«Y entonces el Califa le dijo a Scherezada: "Cuéntame una película que me ayude a pasar la noche"».

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RIDLEY SCOTT, DESDE THE DUEL HASTA PROMETHEUS

 

 

Ridley Scott (South Shields, 1937) es uno de los directores más importantes que ha dado la cinematografía. Hermano de Tony (Top Gun, Enemy of the State, The hunger), proviene del mundo de la publicidad. Y al igual que otros colegas (Alan Parker, David Lynch) hicieron sus pinitos en la manufacturación de comerciales. Esta experiencia dotó a sus filmes de un particular look que permite la comunión de lo comercial con artístico.

 

Su pasaporte al mundo del cine es expedido por Steve Jobs quien lo contrata para la filmación del comercial 1984. Considerada la mejor pieza de la historia de la publicidad audiovisual, Scott usaba el apretado formato de apenas un minuto para promocionar la computadora personal Apple con metáforas tomadas de la novela de George Orwell y su personaje del Gran Hermano.

 

Su primer filme fue The duel (1977), basado en una novela corta de Joseph Conrad, implicó una exploración del género bélico que enfrentó el talento de Keith Carradine con el de Harvey Keitel.

 

Alien (1979) fue su primer ascenso al Olimpo de la Ciencia Ficción. Basado en Nostromo, otra novela de Joseph Conrad, estamos ante un filme que no sólo impactó por sus efectos especiales y la férrea actuación de Sigourney Weaver. Fue también una perfecta mixtura entre la ciencia ficción y el género del terror.

 

Cover of "Alien (The Director's Cut)"

Cover of Alien (The Director’s Cut)

 

La consagración definitiva en la SciFi vino con Blade Runner (1982) en la que Harrison Ford interpreta a un policía experto en eliminar replicantes. Esta historia reflexiona sobre lo que es ser humano, ya que aparece como contrapunto una serie de personajes llamados replicantes, que están siempre ansiando conocer cómo funciona la mentalidad y la sensibilidad de los mortales. Al final, el personaje de Ford es develado también como un replicante. Otra reinvención del género por la alucinante puesta en escena.

 

Una historia de fantasía, Legend (1985), casi cine infantil, con Tom Cruise, implicó un retroceso en su madura narrativa.

 

Someone to watch over me  (1987) es un policial clásico blandengue, protagonizado por Tom Berenger (imitador de la gestualidad de Paul Newman) y la entonces esposa de Tom Cruise, Mimi Rogers. Título para el olvido.

 

Black rain (1989) es otro policial, esta vez trasnacional, que nos lleva a un intento de la policía norteamericana por destruir a la Yakuza (mafia china). Este filme más bien sirvió para el lucimiento personal de Michael Douglas y el ascenso cada vez más notorio de Andy García.

 

Thelma and Louise (1991) es considerada por la crítica como una de las mejores de Scott. Una mixtura de road movie con manifiesto feminista, se apoya en un gran dúo actoral: Susan Sarandon y Geena Davis.

 

Cover of "Thelma & Louise"

Cover of Thelma & Louise

 

La fiebre por la efemérides del descubrimiento de América tuvo muchos homenajes televisivos (seriales) y cinematográficos. Uno de las más difundidos, pero menos validados por la crítica, fue 1492: The conquest of Paradise, con Gerard Depardieu en el rol de Cristóbal Colón. La opulencia de los vestidos y el diseño de la producción se vieron opacadas por una serie de inexactitudes históricas y una visión demasiado monárquica del tema.

 

White squall con Jeff Bridges es la única película de Ridley Scott que no ha sido vista por este crítico.

 

G.I. Jane (1997) es el típico filme de militares oprimidos dentro de sus escuadrones, con la diferencia de que una rapada Demi Moore es el personaje principal. Otro filme para el olvido hecho para el lucimiento personal de la actriz.

 

Gladiator (2000) significó la ansiada consagración en Hollywoodlandia, pues recibió el Premio Óscar a la mejor película. Sin embargo, le fue negada la estatuilla al mejor director (que fue a recalar a manos de Steven Sodebergh por Traffic). Aunque el filme era una reinterpretación de géneros como el péplum y de gladiadores, típicos en Italia, se valía del CGI para el diseño de producción y la gran pertinente de Russell Crowe.

 

Hannibal (2001) sería un filme perfecto si Jodie Foster hubiera aceptado el rol de Clarice Sterling. Sólo queda admirar a Sir Anthony Hopkins en una adaptación recortada de la novela de Thomas Harris que abarca ciertos detalles de la infancia de Lecter hasta su traslado a Florencia.

 

Black Hawk Down (2001) es el regreso de Scott al cine bélico, esta vez con el contexto iraquí. No hay un protagonista visible, más bien un grupo de soldados que exponen su vida. Otro filme para olvidar.

 

Matchstick men (2003) es un filme sobre embaucadores que tejen una red en la que termina cayendo el protagonista (Nicolas Cage).

 

Kingdom of heaven (2005) es su nueva incursión en el cine bélico. Esta vez se va a la edad media y se concentra en una de las cruzadas que se dieron en Tierra Santa. El protagonista es Orlando Bloom, un herrero que se ve obligado a tomar las armas. Filme de grandes despliegues técnicos que deslumbra por el diseño de producción, el vestuario y la utilería (instrumental bélico). Es uno de sus mejores filmes.

 

A good year (2006) es el descubrimiento para Occidente de la actriz francesa Marion Cotillard. Ella es el dúo romántico de Russell Crowe, en un filme hecho a la antigua usanza pues recuerda a los filmes de Cary Grant. Rarísimo ver una comedia romántica de muy buen gusto firmada por Scott.

 

An american gangster (2007) implica otro estudio sobre la violencia social (las mafias afroamericanas). Esta vez se apoya en el registro interpretativo de un inmejorable Denzel Washington.

 

Body of lies (2008) es una nueva colaboración con Russell Crowe, quien interpreta a un planificador de atentados políticos a escala global. Su ejecutador o mano derecha es Leonardo di Caprio.

 

Con Robin Hood (2010) insiste en colaborar por cuarta vez con el actor australiano, lo cual es condenado por la crítica internacional que minimizan el acento del personaje principal. Es un nuevo intento del cine norteamericano de desmitificar la figura de alguien que fue un agitador de masas en su tiempo.

 

Prometheus (2012) es una precuela de Alien (1979) que destaca por su iluminación barroca (relevancia de tonalidades oscuras), su oscuro diseño de producción, el sofisticado diseño de los interiores, no solo de la caverna, sino también de la nave espacial.

 

Noomi Rapace (la Lisbeth Salander de la trilogía Millenium) encabeza el casting como la arqueóloga Elizabeth Shaw. Su fortaleza física y emocional retumba cada vez que ella aparece en cuadro. Escena memorable de esta actriz sueca: la cesárea que se practica, con ayuda de una maquinaria sofisticada, para extraer de su vientre la criatura alienígena que estaba gestando.

 

Otro puntal del casting es Michael Fassbender, como el androide David. Asombran sus manierismos que denotan vacuidad emocional. Su deseo de aprender cada vez más de los humanos. Al principio del filme aparece imitando gestos y parlamentos de Peter O´Toole en Lawrence of Arabia (con el supuesto fin de adquirir cierta humanidad).

 

Un valor agregado lo da el actor australiano Guy Pearce que interpreta a Peter Weyland, el nonagenario empresario que financia el viaje intergaláctico. La pesada capa de maquillaje que lo cubre (a más de su espalda encorvada y su voz cansina) es perfecta para la construcción del personaje del multimillonario.

 

El filme es de una gran exuberancia visual en lo concerniente a diseño de producción, dirección de fotografía, vestuario y efectos especiales. Pero se queda nada más en eso. Scott le ha confiado la precuela de su mítico Alien al guionista de la efectista serie televisiva Lost. La narrativa tiene muchos cabos sueltos, lagunas, rellenos, tantos elementos no dignos de la mitología de Scott. Era imperiosa la necesidad de continuar con la franquicia. Veamos qué nos depara Ridley para una próxima entrega.

 

HANNIBAL, UN PLATO DE SEGUNDA MANO

La magia y el suspenso que habitaban los fotogramas de El silencio de los inocentes (1991) simplemente no existen en Hannibal (2001). Aunque su productor Dino de Laurentis jure y perjure que no es una continuación, sino una historia independiente, estamos ante un producto menor, bien manufacturado eso sí, pero a la larga memorable como una de las secuelas más taquilleras que se han hecho o como una de las grandes meteduras de patas del cine norteamericano.

La culpa de todo este banquete mal hecho la tiene Thomas Harris, autor de Dragón rojo y El silencio de los inocentes. Reportero de crónica roja, la pluma de Harris logró crear un personaje secundario interesantón llamado Hannibal Lecter. Tanto en las novelas Dragón… como El silencio…, este doctor antropófago da asesoría desde su celda para encontrar a homicidas en serie tan peligrosos como él mismo. En ambas obras, la literaria y la cinematográfica  (no olvidar que Dragón rojo fue adaptada por Michael Mann con el título de Manhunter), el éxito radicaba en que Lecter era una gran figura que vivía en la sombra. En ello radicaba su encanto. Y así hubiera sido mejor que permaneciera.

Hasta que sucedió algo tantas veces anunciado: la novela Hannibal fue publicada en 1999 después de casi diez años de estrenada El silencio de los inocentes, dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por Jodie Foster. Esta última, brillante no solo como actriz, rechazó el papel aduciendo que no estaba de acuerdo con la forma en que su personaje había evolucionado (los reparos apuntaban sobre todo al final de la novela en el que la agente del FBI se fugaba en plan ambiguo con el antropófago). Se recurrió entonces a Julianne Moore, que hace una Clarice Starling decorativa que tampoco aporta nada nuevo a su personaje. Un fan del pérfido doctor puede contratacar diciendo: «Pero si el filme se llama Hannibal tiene que tratar sobre él, todo lo demás tiene que ser decorados para que él se luzca». El problema es que no pasa ni siquiera eso. Mientras la novela de Harris se toma algunos capítulos en desnudar la infancia de Lecter (anunciado lo que luego será Hannibal raising) y de armar un personaje en todas sus complejas dimensiones, el filme obvia todo y deja solamente la figura maligna, perversa. Lecter es igual a sangre. Con esta premisa los guionistas se equivocan y se recurre a escenas explícitas con burdas interpretaciones visuales. No se deja nada a la imaginación del espectador.

Puntos a favor de este filme: La música de Hans Zimmer. La secuencia inicial donde aparecen los créditos con música de Bach (las variaciones Goldberg) de fondo. La presencia de Giancarlo Giannini como el codicioso e ingenuo policía italiano que intenta atrapar al caníbal. La actuación vocal de Gary Oldman como Mason Verger, archienemigo de Lecter, que tiene un rostro desfigurado.

Un reparo para el personaje principal. Anthony Hopkins nos da un recital actoral que nos recuerda el gran actor que él es, pero que no nos hace olvidar que su personaje está mal diseñado. No se huele en él ese peligro, esa magia que lo envolvía cuando vivía en la sombra, en una celda. Los artesanos del guión, David Mamet (Things change) y Steve Zaillian (Searching for Bobby Fischer), fallaron estrepitosamente pues creyeron que con un perfume específico, un tipo de papel importado, unas postales de Florencia, un soneto de Dante o algunas pinturas del Renacimiento, iban a dotarle de elegancia y misterio al Dr. Lecter. Se olvidaron de darle profundidad, espesor a un personaje sin background clínico, no se lo ha enriquecido, no se lo ha renovado, es tan solo un reflejo tenue de lo que fue en las cuatro o cinco escenas en las que apareció en El silencio de los inocentes.

En lo que respecta al director Ridley Scott era previsible que le dieran el trabajo de crear con toda su experiencia un filme calculado, capaz de jugar con los elementos necesarios para crear un título rompe taquillas. Lecter es un gladiador que hace correr la sangre en la pantalla creando un circo romano. Las masas que acuden embelesadas no saben que van a ver nada más que una sombra. Nada más. Nada.

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