«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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SPIELBERG Y SU CABALLO DE BATALLA

Si hay alguien que ha hecho de su narrativa casi una franquicia, ése es Steven Spielberg. Nadie mejor que él para hacer una historia atrayente para las masas. Esta vez no tenemos una criatura alienígena, es un caballo. ¿Es otra historia a lo Spielberg que trata de la amistad entre un niño y su mascota? ¿Es otra película de guerra como Saving private Ryan? La respuesta para ambas preguntas es la siguiente: aparentemente, sí, pero con algunas variaciones. El protagonista es un joven que se enrola en el ejército para buscar a Joey, caballo al que vio nacer y al que lo entrenó para algunas proezas como la de arar la tierra. Por deudas, el padre del chico tiene que venderle el animal a un capitán de la caballería inglesa que enfrenta al ejército alemán.

La narrativa visual es encomiable. Spielberg es, a sus 76 años, un viejo zorro que sabe cómo manipular a la audiencia. Su repertorio de metáforas, puntos de vista, encuadres, tomas creativas, ángulos inusitados es cada vez más creciente. ¿Alguien puede ser indiferente a una imagen tan poderosa como la de la niña francesa apareciendo en la pupila del caballo? Desde que conoció al polaco Janusz Kaminski en La lista de Schindler (1994) Mr. Spielberg no ha dejado de trabajar con este artista de lo visual. En este filme el fotógrafo polaco logra los más delicados colores cálidos. La paleta es de un lirismo inmejorable (los atardeceres son verdaderos lienzos) y ayuda a crear atmósferas delicadas. A ratos uno parece estar contemplando viñetas anaranjadas de Lo que el viento se llevó (1939) con una música que lleva edulcorantes bien dosificados.  Ya le hubiera gustado a John Ford tener un director de fotografía como Kaminski.

El otro caballo de batalla de Spielberg se llama John Williams, con quien no ha dejado de trabajar desde Tiburón (con excepción de El color púrpura cuya partitura estuvo a cargo de Quincey Jones). Williams manufactura una música inspirada en el Hollywood de los años cuarenta.

Otro aspecto técnico vital en este filme es el diseño de la producción. Rick Carter, otro de los habitués de Spielberg, ha construido espacios verosímiles, empeñándose en realizar recreaciones históricas precisas de las trincheras de la primera gran guerra.

Párrafo aparte merece el reparto. La directora del casting ha seleccionado rostros mercadeables para lograr efectos melifluos. Jeremy Irvine es el joven actor inglés que personifica al dueño del caballo. Su semblante inocente es otro caballo de batalla de Spielberg. Haberlo escogido es semejante al acierto de haber contratado a Christian Bale en El imperio del sol o a Henry Thomas en E.T. (1982) Dentro de esta línea facial de cuento de hadas está Celine Buckens que hace de Emilie, la tercera persona por cuyas manos pasa el caballo.

Caballo de batalla es un filme a la antigua en su argumento pero profundamente atravesada por la tecnología. Sin las técnicas actuales de animatrónica jamás podría haber sido filmada. Que ningún espectador peque de ingenuo y crea que el caballo hizo todas las proezas que aparecen en pantalla. Hay que tomarse la molestia de leer el centenar de créditos finales: equipos de CGI, rotoscopía composición digital, animatrónica y fondos mate trabajan para que el caballo sea la verdadera estrella. La magia de la computación logra que la criatura equina haga cosas dignas de estar en el título del filme. La verdad, sólo le falta volar.

LA GUERRA, MADRE DE TODAS LAS DROGAS

The rush of battle is often a potent and lethal addiction, for war is a drug

Chris Hedges[1]

 

Kathryn Bigelow es una pintora formada en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de San Francisco. Ex discípula de Robert Rauschenberg, Bigelow no es una recién llegada al mundo del cine. En 1989 realizó Blue steel –estudio sobre la feminidad en un mundo hostil– donde Jamie Lee Curtis encarnaba a una mujer policía. En 1992 lanzó un filme que ya es de culto, Point of break, con Keanu Reeves y el fallecido Patrick Swayze. El primero era un policía que iba detrás de una banda de asaltantes de bancos que eran surfistas liderados por el segundo. En 1995 hizo una la visión apocalíptica del mundo con Strange days en la que Ralph Fiennes (quien tiene una fugaz aparición en The hurt locker) interpretaba a un traficante de recuerdos. Por el ritmo irregular de producción se puede decir que la intermitencia ha sido una condición en la carrera de esta mujer que estuvo casada dos años con James Cameron (1989-1991), director de Titanic y la reciente Avatar.

En el 2000 filmó The weight of water con Sean Penn y dos años después K-19, the widowmaker con Harrison Ford.

Durante la última década ha presidido el jurado de importantes festivales como el de Sundance, Venecia o la Berlinale.

Por todo esto, no es sorpresa el Óscar que le fue otorgado el domingo 7 de marzo de 2010 como mejor directora (la primera mujer en la historia del cine en recibirlo), además de los otros cinco premios de la Academia que mereció su filme en las categorías de mejor edición, mejor sonido, mejor montaje de sonido, mejor guión adaptado y mejor filme. A estos honores se suman el BAFTA de Inglaterra, el Globo de Oro, el premio del Director´s Guilde of America y de los círculos de críticos de Boston y Chicago. Estos galardones de alguna manera anunciaban que la Academia repetiría el 7 de marzo un reconocimiento que otros ya lo habían hecho meses atrás.

The hurt locker (2008) de Katheryn Bigelow no es una película más sobre desarmadores de bombas. Que nadie espere la típica escena en la que el experto se pregunta qué cable debe cortar: el rojo o el amarillo. No es Blown away (1994) con Jeff Bridges y Tommy Lee Jones. Tampoco es cualquier filme sobre Irak, aunque su guionista sea el corresponsal bélico Mark Boer, el  mismo que escribió En el valle de Elah (2007) de Paul Haggis.

El filme de Bigelow empieza con un explosivo escondido entre la basura de una calle de Bagdad. Un gran golpe de guión nos aguarda en este primer cuarto de hora. Aparece Guy Pearce, el actor australiano de Memento, interpretando al audaz experto en explosivos. El espectador espera confiado en que sabrá cómo desactivar el artefacto. El suspenso va in crescendo cuando el robot que es enviado a escrutar el basurero queda atascado entre piedras. El deber llama. El personaje de Pearce tiene que ponerse un traje especial que recuerda al de los buzos del siglo XIX. El experto avanza hacia su meta: la muerte. El mensaje es muy claro: en un filme donde muere al principio un actor de renombre cualquier cosa puede pasar. En esta primera secuencia resalta la puesta en escena del terror. A medida que avanza el personaje nosotros también nos adentramos a la Zona de Miedo, como lo titularon los distribuidores del filme en español. Al explotar el dispositivo la tierra tiembla. El aire se pone denso, pesado, irrespirable. La cámara lenta ayuda a oler un miedo que va en aumento. Se puede sentir cómo las ondas se expanden.

La escuadra anti bombas ha perdido a su mejor elemento. En su lugar llega el sargento William James (Jeremy Renner), un adicto a la adrenalina, que acostumbra a cortar los cables adecuados casi siempre unos segundos antes del gran estallido. Su récord es de 873 bombas desarmadas. En este sentido resulta clave el encuentro que tiene con el Coronel Reed, interpretado por David Morse.

Colonel Reed: That’s gotta be a record. What’s the best way to… go about disarming one of these things?

Staff Sergeant William James: The way you don’t die, sir.

Colonel Reed: That’s a good one. That’s spoken like a wild man. That’s good.[2]

Más allá de los récords personales o grupales, el problema de un adrenaline junkie es que siempre pone en riesgo la seguridad del resto de su equipo. Esto le genera conflictos con sus compañeros que no lo aceptan desde el primer momento. Más aún cuando éste decide mantenerse aislado mientras trabaja. Me explico: la escuadra antibombas cierra el perímetro de la calle donde encuentran el explosivo, el experto se dirige a desactivar el detonante mientras sus compañeros lo resguardan con rifles de largo alcance. William James decide quitarse los audífonos para no escuchar lo que le transmiten sus compañeros. Quiere trabajar a solas en absoluto silencio y concentración, sin una voz que le dé órdenes directamente a sus oídos. Esto complica las cosas porque las normas de seguridad son muy claras: la unidad antibombas tiene un número reducido de minutos para desactivar un explosivo. Una vez superado el límite de tiempo hay que proceder a la retirada. El sargento James casi nunca se apega a la normativa. Todo esto hace del experto suicida un personaje rico en matices. Merecida la nominación al Óscar de Jeremy Renner, actor que se escapa del estereotipo del hombre duro. Luce como el vecino de al lado.  Ni siquiera es musculoso o de gran estatura. A Renner lo hemos visto en episodios de House Md. y de CSI, además de roles secundarios en 28 weeks later y The assesination of Jesse James by the coward Robert Ford.

El título del filme (The hurt locker) es, según la mirada personal de este crítico, una alusión a la caja que el protagonista guarda debajo de su cama. Es un receptáculo con los detonantes de las bombas más complicadas que desactivó.  También podría ser una referencia al alma atormentada que está dentro del protagonista. Hurt también es una homofonía de heart, por lo que el título bien podría traducirse como El bloqueador del corazón, en alusión al carácter esquivo del protagonista, siempre encerrado en sí mismo.

No obstante, en el sitio web del filme se recoge la información de que el título es parte del registro coloquial militar. Desde la época de Vietnam se usa dicha expresión en referencia a una situación que involucra lo problemático y lo doloroso. “Las explosiones suelen mandar al soldado al hurt locker”, dice la sinopsis del sitio en línea.

Las bombas que el sargento James va desarmando a lo largo del filme se complejizan a medida que avanza la trama. Gracias a una gradación bien concebida la siguiente bomba siempre es la más difícil de deshabilitar. Sobre todo, la del clímax en la que un civil iraquí está forrado de una pléyade de detonantes debidamente bloqueados (locked).

Las bombas se convierten en una especie de fetiche para el protagonista y para el angustiado espectador. La intriga se convierte en una bomba de tiempo que en cualquier momento puede explotar. Es la gran interrogante del espectador: ¿En qué momento muere el héroe? ¿Cuál es la bomba que lo va a matar? ¿Para qué sirve una guerra? Esta última interrogante no va a tener una respuesta del lado iraquí, peor del norteamericano. Se evita el estereotipo del invasor pero a ratos sí se victimiza al nativo, tal y como sucede con la última bomba.

En el tercer acto el protagonista regresa a su patria pero su adicción a la adrenalina le hace echar de menos su trabajo. Él se convierte en una bomba que está a punto de estallar. Resulta realmente clarificador lo que dice a su pequeño hijo en la penúltima escena:

You love playing with that. You love playing with all your stuffed animals. You love your Mommy, your Daddy. You love your pajamas. You love everything, don’t ya? Yea. But you know what, buddy? As you get older… some of the things you love might not seem so special anymore. Like your Jack-in-a-Box. Maybe you’ll realize it’s just a piece of tin and a stuffed animal. And the older you get, the fewer things you really love. And by the time you get to my age, maybe it’s only one or two things. With me, I think it’s one.[3]

Este final se va en contra del hogar como idea. Se pulveriza el concepto de núcleo familiar para dar paso a la atracción individualista del peligro. El filme termina con el plano general del sargento James, metido en el mismo traje pesado que tenía Guy Pearce al principio, adentrándose en una calle de Bagdad. Le espera la aventura de una bomba más. Es la ley circular de toda guerra. Siempre se sabe cómo empieza pero no siempre cuándo va a terminar.


[1] Periodista norteamericano y corresponsal de guerra (1956). La cita es de su libro War is a force that give us meaning (2002). La traducción del epígrafe sería la siguiente: “El fragor de la batalla es, a menudo, una potente y letal adicción. Es por eso que la guerra constituye una droga”.

[2] Coronel Reed: Ese debe ser un record. ¿Cuál es la mejor forma de desarmar una de estas cosas?

Sargento William James: De la forma en que uno no se muere, señor.

Coronel Reed: Esa es buena. Dicho como un hombre salvaje. Es buena.

[3] Amas jugar con eso. Amas jugar con todos esos animales de peluche. Amas a tu mami y a tu papi. Amas tu pijama. Amas todo, ¿no verdad? Sí. Pero sabes qué, amigo? A medida que vas envejeciendo algunas cosas que te gustaban puede que  ya no sean especiales nunca más. Como tu Jack-in-a-Box. Quizás te des cuenta que es como cualquier pieza de hojalata o cualquier juguete de peluche. Y mientras más envejezcas, menos cosas te intereserán. Y para cuando llegues a mi edad, quizá sólo sean una o dos cosas. En lo que a mí respecta, creo que es una sola.

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