«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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AL SUR DE LA FRONTERA

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Oliver Stone (1946) es uno de los cineastas más polémicos que ha dado Norteamérica en los últimos treinta años. Estamos ante un provocador por naturaleza que gusta de tocar las llagas de la historia de su país y ahora de Latinoamérica. Este veterano condecorado en la guerra de Vietnam se dedicó a escribir guiones apenas regresó del continente asiático. Su libreto más memorable es el de Scarface (1983) de Brian de Palma, seguido de Conan el Bárbaro (1982) y Expreso de medianoche (1978).
Su debut oficial como director se da con La mano (1981), filme de terror de baja calidad y presupuesto, con Michael Caine en el protagónico.
El año 1986 se erige como el punto de giro en la carrera de este cineasta con dos filmes políticos: Salvador y Pelotón. Este último merecedor de cuatro premios Oscar, incluyendo mejor película del año y mejor director. Ambas cintas se distinguieron por la manera descarnada y auténtica con la que se trató el tema de la guerra.
Al año siguiente estrena Wall Street en la que retrata la “guerra” que se da en la bolsa de valores de su ciudad natal, Nueva York, guerra que dirige los destinos de una nación bajo una telaraña de intereses que son bien descritos. Destacan las actuaciones de Martin Sheen y Charlie Sheen, pero sobre todo de Michael Douglas que se llevó a su casa el Oscar al mejor actor principal por dar vida a Gordon Gekko, inescrupuloso tiburón siempre a la caza de acciones societarias.
Su trilogía sobre la guerra de Vietnam que empezara con Pelotón, continuada con Nacido el 4 de julio (1989) y terminada con Entre el cielo y la tierra (1993) constituye un valioso aporte a la historia del cine norteamericano. Estas tres películas saldan su deuda con una nación que ansiaba sanar sus heridas con una confrontación bélica inútil.
Quizá su obra más admirada sea JFK (1991) sobre las diversas teorías del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. De más de tres horas de duración fue alabada como una obra maestra montada al estilo de Eisenstein y contada según los códigos narrativos de Costa Gavras.
Otra película de Stone que genera más detractores que admiradores es Natural Born Killers (1994), contada al estilo de un reality show del infierno, en el que dos fugitivos (Woody Harrelson y Juliette Lewis) matan a diestra y siniestra en esta road movie contada en clave surrealista. El guión original de Quentin Tarantino contenía las escenas más truculentas, sangrientas y crudas de fines del siglo anterior.
Al año siguiente estrena Nixon de tres horas de duración. En este filme de género político, Stone se vale de Anthony Hopkins para darnos el retrato más irónico que se ha realizado sobre el ex presidente Richard Nixon.
Posteriormente Stone hizo películas de muy poca trascendencia como Any given Sunday (1999), U turn (1997) y la extensa Alexander (2004). Eran historias pirotécnicas en las que se notaba la impronta de la truculencia y la grandilocuencia.
Con World Trade Center (2006) intentó volver a sus raíces críticas sin mucho éxito. El drama de dos bomberos (Nicolas Cage, uno de ellos), que quedan atrapados entre los escombros de las torres gemelas, resulta una historia a ratos patriotera que no evita lo melifluo.
No satisfecho con el cine de ficción decide incursionar en el documental político. Su debut en este género lo hace con Comandante (2003), entrevista de treinta horas de duración condensadas en 99 minutos. El lado humano de Fidel Castro se ve plasmado en esta docuentrevista. Se trata de un abrebocas de lo que sería luego Al sur de la frontera (2009). La idea de ambos documentos audiovisuales es tratar a los entrevistados de manera distinta de la que los presentan los medios. Tanto Hugo Chávez como Castro aparecen retratados de forma benigna. En el caso de Comandante sin llegar a la apología, pero dejando siempre que el verbo del líder cubano inunde toda la pantalla.
Al sur de la frontera es una plataforma de publicidad para Chávez. Ver la escena de la bicicleta que oscila entre la ridiculez y exaltación. El caudillo en dos ruedas resulta una imagen inédita en el cine político.
Estamos ante un documental que no se centra aparentemente en el líder venezolano. Es una visión caleidoscópica sobre los estadistas de izquierda que están gobernando en Sudamérica y que son seguidores de la ideología de Simón Bolívar, aunque a ratos se quiera afirmar que todos estos mandatarios (Lula da Silva, Fernando Lugo, Cristina Kirchner, Evo Morales, Raúl Castro y Rafael Correa) son herederos de Fidel (al menos así se lo deja entrever Oliver Stone cuando entrevista a Raúl Castro).
Esta es la gran diferencia entre Al sur de la frontera y Comandante. En la primera, Stone asume el rol de entrevistador y aparece constantemente en escena; en la segunda, está desterrado por el verbo inconmensurable de Fidel Castro. Se trata de un reportaje audiovisual de 78 minutos en primera persona del singular. Se usa material de archivo de Globovisión y algunos canales norteamericanos.
El documental empieza de manera provocativa, a lo Michael Moore, desnudando supuestos errores en la forma en que los medios norteamericanos cubrieron la realidad noticiosa en Venezuela cuando fue la caída de Carlos Andrés Pérez. Lo que viene a continuación es un recuento de la forma en que Hugo Chávez llegó al poder y se consolidó. El resto de presidentes resultan decorativos si tomamos en cuenta la cantidad de metraje que se le dedica a Chávez. A ratos los jefes de estado resultan satélites girando alrededor del revolucionario bolivariano.
Entre los logros técnicos del filme están los mismos que sobresalieron en Comandante: multiplicidad de cámaras de vídeo dando diversidad de puntos de vista, iluminación cálida, interpolación de paisajes urbanos muy bien captados, primerísimos planos de los estadistas que denotan emociones varias, preponderancia de ritmos andinos en la banda sonora, batería de preguntas incisivas por parte del entrevistador… Este último detalle hace del documental una toma de posición ideológica. Oliver Stone inclina la balanza hacia los estados totalitarios y revolucionarios. En Comandante, Fidel lo halaga por las heridas de guerra sufridas en Vietnam; en Al sur de la frontera, Chávez hace referencia a las condecoraciones recibidas por el cineasta por luchar contra el Vietcong. El ego de Stone impidió obviamente que se editaran esos piropos.
El gran valor de este documental es el testimoniar lo que está pasando en ese pueblo al sur de los Estados Unidos que es Latinoamérica, como dice la canción de Los Prisioneros. La idea es no sólo testimoniar sino también ponerse del lado de la revolución bolivariana y hacer un balance temprano.
Ahora que Hugo Chávez lleva muerto casi un año y Venezuela está al borde de la guerra civil se hace justo y necesario estudiar este documental.

CON EL CORAZÓN EN LA MEMORIA

Decía el documentalista chileno Patricio Guzmán que un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos. La explosión que Ecuador vive con respecto a este género es saludable, en la medida en que se crea un espejo en el cual se puede mirar la historia.

Con mi corazón en Yambo (Ecuador, 2011) de María Fernanda Restrepo es más que un testimonio familiar sobre un hecho doloroso: la desaparición forzosa de los hermanos de la cineasta, Santiago y Andrés, el 8 de enero de 1988. Es un fresco sobre una época de represión política en el Ecuador (el febrescorderismo). Plena transición entre el decenio de los ochenta (el social cristianismo) y los noventa (la social democracia). Narrada en primera persona del femenino singular. Es cine de autora pues se escucha constantemente la voz en off de una mujer que relata los vacíos vitales dejados por sus hermanos ausentes.

Ganadora del premio al mejor guión en el festival Docbass (Argentina), Premio del público Encuentros del Otro Cine, Premio Nacional Augusto San Miguel (Ecuador), Vision Sudest (Suiza), reconocimiento especial del Sistema de las Naciones Unidas por su aporte a la defensa de los derechos humanos, la película de Restrepo es un paradigma de cómo debe concebirse un depurado montaje audiovisual. 150 horas de material filmado entre el 2008 y el 2009. 40 horas de archivo histórico (de 1988 a 1998): desde noticiarios, grabaciones familiares y 80 horas de grabaciones telefónicas de las cuales la autora extrajo los minutos imprescindibles. Todo este maremágnum fue montado en una primera etapa por Iván Mora Manzano (editor de Crónicas, Qué tan lejos y Prometeo deportado) y estructurado en la versión final por Carla Valencia (directora de Abuelos, premio al mejor documental en Biarritz). Ambos virtuosos del montaje (Mora Manzano además compone la música) fueron los responsables de la titánica tarea de ordenar y reducir todo el material: primero a 5 horas, luego a 3 y finalmente a 2h15. «Ellos eran la mirada externa que yo necesitaba», dice la realizadora, «para no perderme en una marea de información infinita y en las sensaciones personales. ¿Cómo definir qué era importante, qué podía eliminarse?  Sólo ellos con su gran visión pudieron llegar a decisiones de corte». Sin embargo, la visión de la realizadora es la que primó a la hora de redondear la estructura, dándole al producto final su toque personal, intimista y nostálgico, sobre todo con los parlamentos escritos para la voz en off.

De manera modesta, Restrepo afirma no considerarse cineasta, pese a haber estudiado cine documental en España. «Técnicas y estilos me ayudaron mucho para poder relatar mi historia de una manera más personal», nos dice la narradora audiovisual. «Buscaba una mirada de autor, que se despegue de lo netamente informativo o cronológico de los hechos y por ello creo que la gente se ha puesto a los pies de esta historia, porque se logró transmitir de algún modo las sensaciones que puede sentir una persona al tener un desaparecido».

Dentro de esa perspectiva de autor es necesario rescatar un puñado de imágenes afectivas muy efectivas: los diez segundos de metraje de los hermanos desaparecidos que se repiten como un leit motiv. El contrapicado de Pedro Restrepo llorando mientras la hija lo entrevista en el auto con su cámara. Luz Elena Arismendi gritando, desfallecida de dolor, increpando a los policías en una manifestación pública. Imágenes sensoriales: la lluvia cayendo sobre la piscina de la familia Restrepo para alimentar más la soledad de la casa. Las aves que se sumergen en la laguna de Yambo para buscar alimento o quizá para buscar los restos tan ansiados. La lluvia sobre el parabrisas del auto de Pedro Restrepo como si el agua impidiera ver la realidad. Los pasillos solitarios de esa gran protagonista que es la casa familiar. Los muebles vacíos como monumentos a los ausentes. Imágenes atemporales: el icono en blanco y negro de los jóvenes Restrepo (el uno con gafas y el otro sonriente) devenido en emblema de la lucha contra la impunidad. Una toma del muro en el que están escritas las frases de Luz Elena. En fin. Son algunos los fotogramas nada olvidables que podrían enumerarse.

De las tantas escenas de eficacia narrativa, hay dos que destacan por su poderío dramático. El careo de la documentalista con los miembros del SIC, el servicio de inteligencia que desapareció a sus dos hermanos, y el encuentro con la subteniente Doris Morán y su madre Aída. Estas dos últimas son las mujeres que durante meses tuvieron en vilo a los Restrepo haciéndoles creer que los chicos aún estaban vivos. El encuentro con ellas es tan insólito que parece un recurso de ficción. La directora va a las festividades de Cayambe, un pueblo de la serranía ecuatoriana, a hacer unas tomas para un programa de televisión. En plena celebración popular, en medio de la fría noche y el gentío encuentra por casualidad o causalidad (y veinte años después) a la Morán y a su madre. En ambos casos (el enfrentamiento con los expolicías y con las dos mujeres) se ve a una directora valiente que lidia con los victimarios que desestructuraron su núcleo familiar. Cualquier otra persona habría perdido los estribos o la objetividad, pero la directora, convertida en una perspicaz reportera del crimen, sabe exactamente qué preguntar y argumentar sin sollozos o gritos. Lo encomiable es que jamás deja de pensar como directora en todo momento. En el encuentro en Cayambe, por ejemplo, su instinto de cineasta la hace sentarse en el lugar perfecto, cerca y al mismo tiempo lejos de sus dos victimarias, como si pudiera desdoblarse y ver que está logrando el encuadre perfecto. La puesta en escena, de ese momento en Cayambe, es inmejorable, casi inverosímil, tan difícil de olvidar. Sobre este particular la directora nos dijo: «Nada fue pensado, ni intencional. Todo aquello fue sorpresivo, no fue programado, ni producido. Estábamos ahí filmando otra cosa cuando de repente sucedió, y esa es la magia del documental, cuando pasan cosas inesperadas que no se pueden escribir en un guión. No pensaba nada, mi mente estaba en blanco, solo sentía mucho dolor».

La película de Restrepo, hecha a un costo de $ 90.000, está emparentada con la tradición del mejor cine político. La directora se confiesa admiradora del documentalista chileno Patricio Guzmán y del cineasta Michael Moore (cuyos toques de humor se notan en la clase impartida para los policías novatos). No es gratuito comparar la pesquisa detectivesca de cada indicio que hace María Fernanda dentro de su documental, o la búsqueda desesperada de los cadáveres de sus hermanos, con el Costa Gavras de Z y Desaparecido. El director greco-francés declaró a diario El País que «nuestras sociedades nos empujan hacia el individualismo, ya no creemos en el sistema, ya no creemos en la democracia, ni en los sindicatos, porque sabemos que su capacidad de acción es muy limitada». Ese descreimiento en la democracia y en todo tipo de sistemas subyace en el testimonio audiovisual de Restrepo. Sólo nos quedan los individuos. Y si es alguien como la cineasta, aún queda cierta esperanza contra la impunidad.

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