«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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MILAN KUNDERA Y EL CINE

 

La postura de Milan Kundera  es aparentemente contradictoria. Por un lado, pone a la cinematografía como una enemiga de la literatura, pero por otro se pone al servicio del cine al colaborar con la elaboración del guión de La insoportable levedad del ser. Se trata de algo lícito. Ya que la letra y la imagen son terrenos diferentes, el escritor checo parece tomar una actitud diferente para cada coto. Echémosle un vistazo a lo que plantea  La inmortalidad (Tusquets, 1990). Este un diálogo que el escritor-personaje tiene con el profesor Avenarius. El primer parlamento pertenece al autor de La despedida.

La época actual se lanza sobre todo lo que alguna vez fue escrito para convertirlo en películas, programas de televisión o imágenes dibujadas. Pero como la esencia de la novela consiste precisamente sólo en lo que no se puede decir más que mediante la novela, en cualquier adaptación no queda más que lo inesencial. Si un loco que todavía sigue escribiéndolas quiere hoy salvar sus novelas, tiene que escribirlas de tal modo que no se puedan contar o, dicho de otro modo, que no se puedan contar.

Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. ¡Puedo contar con el mayor placer, en cuanto me lo pidas, desde el principio hasta el final!

—Yo soy como tú y tampoco permito que nadie se meta con Alejandro Dumas —dije—. Pero lamento que casi todas las novelas que alguna vez se han escrito sean demasiado obedientes a la regla de la unidad de la acción. Quiero decir con eso que su base es una única cadena de actos y acontecimientos unidos por una relación causal. Esas novelas se parecen a una calle estrecha por la que alguien hace correr a latigazos a los personajes. La tensión dramática es la verdadera maldición de la novela, porque lo convierte todo, incluidas las páginas más hermosas, incluidas las escenas y las observaciones más sorprendentes, en meros escalones que conducen al desenlace final, en el que está concentrado el sentido de todo lo que antecedía. La novela se consume en el fuego de su propia tensión como un fardo de paja.

—Al oírte —dijo con cautela el profesor Avenarius—, me temo que tu novela sea aburrida.

—¿Acaso todo lo que no sea una loca carrera en pos de un desenlace final es aburrido? Cuando masticas este magnífico muslo, ¿te aburres? ¿Tienes prisa por llegar al final? Al contrario, quieres que el pato penetre dentro de ti lo más lentamente posible y que su sabor no acabe nunca. Una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos (…)

Es soportable la levedad con la que Kundera plantea en La inmortalidad las diferencias entre el lenguaje literario y el lenguaje cinematográfico. Por un lado, quiere escribir novelas que sean inadaptables cuando todos sabemos que en el cine todo es adaptable. Inclusive textos densos y áridos como Bajo el volcán de Malcom Lowry han podido ser adaptados. Lo más soportable del diálogo kunderiano es la defensa de la morosidad novelesca con una acertada metáfora gastronómica y la referencia a una narración decimonónica como Los tres mosqueteros. Dumas se convierte con todo el siglo XIX en el paradigma de una forma de narrar, un respeto hacia lo clásico, que vuelve más coherente la diatriba que arma el autor checo al poner a la literatura por encima del cine, y sobre todo por la provocación que crea al sugerir que la primera debe sublevarse contra la segunda expresión.

Lo ideal sería que los escritores se dediquen a escribir sus libros y que los directores se dediquen a contar sus historias sin una base literaria. Esta idea no es mía, sino de Gabriel García Márquez que observa que «aunque no faltan directores ni fotógrafos ni sonidistas ni técnicos de ninguna clase, no hay grandes guionistas. Y los directores —que al fin y al cabo, querramos o no los escritores, son los autores de la película—tienen que decidirse a hacer ellos mismos su historia sin base literaria».

Para finalizar,  especulemos por qué el novelista checo fungió de asesor de Jean Claude Carrière a la hora de la redacción del guión de La insoportable levedad del ser. El autor de La ignorancia se entusiasmó tanto con la adaptación que le envió muchas cartas a Carrière para que añadiera diálogos nuevos. «Es una forma muy interesante de trabajar con un novelista», dijo el diplomático de Carrière. «Cosas que estaban escondidas y que la adaptación hizo salir. Muchas veces, una buena adaptación de una novela le revela cosas al autor». Lo que realmente debería el cine revelarle a un escritor es esta verdad de Perogrullo: la literatura y el séptimo arte son dos entidades diferentes, con lenguajes disímiles, por lo que exigen actitudes distintas. Es por eso que Kundera se da el lujo de irse contra el cine en una de sus novelas, pero da una concesión a la hora de la adaptación cinematográfica. Kundera contemporiza con el cine, termina colaborando con él.

AUSENCIA DE MALICIA O LA TIRANÍA DE LA DEMOCRATURA

Studio publicity portrait of the American acto...

Studio publicity portrait of the American actor Paul Newman. (Photo credit: Wikipedia)

El libro de estilo del periódico español El país incluye tres cláusulas de conducta del periodista. La primera, que los rumores no son noticia; la segunda, que en caso de conflicto hay que escuchar o acudir a las dos partes, y por último, que los titulares de las informaciones deben responder fielmente al contenido de la noticia. Estas tres cláusulas no son parte de la cotidianidad de los periodistas, sobre todo en Ausencia de malicia, filme de Sidney Pollack.

Nacido en 1934, y conocido por títulos como África mía (Out of Africa), El jinete eléctrico y Fachada (The firm), ha realizado más de una docena de filmes en los que ha planteado los diversos problemas de la sociedad norteamericana y en los que han intervenido actores que han sabido recrear los conflictivos y complejos personajes de sus historias, tales como Jane Fonda, Burt Lancaster, Barbra Streissand, Robert Redford y Al Pacino.

Con calibradas actuaciones de Paul Newman y Sally Field, Pollack realizó Ausencia de malicia (1982) que nos remite a la historia de una reportera que destruye la vida de una persona, sin que aparentemente se lo proponga. ¿Qué errores comete? Los típicos de algunos periodistas, así entre comillas.

Primero, no confirma la información que obtiene de una fuente y no obtiene declaraciones —de asentimiento o desmentido— del máximo involucrado en el tema. Además pone un título sinuoso, que sí corresponde en cierta forma al contenido de la noticia, pero como ésta resulta incompleta genera cierta ambigüedad.

Cuando el ciudadano, ya “empapelado” en primera plana,  aparece por las oficinas del periódico, le reclama a la autora de la noticia que responde campantemente: Lo llamé por teléfono para que hiciera declaraciones pero usted no estaba. A lo que él contrarreplica: Debió haber seguido llamando.

La historia de Pollack transcurre mientras se enfrentan los dos personajes principales: la periodista (Sally Field) y un negociante de licores (Paul Newman), dueño de un próspero y legítimo negocio, asociado, por medio del reportaje publicado por la Field, con el asesinato de un influyente mafioso. Lo que está en contra del personaje es su pasado, ya que su padre había sido un legendario contrabandista muy amigo del asesinado. Pero como él dice: Ese era mi viejo, no yo.

Lo medular del filme de Pollack es la discusión que propone sobre la verdad o las posibles verdades que un periodista tiene a su alcance para escribir sobre asuntos que, se presume, son de interés para la comunidad. También hace que nos cuestionemos sobre la ética del periodista, que en el caso del personaje de Field queda en entredicho porque incluso llega a involucrarse sentimentalmente con Newman, el generador de la noticia. Claro está que puede surgir el argumento, que no es nuevo, de que el periodista vive con tanta pasión lo noticioso que se involucra con la persona que lo genera. En este sentido, resulta trascendental aquel pasaje en que Field le pide a Newman  que le diga La Verdad (la pongo así porque es una palabra muy peligrosa a la que hay que respetar y temer). La respuesta de Newman resulta antológica: ¿Si te digo La Verdad a quién se la diré? ¿A ti, el ser humano, o a ti, la reportera?.

Ausencia de malicia nos enseña que el periodista no es un intérprete o un manipulador de la realidad como el artista, es un transmisor de lo que sucede en su entorno, un portavoz de la comunidad que se pone en el lugar del ciudadano común que se interroga sobre los más diversos aspectos de nuestra sociedad.

Ese rol de portavoz —nos da a entender Pollack— debe ser tomado en cuenta permanentemente ya que si no se sigue las elementales normas de investigación, procesamiento de datos obtenidos y la redacción de un texto, se puede destruir la vida de una persona como sucede con el personaje que interpreta Paul Newman. Éste se queda sin su negocio (todos sus empleados desconfían de él por lo publicado en el periódico), una amiga muy querida se suicida, lo persigue el FBI, en otras palabras, su nombre queda desacreditado a nivel social.

Cuando pide una reivindicación a los directivos del periódico dice: En primera página escriben que soy un criminal. Cuando se me absuelva ¿en qué página se me pondrá? ¿En la última?”. Esto deja claro el afán amarillista de algunos medios que ponen en primera plana noticias que despertarán el morbo de la colectividad y el consiguiente aumento de lectores.

Ausencia de malicia nos conecta inevitablemente con La inmortalidad, novela de Milan Kundera, que describe y satiriza un nuevo tipo humano sometido a la tiranía de la imagen —que denomina con el neologismo imagología— y para el que tiene más importancia y valor la apariencia superficial de las cosas que el ser auténtico (profundo) de la realidad. Democratura (dictadura de los medios de comunicación), palabra del sociólogo Gerard Mermet,  podría describir muy bien este problema.

A los imagólogos (léase periodistas en este caso) u oficiantes de esta tiranía icónica, el escritor checo los define como poderosos y omnipresentes, que privilegian la apariencia sobre la realidad y renuncian al conocimiento amontonando las informaciones como si la multiplicidad de conflictos fuese suficiente para definir una época”.

Ausencia de malicia parece decirnos cómo en esta época que algunos llaman la posmodernidad los medios de comunicación, la prensa escrita en este caso, privilegian la apariencia, la superficialidad de las cosas, por encima de la realidad. Lo que subyace en el final es harto pesimista. Las apariencias triunfan, parece ser el mensaje subyacente. El perseguido (Paul Newman) se convierte en el perseguidor. Les tiende una trampa tanto al periódico como a las autoridades policiales. Juega con las mismas armas de ellos. El objetivo de ellos: desacreditarlo. El de él: recuperar su buena imagen social. No solo ha explotado las apariencias o adulterado los hechos como la periodista, sino que deja en evidencia que cada cual tiene su Verdad.

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