (1933) o Amadeus (1984) de Milosz Forman. Hay que lanzar una afirmación sin ambages: las biopics (biographical pictures) suelen ser infieles a la vida del biografiado. Aquí no vamos a discutir algo elemental. Se trata de una película, no de un documental; por lo tanto, la biopicpuede tomarse todas las licencias que le vengan en gana.

No sólo reyes y músicos han sido objeto de representaciones cinematográficas. Los escritores están entre los favoritos y nunca se han escapado de la lente atenta del cine. No se puede evitar el recordar a Jonathan Pryce y Emma Thompson en Carrington (1995) sobre la relación de la pintora Dora Carrington y el escritor Lytton Strachey, a Fred Ward y Uma Thurman en Henry & June(1990) sobre los años en París de Henry Miller, y a Willem Dafoe y Miranda Richardson enTom & Viv(1994) sobre el primer matrimonio de T. S. Eliot.

Un caso memorable que debe ocuparnos es el de Clive Stipes Lewis (mejor conocido como C.S. Lewis) en Shadowlands(1993), con Debra Winger interpretando a la poeta Joy Gresham.

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Tierra de sombras, como fue distribuida en México, es obra de Sir Richard Attenborough, un especialista en biopicsde personajes universales como El joven Winston (1972), Gandhi (1982), Chaplin (1992). Dentro de estas portentosas propuestas escénicas se permite hacer el drama romántico In love and war (1994), sobre el romance entre un joven Hemingway (Chris O´Donnell) y la enfermera (Sandra Bullock) que lo atiende de sus heridas durante la segunda guerra mundial.

Los personajes que ha escogido Attenborough en este caso son la poeta norteamericana Joy Gresham (1915-1960) y el novelista británico Clive Staples Lewis (1898-1963), mejor conocido por ser el autor de Las Crónicas de Narnia. El mundo del solitario profesor de Oxford (de casi sesenta años) es modificado completamente por la irrupción de la mujer a quien solo conocía previamente por la vía epistolar. Gresham viaja con sus dos hijos a Inglaterra (el filme sólo nos muestra al menor de la progenie) buscando editor para su poemario Smoke in the mountain. Después de unos meses de estar en Londres busca a Lewis en Oxford, de tal modo que la amistad que había empezado por cartas se vuelve más sólida en el compartir cotidiano. A punto de ser deportada por las autoridades migratorias inglesas, los escritores contraen matrimonio civil en abril de 1956 para que ella obtenga su tarjeta de residencia. En diciembre de ese mismo año se efectúa el casamiento eclesiástico en el hospital Wingfield, debido a un cáncer óseo que ataca sin piedad a Gresham. El rito, que básicamente se da porque la inminente muerte de la paciente ha despertado el amor en Lewis, se oficia con ella en la cama hospitalaria, haciendo que las frases “En la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe” tengan un peso lejos de cualquier convencionalismo. El filme analiza la convivencia de los escritores después de la sobrevida de Gresham de cuatro años, y permite intuir el doloroso luto que lleva a Lewis a morir apenas tres años después de la muerte de la amada (él perece en 1963 y ella en 1960).

El primer acto del filme deja muy en claro la cotidianidad del académico. Asistimos a una clase sobre poesía isabelina en la que demuestra sus habilidades semióticas; luego presenciamos en un bar una reunión de los llamados Inklings, un grupo de colegas de Oxford conformado por escritores tan brillantes como J. R. R. Tolkien mientras cuestionan una de las premisas del primer libro de Crónicas de Narnia. Uno de sus colegas señala que el armario a través del cual los personajes pasan del mundo real a Narnia es un símbolo edípico, otro repara en el hecho de que la casona donde sucede la saga pertenece a un profesor solterón de edad madura, un tercero apunta a la imaginería cristiana que ostenta el mundo de Narnia. Lewis se defiende apasionadamente con un solo argumento: es magia y nada más. Será Joy quien le dará en la vida la magia que él sólo la vive en la literatura.

La siguiente escena es una disertación del novelista ante una multitud que lo escucha hablar sobre la bondad de la Providencia en un mundo lleno de sufrimiento. Surge entonces una idea que va a primar durante todo el filme: “Dios nos dio el don del sufrir. El dolor es un megáfono para despertar a un mundo sordo”.

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El detonante dramático es la primera vez en la que se reúnen los escritores dejando en evidencia los distintos temperamentos. Joy era un volcán en constante erupción, que no se callaba nada ante nadie, y Jack (tal era el sobrenombre de Clive) era un tipo introvertido bastante cauto. Ella deja muy claro que fue criada como atea y él, siempre con una respuesta ingeniosa: “Yo también fui ateo alguna vez”. La siguiente visita a Oxford implica la llegada de la poeta norteamericana con su hijo menor Douglas que es fanático de la saga de Narnia (se omite al otro hijo en aras de la condensación dramática). Mientras el niño visita el ático con el hermano de Lewis, se da una conversación importante sobre la importancia de la experiencia personal en la escritura. La poeta norteamericana dictamina que ésta no es importante. El novelista británico replica que es un factor importante para poder escribir. Acto seguido ella recita en alta voz un poema titulado “La nieve en Madrid” y confiesa carecer de la experiencia de haber estado en España. Lewis le recuerda a la poeta que ella jamás había tenido la experiencia de conocerlo a él y que por fin puede hacerlo. Esta pequeña discusión es la brújula del resto del filme pues el novelista llega a adquirir la praxis de un dolor que sólo conocía teóricamente y del cual había escrito previamente en El problema del dolor (1940). Lo que se viene será para él un verdadero aprendizaje del sufrimiento enmarcado en un pensamiento cristiano: “Rezar no cambia a Dios, pero sí me cambia a mí”. El docente descubre que se puede amar, sin importar que la persona depositaria de ese sentimiento está a punto de partir.

Tierras de penumbra, título de distribución en España, es un filme que permite conocer de cerca uno de los más importantes escritores en lengua inglesa, pero sobre todo ofrece un acercamiento al dolor de la pérdida del ser amado. Lewis escribió después Una pena en observación (1961) para convertirse en el paciente de su propio mal amoroso y desnuda en menos de cien páginas los avatares del doliente. Ningún otro escritor de ficción parece haber logrado una crónica de no ficción tan certera sobre el luto amoroso.

Lewis and Gresham

En el filme a Dios se lo llama “el vivisector en un laboratorio de ratas que somos nosotros”. El diario de Lewis va mucho más lejos llamándolo Eterno Cirujano o Eterno Despiezador: “¿Es racional creer en un Dios malo? ¿O en ese caso en un Dios sumamente malo, un Sádico del Cosmos, ¿un imbécil cargado de rencor?”. Mencionamos este alegato contra la divinidad porque es lo único que el guion parece tomar de Una pena en observación: esa oscura idea del Creador como el gran villano.

La especial teología del amor que arma Lewis en su libro se ve coronada con reflexiones sobre el dolor espiritual. “¿Qué es la pena comparada con el dolor físico? Digan lo que digan los necios, el cuerpo llegar a sufrir veinte veces más que el alma”. El amor doliente como centro de este sistema teológico personal se cierra con la idea de que, como adolorido que está, nunca pediría plantearse que Joy vuelva a la vida. Volver a respirar sería volver al dolor. Es el momento propicio para que Lewis cuestione a San Esteban como el primer mártir en la historia de la Iglesia. Señala que Lázaro merece tal honor pues regresó del más allá para continuar con el dolor de vivir: “El muerto también sufre el dolor de la separación (y debe ser éste el mayor purgatorio de sus padecimientos), eso quiere decir que, para ambos amantes, para todas las parejas sin excepción, el duelo forma parte integral de la experiencia del amor”. La teología amorosa de Lewis ve a la separación (sea o no por muerte) como una fase natural de un matrimonio: “La aflicción no es el truncamiento del amor conyugal sino una de sus fases regulares, como lo es la luna de miel”, dice el creador de Narnia, y así hay que vivirla. No se deja de estar casado porque uno de los dos fallece. La unión continúa inexorablemente: “Seguiremos casados. Seguiremos enamorados. Y, por tanto, seguiremos sufriendo”. El gran giro de tuerca del pensamiento de Lewis se da con la reflexión final sobre el dolor como elemento distanciador: “El dolor enconado no nos une con los muertos, nos separa de ellos” o “Nuestro duelo le acarrea a él alguna especie de daño”.

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Aunque Una pena en observación no constituye una suerte de libro de autoayuda para cristianos afligidos por la muerte del ser amado, la prescripción del autor es inevitable: “Cuando menos la lloro, más cerca me parece sentirla”. La única salida es evitar la segunda muerte de los fallecidos que amamos. ¿En qué consiste ese segundo tránsito? Es el ritual tradicional de mantener el luto con la vestimenta oscura, el tour con visitas de pésames, la misa del mes o del año, el dejar la habitación vacía exactamente igual como la dejó el difunto. “Esta especie de momificación”, dice Lewis, “volvía a los muertos muchos más muertos”. Momificación que hay que evitar y que por eso está ausente en la película.

El filme de Attenborough no reproduce en lo absoluto toda esta compleja teosofía del amor, por más que se incluyan fragmentos de sus conferencias públicas donde expone ideas tomadas de su libro El problema del dolor. El diseño del personaje principal queda debiendo esa estructura ideológica de cristiano ortodoxo (que aúna la fe con el sufrimiento) que sí posee el libro Una pena en observación al cual le hemos dedicado buena parte de este texto. La imagen del escritor está diseñada para simpatizar con el espectador, enseñando sólo tres aspectos: el del académico, el escritor y el flamante esposo que se va quedando viudo de manera paulatina. No basta con ver llorar desconsoladamente a un gran actor. Falta esa teología del dolor pasional que tan bien plantea el libro del cual hemos tomado innumerables citas.

El guion de William Nicholson (que se basa en su propia obra de teatro y en el telefilme con el mismo título) ha logrado una condensación aceptable de los temas que más obsesionaron a Lewis: la amistad, el amor, Dios, el dolor y la muerte. A todos los atributos cinematográficos (fotografía, música, diseño de producción) hay que añadir las actuaciones fuera de lo ordinario de dos intérpretes de referencia. El primero es Sir Anthony Hopkins, el más internacional de los actores británicos, digno heredero de Sir Laurence Olivier. Ya había ganado el Óscar por The silence of the lambs (1991) y tuvo en los noventa su década prodigiosa con los mejores roles de su carrera: Howards End (1992), The remains of the Day (1993), y Surviving Picasso (1996). La actuación de Hopkins es delicada, sutil, llena de grandes momentos de contención, vulnerabilidad y catarsis. Nadie como él para dar vida al intelectual de posguerra que se encuentra con la persona que le da un marco empírico a su teoría sobre el dolor. El otro pilar de la historia es Debra Winger que se consolidó con este filme como una de las más importantes actrices de su generación. Ella ya había encarnado a una paciente con cáncer en Terms of endearment (1983) y tiene a su haber grandes performances en los años ochenta con An officer and a gentleman (1982), Traicionados (1988) y El cielo protector (1990). Memorable su construcción del personaje de la poeta deschavetada y dicharachera, apasionada y atrevida. El estoicismo es la vértebra de su actuación logrando captar aquello que Lewis manifiesta en sus diarios: era una mujer que no se quebrantaba con facilidad y no admitía la conmiseración.

C S Lewis

El filme se cierra con una lección del profesor Lewis trabajando con un alumno la frase “Leemos para no sentirnos solos” y su variación “Amamos para no sentirnos solos”. Al preguntarle sobre el amor el joven responde que no ha tenido más experiencia sobre el tema que la adquirida en libros. El maestro contesta que en cambio él sólo puede responder desde la experiencia: “Dos veces en la vida tuve que elegir. La primera como niño y la segunda como hombre. El niño elige la seguridad y el hombre el dolor. El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces”. Shadowlands es una parábola sobre la separación de los amantes y sigue siendo, a sus veinticinco años de estreno, el perfecto megáfono para despertar a un mundo sordo. Pura reflexividad sobre un amor constante más allá de la muerte.

Bibliografía

Una pena en observación (Barcelona, Anagrama, 1994) de C. S. Lewis. Traducción de Carmen Martín Gaite.

 

 

 

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