«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

Archivo para la Categoría "CINE Y SEMIÓTICA"

SHERLOCK HOLMES: EL OTRO, ¿EL MISMO?

Jamás pretendo adivinar.
Sherlock Holmes

Debemos conquistar la verdad adivinando, o de ningún modo.

Charles S. Peirce

Buceando en Internet Movie Data Base, encontramos desde el año 1900 más de doscientos adaptaciones (entre fílmicas y televisivas) sobre el célebre sabueso de Baker Street. Hay dos cortometrajes silentes: uno de Dinamarca (1908) y uno de EE.UU., Un estudio en escarlata (1914). Hay video juegos con el detective como protagonista. Dos llaman poderosamente la atención: Sherlock Holmes versus Jack the Ripper y Sherlock Holmes versus Arsene Dupin. Una de las series de televisión más exitosas de las últimas décadas, House M.D., está basada en el personaje de Arthur Conan Doyle. No hay escritor o guionista que no tome como modelo a Holmes y Watson a la hora de escribir cualquier historia policial.

Uno de los guiones más curiosos de la historia del cine es el de The prívate life of Sherlock Holmes (1970) de Billy Wilder (1906-2002). Vamos a dedicarle un párrafo a propósito del estreno de Sherlock Holmes: A game of shadows (2011) de Guy Ritchie.

No se trata del mejor filme del director de El apartamento, Sunset Boulevard y Some like it hot. Carece de la elegancia y la sofisticación de las nombradas. Lo que llama la atención de este crítico es la presencia de Mycroft, el hermano de Sherlock, interpretado por Cristopher Lee. Esta presencia es importante porque se repetirá en la versión de Ritchie.

Un paréntesis semiótico

El semiólogo Thomas Sebeok es quien mejor define el don de Sherlock Holmes: «Esa astuta habilidad, esa hechizante ilusión semiótica de descifrar y descubrir los pensamientos más profundamente íntimos de los demás mediante la reencarnación de sus mudos diálogos interiores en signos verbales». He ahí el encanto del personaje literario: logra verbalizar lo mudo, lo ausente, aquello que no se ve. Holmes logra el play of musement o juego del libre pensamiento como le llamaba Peirce a la abducción, esa capacidad de interpretar algo con solo verlo.

Para Peirce es un instinto inherente a todo ser humano y lo describe como «una ensalada singular, cuyos ingredientes principales son la falta de fundamento, la ubicuidad y la fiabilidad». Peirce también la llama retroducción, la cual «se basa en la confianza de que entre la mente del que razona y la naturaleza existe una afinidad suficiente para que las tentativas de adivinar no sean totalmente vanas, a condición de que todo intento se compruebe por comparación con la observación». Las observaciones del detective son en sí una forma de abducción, por ser un tipo de inferencia lógica tan legítimo como la inducción. Semejanza entre la abducción de Peirce y la inducción de Holmes: «Ambas llevan a la aceptación de una hipótesis porque los hechos observados son tal como resultarían necesaria o probablemente como consecuencias de esa hipótesis». Diferencia entre abducción e inducción: «La abducción busca una teoría. La inducción busca hechos. En la abducción, la consideración de los hechos sugiere la hipótesis. En la inducción, el estudio de la hipótesis sugiere los experimentos que sacan a la luz los hechos auténticos a que ha apuntado la hipótesis».

En Sherlock Holmes (2009) el personaje interpretado por Robert Downey Jr. dice algo sobre la relación entre la teoría y los datos (hechos):

Never theorize before you have data. Invariably, you end up twisting facts to suit theories, instead of theories to suit facts.[1]

La importancia de los datos es tal que en otra parte del filme dice:

Data, data, data. I cannot make bricks without clay.[2]

Las adaptaciones del exesposo de Madonna

El gran problema de las dos adaptaciones de Guy Ritchie es que se alejan del lado semiótico de Holmes y lo convierten en un héroe de acción de cine de artes marciales. Cuesta creer que una persona con una vida tan sedentaria sea capaz de las acrobacias a las que le somete el guión.

La única escena en la que Holmes se parece a su original literario está en la primera parte. Watson invita a su amigo a conocer a su prometida en un restaurante.

Mary Morstan: It does seem a little far-fetched, though. Making all these grand assumptions based on such tiny details…

Sherlock Holmes: Well, that’s not quite true, is it? In fact, the little details are by far the most important.

Después de revisar algunos pequeños detalles en la indumentaria de Watson, Mary reta a Holmes para que haga la misma abducción en ella. Cuando termina de «adivinar» (el término es de Peirce) el detective recibe el contenido de una copa de vino en el rostro. El castigo es merecido por las atrevidas interpretaciones que hace el protagonista a partir de pequeños indicios. Lo que rebosa el vaso de vino es la abducción hecha a partir de la marca de un anillo que se puede apreciar en un dedo de Mary. El subtexto es muy claro: Holmes no quiere que Watson se case y hace todo lo posible por aparecer antipático ante la mujer.

En Sherlock Holmes: a game of shadows lo único que a Ritchie le interesa es la acción, por eso ha aumentado las escenas de acción en formato digital. Esto se da a través del uso de la cámara Phantom HD que rueda 1000 cuadros por segundo (a diferencia del normal 24 cuadros por segundo). El resultado es la marca registrada del director de Snatch: escenas en cámara lenta en las que el contacto físico parece más brutal.

Esta secuela de Ritchie se centra en la rivalidad entre el Profesor Moriarty y el detective de la calle Baker. Duelo que inclusive llega a lo físico en la escena del clímax cuando ambos se enfrentan. Esta confrontación se la intenta matizar con juegos de abducción que resultan poco verosímiles, sobre todo en el final de la segunda parte. Si hay un valor agregado en las dos películas de Ritchie es el hecho de que Holmes pone la abducción al servicio de los enfrentamientos físicos. Resulta ingenioso el hecho de que el detective logre predecir todos y cada uno de los movimientos de su oponente, se adelanta a cada golpe dentro de su mente. En la pelea que va a sostener con Moriarty al final de A game of shadows predice cada movimiento, pero súbitamente la tortilla se vira cuando vemos cómo Moriarty hace lo mismo y se adelanta a cada golpe que dará Holmes. Cuando cada uno ha concluido el proceso de abducción y se disponen a pelear, un elemento sorpresivo salta a la escena: Watson irrumpe para impedir que se dé la pelea y ambos contendores caen al río.

Esta segunda parte cuenta con otro valor agregado en el elenco. Como una forma de volver más interesante la trama se inserta al personaje del hermano de Sherlock que ya ha estado presente en algunas adaptaciones televisivas y cinematográficas (nombramos ya al filme de Billy Wilder). El Mycroft de Ritchie es bonachón y simpático (lo interpreta Stephen Fry); el de Wilder es calculador y perverso (por algo lo interpreta Cristopher Lee). En tal caso, en A game of shadows Mycroft se convierte en coadyuvante de su hermano menor al convertirse en el custodio de Mary (alguien tiene que protegerla de las garras de Moriarty).

La única frase importante del filme se da en la escena del baile entre la gitana (Noomi Rapace) y el detective. Ella le pregunta: «¿Qué ves?» A lo que él responde: «Todo, esa es mi maldición».

Creemos que la reinvención de Ritchie está acorde con el momento histórico que se vive en el cine contemporáneo. El convertirlo en un héroe de acción es un valor agregado pero extrañamos las abducciones de las que era capaz el personaje literario. El privilegiar lo físico acerca a Holmes a la taquilla y lo saca de su escritorio, de su cuarto poco iluminado. Sin embargo, hay cosas que son inamovibles en la historia de la literatura. Holmes es un héroe del intelecto. Ninguna reinvención cinematográfica debe olvidar eso.


[1] Nunca teorices antes de tener datos. Invariablemente, terminarás torciendo los hechos para adaptarlos a teorías, en vez de crear teorías para adecuarlos a los hechos. Datos, datos, datos.

[2] No puedo hacer ladrillos sin arcilla.

Anuncios

LA ROSA DE LOS SIGNOS

FullSizeRender-2

La semiología es el estudio de todo aquello que puede ser tomado como un signo, es el estudio de la vida de los signos en el seno de la vida social, es la disciplina que nos enseña todo aquello que necesitamos para mentir, es un conjunto de cosas que ya sabemos en un lenguaje que nunca entenderemos… Tantas definiciones se han emitido sobre esta disciplina que sigue pugnando por ser ciencia y que, según algunos, no lo puede ser mientras siga siendo tan teorética y especulativa. ¿Para qué sirve entonces la semiótica si siempre anda por las ramas? Para estudiar todo tipo de fenómenos de significación, todo tipo de textos: el texto literario, el texto cinematográfico, el publicitario, el musical, etc. Incluso el mundo (la realidad, el referente) puede ser leído como un texto, según nos lo sugería el medioevo.

ecoeco

Es increíble que un semiólogo («el» semiólogo) Umberto Eco (1932-2016) haya ilustrado todas las teorías semióticas en una novela que publicó en 1980, titulada El nombre de la rosa con una adaptación cinematográfica de Jean Jacques Annaud en 1986. Contada en tono de crónica medieval, mejor dicho, contada por un novicio del siglo XIV llamado Adso de Melk, esta novela se adentra en el ancho y ajeno mundo de la semiótica de manera sugerente, sugerida y sugestiva. Eco toma la edad media como contexto cronológico porque sabe muy bien que en esa época se empezó el gran intento de sistematizar el estudio de los signos con san Agustín y Guillermo de Ockam. Eco toma la época de grandes conflictos religiosos: los benedictinos versus los franciscanos, el dogma de la pobreza de Cristo versus la opulencia de una iglesia cada vez más corrupta. Como se ve, son temas que siguen siendo actuales.

La mejor definición de semiólogo sigue siendo aquella que consta en las páginas de El nombre de la rosa en la que se lo cataloga como un detective de signos. Es que, sin más vueltas que darle, eso hace el devoto de la semiótica: detecta signos, indicios, símbolos, penetra en todo, llegando hasta lo más profundo para extraer los significados más ocultos. Es por eso que el mejor ejemplo de un semiólogo puede ser un detective, porque detecta pistas, las ordena para luego descifrarlas. Es por esto que Eco crea como personaje principal a Fray Guillermo de Baskerville, un sexagenario franciscano que trabajaba para la inquisición. ¿Haciendo qué? Interrogando a blasfemos, es decir, buscando en el discurso de los acusados una serie de pistas que determinen la culpabilidad de los mismos.

La novela empieza en «una hermosa mañana de noviembre» (la intertextualidad entre comillas es de la historieta cómica Snoopy que Umberto Eco roba y cita sin consignar la fuente) y se desarrolla en una abadía situada en el norte de Italia en el año 1327. Recordemos que esta parte de la edad media es una época donde todavía lo urbano (las grandes ciudades) está en ciernes y se da una preponderancia a lo rural. Una abadía (o monasterio) debía simular la gran ciudad de Dios, y se eregía como un sistema cerrado con sus jerarquías, sus clases sociales y sus diversas funciones. Tomando en cuenta esta estructura de pequeña ciudad, la abadía medieval tenía su iglesia, su hospital, su herrería, su herboristería, su biblioteca… En esta última se halla el laberinto, símbolo tan querido por los semiólogos porque representa la búsqueda del sentido de manera intuitiva, no lineal. En determinada parte de la obra, el laberinto se convierte en un espacio tan protagónico como el libro II de la Poética de Aristóteles, libro por el que los monjes son capaces de cualquier cosa, o como el fuego que lo arrasa todo al final. No es gratuito que el laberinto esté en la biblioteca. En ésta se halla acumulado todo el saber de la época y no hay mejor laberinto que el de las ciencias, el de la sabiduría. «La biblioteca es un gran laberinto, signo del gran laberinto del mundo», dice Alinardo da Grottaferrata, el único monje centenario de la abadía, sellando así la comparación.

abbey

Cada zona de la abadía está liderada por una máxima autoridad, así tenemos que Severino es el padre herbolario, Malaquías es el padre bibliotecario, y la gran figura central cuyo nombre no se pronuncia ya que solo se lo conoce como el abad, el máximo regente de esta micro urbe celestial.

Fray Guillermo, bautizado así en honor a su tocayo De Occam, llega con su asistente Adso en plena crisis abadense. Se ha cometido un asesinato. Apenas llega realiza la primera de sus proezas deductivas. Al leer unas huellas en «el pergamino de la nieve» ha sacado la conclusión de que un caballo se les ha perdido a los monjes. De paso, adivina el nombre del animal perdido, Brunello. Al inquirirle Adso a su maestro el cómo ha logrado semejante hallazgo, Guillermo le contesta con el tópico medievalista: «Durante todo el viaje he estado enseñándote a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro». La explicación sobre cómo adivinó el nombre del caballo es también muy categórica: «¿Qué otro nombre le habrías puesto si hasta alguien que está a punto de ser rector en París, no encontró nombre más natural para referirse a un caballo hermoso?». No está de más decir que Brunello es el nombre de moda entre ciertas criaturas equinas de la época.

1455990938_699565_1455991640_noticia_normal_recorte1

Pero no perdamos el hilo de esta trama laberíntica. Uno a uno van apareciendo los cadáveres, y uno a uno éstos van ilustrando versos vaticinadores del Apocalipsis, libro cuyas trompetas de poderosas alegorías van sonando y resonando a lo largo de toda la historia. Una figura siniestra maneja los hilos de este infierno: el ex bibliotecario ciego Jorge de Burgos (alusión intertextual al escritor argentino Jorge Luis Borges), que parece ser el verdadero abad en un lugar donde reina el caos y el desorden, lugar que es metáfora del mundo finisecular. Un libro, ya lo hemos dicho, se convierte en el protagonista de la historia: el libro II de la Poética de Aristóteles, supuestamente perdido, supuestamente nunca escrito. Este libro versaba sobre el poder curativo de la risa, risa que se convierte en símbolo de los nihilistas que afrontan la vida con aparente desdén y desparpajo.

Fray Guillermo de Baskerville (apellido que es una alusión a El sabueso de los Baskerville, novela donde aparece Sherlock Holmes) se encarga de detectar, clasificar y analizar cada indicio, símbolo e ícono trascendental que pueda servir para llegar a la verdad, a su verdad. Quien se encarga de ayudarlo es la persona que nos cuenta la historia, Adso, bautizado así por Watson, el fiel ayudante del detective creado por Sir Arthur Conan Doyle. Incluso hay un momento cumbre dentro de la obra en la que Fray Guillermo (Fray Sherlock) le dice a Adso (Watson): «Elemental», hábito verbal muy usual en boca del detective de Baker Street.

thenameoftheroseh3

Una a una van apareciendo ejemplos de diferentes conceptos semiolinguísticos: la semiosis ilimitada, la metáfora, la metonimia, la distorsión del referente, la intertextualidad, la hipertextualidad… Es brillante la forma en que Eco ilustra complejos conceptos teóricos de una manera diáfana y divulgativa. En este sentido, hay un afán didáctico con lo que respecta a la semiótica. En lo que se refiere a los contextos políticos y religiosos, el lector tiene ciertas dificultades que vencer. Pero se puede captar lo esencial de la historia sin necesidad de ser un erudito en filosofía escolástica o un experto en cismas religiosos medievales.

¿Por qué la obra transcurre en la edad media? El mismo autor nos lo dice en sus Apostillas (breve texto donde explica el por qué y el cómo de su novela): «El medioevo es nuestra infancia. Todos los problemas de la actualidad, tal como hoy los sentimos, se forman en el medioevo: desde la democracia comunal hasta la economía bancaria, desde las monarquías nacionales hasta las ciudades, desde las nuevas tecnologías hasta las rebeliones de los pobres». También se ha hablado mucho del parangón entre nuestra época actual y la edad media. No hay que olvidar tampoco la afición obsesiva de Eco por lo medieval. De hecho, en alguna entrevista confesó: «el presente sólo lo conozco a través de la pantalla de la televisión, pero del medioevo, en cambio, tengo un conocimiento directo».

Finalmente, ¿por qué el título El nombre de la rosa? Como bien lo dice Eco en sus apostillas, la rosa es un símbolo que a lo largo de la historia ha tenido tantos significados que ha terminado por no tener ninguno. La guerra de las rosas, eres hermosa como una rosa, la rosa de los vientos, una rosa es una rosa es una rosa, la rosa mística, rosca fresca toda fragancia, los rosacruces, del cielo cayó una rosa, etc. La rosa es el símbolo de lo que ya no es, de lo que pudo haber sido y no se concretó. Vale la frase final del libro Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus que traducida del latín reza así: «De la primigenia rosa solo nos queda el nombre, solo conservamos nombres desnudos».

Nube de etiquetas